Amazonia

La lucha milenaria de los yanomamis: "Proteger la Amazonia significa proteger la vida"

El pueblo indígena ianomami todavía lucha contra la minería ilegal y las enfermedades invasoras, después de los años devastadores de Bolsonaro

Nicola Zolin
02/05/2026

Roraima, Brasil. Territorio Indígena YanomamiEl calor cae sobre la aldea desde las primeras horas de la mañana. Aislado en el corazón de la selva tropical, este asentamiento amazónico sigue los ritmos impuestos por el río y la tierra. A lo largo del Uraricoera, afluente del río Negro, algunos niños juegan y se refrescan en el agua. Un poco más allá, varios jóvenes vuelven de la orilla con una canoa cargada de haces de mandioca: el tubérculo que sustenta la vida ianomami. La cosecha pasa de mano en mano hasta llegar a las viviendas, donde las madres la lavan, la rallan y la transforman en harina, repitiendo gestos transmitidos de generación en generación, tan antiguos como el río mismo.

La quietud se rompe con el estruendo de una lancha fluvial. A bordo viajan dos trabajadores de la salud dedicados a la prevención de enfermedades endémicas, en particular la malaria. Con mochilas fumigadoras comienzan a rociar las casas y los espacios interiores con insecticidas antipalúdicos, siguiendo las indicaciones del cacique de Palimiu, Fernando Palimitheli, líder de la comunidad.

“Hemos atravesado períodos terribles”, confiesa Fernando, bajando la mirada, que de repente se oscurece. “El agua se contaminó con mercurio, nuestros niños se morían de enfermedades. Fue una catástrofe”. Sus palabras fluyen lentas y pesadas en la lengua materna. En los últimos años, los buscadores de oro ilegales –los garimpeiros– han invadido el territorio yanomami y han abierto heridas en la tierra y en los ríos. Con ellos también llegaron las enfermedades: malaria, disentería e infecciones respiratorias, que se propagaron rápidamente en unas comunidades sin acceso estable a atención médica.

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Los yanomamis –unas 31.000 personas en Brasil y varios miles en Venezuela– habitan las altiplanicies amazónicas desde hace milenios. Viven a menudo en grandes casas comunitarias, los xaponos, estructuras circulares que albergan diversas familias. Practican rituales chamánicos y conciben la selva, Urihi, como un organismo vivo, dotado de voluntad y espíritu. En su cosmología no hay una separación clara entre ambiente y sociedad: la selva no es un recurso, sino una relación. Destruirla quiere decir poner en riesgo el equilibrio del mundo.

“Se ha dicho que los ianomamis morían de hambre, pero no es cierto –afirma Dario Kopenawa, presidente de la asociación Hutukara–. Hemos sobrevivido durante siglos. Nuestros niños murieron por las enfermedades traídas por los invasores y por la falta de atención médica”. Nos encontramos en su oficina en Boa Vista: está exhausto, debilitado por la malaria por undécima vez. Y, aun así, continúa. Está en primera línea denunciando las invasiones de los garimpeiros y exige que el territorio ianomami sea finalmente liberado.

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Su padre, Davi Kopenawa, es uno de los chamanes y pensadores indígenas más influyentes de la Amazonía. En el libro La caída del cielo plasmó por escrito la cosmología ianomami como clave para interpretar el presente. Una antigua profecía advierte que, si la selva es destruida y los chamanes desaparecen, el cielo acabará derrumbándose. “Nosotros, los chamanes, trabajamos para sostener el cielo –dice Davi–. ¿Pero cuánto tiempo más?”

El territorio indígena ianomami se extiende por unos 96.000 kilómetros cuadrados entre Roraima y el Amazonas: una inmensidad de selva que para los ianomamis es un organismo vivo y que para el planeta representa una de las áreas protegidas más extensas y uno de los reservorios de biodiversidad más valiosos.

Aquí la Amazonia acoge una parte fundamental de las especies animales y vegetales del mundo y ejerce un papel crucial en la regulación del clima global. En este espacio se hablan más de 240 lenguas indígenas y viven más de 300 comunidades ianomamis, unidas por seis lenguas principales y por la presencia silenciosa de grupos aislados –los llamados “no contactados”–, que eligen deliberadamente quedarse al margen del mundo exterior. Su supervivencia depende de la continuidad de la selva y de la ausencia de interferencias externas: si la selva cae, se agrieta el equilibrio que, según sus mitos, sostiene el cielo.

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No todos los blancos han representado una amenaza para estos pueblos. Carlo Zacquini, misionero de la Consolata llegado en 1963, se convirtió con el tiempo en un referente para muchas comunidades. “Estuve con ellos seis meses antes de entender que se llamaban ianomamis”, recuerda.

ren los años en que el antropólogo norteamericano Napoleon Chagnon los definía como “el pueblo feroz”. Además, los describía como intrínsecamente violentos y acusaba a Davi Kopenawa de ser “un loro de las ONG”. “Un relato impregnado de profunda ignorancia”, replica Zacquini. “Poseen un conocimiento refinado de su entorno y una estructura social compleja, construida a lo largo de milenios”.

