La casa con forma de corte de pizza
Can Pizzeta. Jacint Raurell Arquitecto (Collserola)
Hay casas que nacen de un sueño y otras que nacen de un problema. Can Pizzeta tiene un poco de sueño, pero sobre todo tiene mucho de tener que salvar dificultades reales. De hecho, empezó con una geometría tan real como imposible: una parcela triangular, estrecha y en pendiente, encajada entre la calle, una finca vecina y una riera, al límite del Parque Natural de Collserola. El proyecto no disimuló los condicionantes, sino que los convirtió en la forma misma de la casa. Por eso es triangular, casi como una porción de pizza. Y por eso el nombre le va tan bien.
Pero Can Pizzeta no es solo una singularidad geométrica. Es también una historia familiar. La casa donde vive Olga es una de las últimas viviendas que proyectó su padre, el arquitecto Jacint Raurell, antes de retirarse. La construyeron juntos durante cuatro años, en un proceso lento, que recuerdan lleno de dudas, decisiones y renuncias. Dicen que más que un encargo profesional, el proyecto se convirtió en una conversación entre generaciones: la mirada experimentada del padre y las inquietudes climáticas y vitales de la hija intentando encontrar un punto de equilibrio.
La premisa de Olga era clara: quería una vivienda pasiva, eficiente y totalmente electrificada, construida con materiales tan ecológicos como fuera posible. La idea inicial era hacerla toda de madera, pero el contexto obligó a replantearlo. La proximidad del torrente, la humedad, las termitas y el riesgo de incendio acabaron aconsejando una estructura de hormigón. Y esta es precisamente una de las ideas interesantes de la casa: la sostenibilidad no se presenta como una cualidad moral, sino como un ejercicio honesto de adaptación. En Can Pizzeta no se esconden las contradicciones. El hormigón queda visto en muchos puntos y convive con materiales naturales y decisiones de bajo impacto ambiental. Los cerramientos son de termoarcilla, los grandes ventanales tienen triple vidrio y la casa está especialmente aislada. Hay placas solares, bomba de calor aerotérmica y una producción energética que a menudo supera el consumo de la vivienda. Dentro, el pavimento de linóleo, el mortero de cal sin pintar, los ladrillos cerámicos vistos y la madera de pino construyen una atmósfera cálida que, además, responde al presupuesto ajustado que se tenía.
La casa, de poco más de 80 m2 de superficie útil, tiene dos plantas, pero parece más grande de lo que realmente es. La estrategia espacial tiene mucho que ver. Una pasarela interior a doble altura atraviesa el espacio y amplía visualmente la casa mientras conecta las diferentes estancias. A ambos lados, grandes ventanales dejan entrar el bosque. Una de las ventanas enmarca un roble majestuoso que cambia con las estaciones como si fuera un cuadro vivo. Una sala comedor y cocina en un espacio común –triangular–, dos dormitorios, un estudio con vistas al bosque, un espacio acristalado para hacer yoga y dos terrazas son los elementos con que cuenta la casa. Además, gracias a la pendiente del terreno, hay una entreplanta que sirve de porche, muy agradecida para los meses de verano. Fuera, un huerto desde donde la comida puede pasar directamente de la tierra a la mesa.
Sin utopías
Can Pizzeta, en cualquier caso, también habla de otra realidad: la dificultad de construir hoy. Inicialmente, la idea era que fuera una vivienda compartida con amigas, explorando fórmulas más colectivas y accesibles de habitar. La complejidad administrativa y las dificultades de financiación acabaron haciendo inviable la opción. Esta renuncia también forma parte de la casa. Y quizás es esto lo que hace que Can Pizzeta resulte tan contemporánea. No quiere vender una utopía, sino explicar con honestidad qué significa levantar una vivienda hoy: presupuesto ajustado, limitaciones y contradicciones constantes. La forma triangular, los materiales, la eficiencia energética y las dimensiones contenidas no son decisiones arbitrarias, sino respuestas concretas a una realidad ambiental y económica.
También hay, inevitablemente, una dimensión emocional. Diseñar la casa de la propia hija obliga, dice Jacint Raurell, a ir “con el freno de mano puesto”, porque siempre existe el riesgo de querer poner en ella todo aquello que otros clientes no te dejan hacer. Quizás es esto lo que convierte Can Pizzeta en algo más que una casa singular: es un proyecto construido entre padre e hija que habla de clima y habla de vivienda.