¿Cómo puede ser que no nos explotara la cabeza ante la expresión “culos brasileños”?

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El trabajo de desmontar la gran mentira no se puede hacer solo
20/10/2026 - 08:01 h
Escritora, guionista y comunicadora

Mi madre decía que había tenido suerte. Cuando conoció a mi padre estaba de moda la actriz Kim Novak y con ella un tipo de mujer con caderas y cuerpo generoso. Es decir, no delgada. Después se lamentaba de que la moda hubiera cambiado y se hubieran empezado a llevar los cuerpos escuálidos, porque sabía que sus hijas lo pasaríamos peor. Yo la escuchaba y maldecía mi mala fortuna porque en casa durante años y años fui la gorda, la obesa, la que no tenía el peso normativo que tocaba y, claro, era una persona en guerra permanente con su cuerpo.

Nunca me paré a pensar cuán perverso y estúpido era juntar dentro de una misma frase las palabras cuerpo y moda, y aceptar como si nada titulares de revistas en los que se nos anunciaba que se llevaban los culos brasileños (¿cómo puede ser que no nos explotara la cabeza ante la expresión “culos brasileños”?), los cuerpos delgados, los pechos grandes, las narices pequeñas y los labios carnosos, y, así hasta el infinito, como si fuera normal que las partes del cuerpo de una mujer (siempre de una mujer) se pudieran cambiar y renovar como un jersey o unas mallas.

Lo que explico puede parecer muy vintage, pero las cosas no han cambiado mucho. Al contrario, han empeorado, y ahora, encima, están las redes sociales que todo lo amplifican. Para los incrédulos aquí van un par de datos:

El curso 2020-21, la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia de Cataluña hizo una encuesta a adolescentes de entre 12 y 16 años: el 47% de las chicas respondían que se querían adelgazar y el 41% que alguna vez habían hecho dieta para adelgazar por su cuenta sin control médico. Y el Instituto de las Mujeres, que depende del ministerio de Igualdad, ha publicado este 2023 un estudio sobre la autopercepción de la imagen de las mujeres en los nuevos entornos digitales, y resulta que el 70% de las chicas jóvenes han visto anuncios de cirugía estética en las redes y tres de cada cuatro se han visto expuestas a comentarios sobre su físico.

No descubro la sopa de ajo cuando digo que el bombardeo sobre cómo debe ser nuestro cuerpo ha crecido en paralelo al aumento de la conciencia feminista. No es casualidad. Si no pueden controlar nuestra mente intentan controlar nuestro cuerpo. De nuevo, no soy yo quien lo ha descubierto, solo faltaría; hay muchos estudios que lo explican, pero es bueno que lo vayamos recordando. Porque mientras todas las mujeres, absolutamente todas (o casi), pensemos que nuestro cuerpo no es el que toca, seremos más débiles y más manipulables. Más enfermas física y mentalmente. Menos peligrosas. Porque ese es el objetivo: desactivarnos.

Es evidente que el trabajo de desmontar la gran mentira no se puede hacer sola; hacen falta políticas públicas que prohíban todo lo que nos tenemos que tragar: tiendas con tallas de ropa imposibles, redes sociales con algoritmos envenenados, una publicidad que continúa queriendo imponernos lo imposible, y tantas y tantas situaciones de presión estética. Pero también podemos hacer pequeñas revoluciones, como dejar de hablar del cuerpo de las otras mujeres. Y, por encima de todo, mirarnos al espejo sabiendo que lo que vemos en él no es moda, es vida.

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