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"Cadáveres en los senderos de la selva"

En 1973 llegó la carretera. Fue el inicio de una transformación radical. “Las consecuencias fueron devastadoras –recuerda Zacquini–. “Vi cadáveres a lo largo de los senderos de la selva, personas que murieron todas en el mismo período, y ni siquiera tenían fuerzas para celebrar los ritos funerarios”. Las epidemias introducidas desde el exterior golpearon a comunidades sin defensas inmunológicas. “Fue una tragedia de proporciones inmensas, quizás incluso más grave que la peste descrita por Manzoni”, dice.

El territorio ianomami fue oficialmente demarcado en 1992, después de décadas de presiones internacionales y movilizaciones indígenas. Pero la demarcación nunca garantizó una protección real. Las invasiones no se han detenido, alimentadas por intereses económicos, complicidades locales y la histórica incapacidad del estado para hacer cumplir la ley en estas zonas remotas.

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La catástrofe humanitaria ha desgarrado profundamente al pueblo yanomami. “Sus chamanes se encontraron desarmados ante enfermedades desconocidas”, relata Zacquini, que con los años acabó haciendo de enfermero, médico y dentista y contrajo malaria 31 veces. “Vi chamanes perder la fe. Se sentían impotentes. Algunos chamanes extraordinarios dejaron de creer en los xapiri, los espíritus en los que confiaban”.

“Nos hemos vuelto tristes y hemos conocido demasiadas veces la rabia del duelo –escribe Davi Kopenawa–. A veces incluso tememos que los blancos quieran poner fin a nuestra existencia. Hubo un tiempo en que éramos numerosos y nuestras casas eran grandes. Después muchos de los nuestros murieron cuando llegaron estos forasteros con los humos de las epidemias y las armas de fuego. Sin embargo, a pesar de todo, después de llorar y entregar las cenizas de nuestros muertos al olvido, todavía podemos vivir felices”.

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La invasión minera legitimada por Bolsonaro

Las invasiones mineras se intensificaron en los años ochenta y después nuevamente a principios de los años dos mil. Pero fue con la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia, en 2019, cuando la situación se precipitó. Bolsonaro declaró abiertamente que no demarcaría ni un centímetro de tierra indígena. Los garimpeiros se sintieron legitimados: ocuparon pistas de aterrizaje, utilizaron aviones y sistemas satelitales e impidieron el acceso de los médicos. Estaban armados. Al final de su mandato, más de 5.000 hectáreas de selva habían sido devastadas. “Querían exterminarnos”, balbucea Fernando Palimitheli, cacique de Palimiu.

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La crisis humanitaria estalló ante los ojos del mundo. Las imágenes de niños ianomamis desnutridos, con el vientre hinchado y los ojos desorbitados, recorrieron los medios internacionales. En Brasil se empezó finalmente a debatir sobre los pueblos indígenas de otra manera, también gracias a un activismo creciente amplificado por las redes sociales. Con el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia, en enero de 2023, la situación fue calificada sin ambages de “genocidio”. Se crearon el ministerio de los Pueblos Indígenas y una nueva dirección indígena en la FUNAI (Fundación Nacional del Indio).

Con la operación Yanomami, el estado puso en marcha una de las acciones más complejas: la lucha contra la extracción ilegal de oro. En dos años se hicieron más de 8.000 operativos y, según datos oficiales, la actividad minera ilegal se redujo un 97%. “El gobierno utiliza las fuerzas armadas para evitar la corrupción de los agentes locales”, explica un soldado del ejército, originario de Florianópolis y destinado a Boa Vista. “Nuestra misión es destruir toda la infraestructura de los invasores”, afirma poco antes de bajar en helicóptero sobre una zona señalada en la selva.

Pocos minutos después se oyen disparos. Los soldados han localizado a los criminales, que huyen inmediatamente, mientras los militares disparan tiros de advertencia. A poca distancia llegamos al campamento: tiendas con mosquiteras, una nevera, una cocina de gas y una estructura de madera improvisada se están quemando, junto con la embarcación utilizada para desplazarse por el río. Del lecho fluvial extraían casiterita, un mineral utilizado en la producción de estaño y tierras raras, cuya explotación provoca deforestación, contaminación ambiental y la propagación de la malaria.

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A pesar de la importancia de estas operaciones, la realidad sobre el terreno sigue siendo frágil. “La malaria no está bajo control y no todos los buscadores de oro han sido expulsados”, observa Zacquini. Los mineros retroceden y después reaparecen más adentro de la selva, con el apoyo de redes criminales y de un precio del oro en máximos históricos. En los pueblos colindantes con las áreas indígenas suele reinar el silencio: todos saben, pocos hablan.

“El garimpo ya no es una actividad improvisada –concluye Dario Kopenawa–. Es una estructura criminal. El problema es global, también afecta a Europa”. Para los ianomamis, esta batalla no es solo política o ambiental, sino también espiritual. Según los mitos, el creador Omama les confió la tarea de custodiar el equilibrio del mundo. La extracción de oro despierta a los xawara, los espíritus de la enfermedad y del caos.

Hoy los avances son reales, pero frágiles. La pregunta, para los ianomamis, no es si la selva volverá a ser invadida, sino cuándo. Y si la próxima vez quedará todavía algo por defender. “Proteger la Amazonia significa proteger la vida –afirma Dario Kopenawa–. Somos nosotros, los pueblos indígenas, los que debemos cuidarla. Ningún indígena puede representarnos. Ningún gobierno puede hablar en nuestro nombre”.