¿Por qué los disfraces para mujeres siempre son con minifalda, escote y tacones?
Estamos en pleno Carnaval y, como cada año, proliferan entre los disfraces para mujeres las minifaldas, los escotes, las medias de rejilla, los minipantalones y las ligas. No importa qué vayan vestidas, porque buena parte de los disfraces femeninos derivan en la sexualización. Si va de enfermera, superheroína, maestra o policía, téngalo claro: minifalda, escote y talones. Es verdad que estas son opciones clásicas dentro del imaginario fetichista masculino, pero haga la prueba buscando cualquier disfraz en el buscador de internet. Si escribe “disfraz de gato para mujer”, podemos pensar de primeras que un gato es un felino alejado de la sexualización. Aun así, incomprensiblemente, también llevará minifalda, tacones y escote. En algunos casos incluso tiene un látigo como complemento, emparentándolo con el sadomasoquismo. En el universo de los disfraces para mujeres, los Minions, las brujas, las taxistas, las piratas y las astronautas son irremediablemente sexys.
Una explicación plausible es que en una sociedad dominada por una cultura hipersexual, todo pasa por la criba de la exposición del cuerpo y del deseo. Pero a esta teoría claramente le falta una pata, porque si así fuera los disfraces de hombre también se encontrarían en la misma situación. La pata que falta es el patriarcado, que cosifica a la mujer y deposita su valor en la capacidad de ser deseable. Pero a este marco hay que añadirle también la esencia del Carnaval, una fiesta de origen pagano que celebraba el solsticio de primavera, así como la fertilidad, por lo que la sexualidad era un componente troncal. Posteriormente, la irrupción del cristianismo la transformó en una celebración gamberro previa a la contención y las privaciones de la Cuaresma.
La esencia del Carnaval está en la transgresión de la norma y en el anhelo del pueblo de disfrutar de un mundo gobernado por la igualdad, la abundancia y la libertad. Supone la eliminación provisional de las relaciones jerárquicas y de poder entre personas, tanto de clase como de género o raza. La ocultación de la identidad a través del disfraz o la máscara permite la transgresión de la norma y el juego de la inversión en diferentes campos, porque los pobres pueden actuar como ricos, los subalternos como poderosos y las mujeres como hombres , en medio de un ambiente de permisividad festiva. ¿Pero, realmente, estas transgresiones, ayudan a rebajar las desigualdades o, por el contrario, las consolidan?
Lo cierto es que el desenfreno de las fiestas permite que se desplieguen las ansias de cambio y transgresión, pero también afloran los deseos más conservadores, que se aferran, a través de los disfraces, a las representaciones más estereotipadas. De ahí que no falten tampoco disfraces, tanto para hombres como para mujeres, en las que se representan a las mujeres hipersexualizadas.
Lo que es indudable del Carnaval es que nos ofrece un marco de debate muy interesante sobre qué somos como a sociedad, evidenciando tanto las grandezas como las miserias. Emplazando al cuerpo como el elemento central de estas fiestas, queda de manifiesto que la ropa que llevamos en nuestro día a día es esencial a la hora de construir las estructuras sociales y las relaciones de poder. Una ropa que, en definitiva, no es menos disfraz ni máscara que la que lucimos durante el Carnaval.