La tiranía de la geolocalización
Es habitual que las generaciones más jóvenes compartan su geolocalización como una muestra de afecto y confianza. Los móviles tienen una función que se puede activar para indicar la ubicación al resto de dispositivos elegidos, y también hay aplicaciones que facilitan esta información. Cada usuario puede decidir, en principio de manera voluntaria, a qué personas quiere que, en todo momento, sepan dónde están. De inicio, servía para localizar el móvil en caso de pérdida o robo. Después pasó a ser útil para tener controlados a los menores de edad cuando empezaban a tener una cierta autonomía. Permitía saber si ya habían llegado a casa o a la escuela y aportaba una dosis de tranquilidad gracias a una vigilancia rápida y distante, pero precisa. Pero finalmente se ha acabado convirtiendo en una forma de socialización y relación que puede derivar en formas de control abusivas.
Australia se ha situado a la vanguardia de las políticas de seguridad digital y protección de menores en internet. El eSafety, su organismo público encargado de esta cuestión, advirtió, en 2025, que casi uno de cada cinco jóvenes entre 18 y 24 años consideraba razonable rastrear la ubicación de su pareja siempre que quisiera. Se argumentaba que son unas generaciones que han crecido acostumbradas a ser monitorizadas por sus padres a través del teléfono y, por tanto, han normalizado permitir este acceso a los amigos y, por extensión, a sus relaciones sentimentales. Y así, con el tiempo, la geolocalización se ha ido percibiendo como una demostración de proximidad emocional. La idea es rocambolesca y muy perversa, porque ha dado la vuelta al concepto de confianza. Si antes la confianza era lo que garantizaba la privacidad individual, actualmente, renunciar a la privacidad se ha convertido en una prueba de confianza. Perder la intimidad es demostrar que eres transparente. La geolocalización se ha convertido en una especie de pseudopresencia. Una forma de estar presente sin estarlo físicamente. Constatar dónde está el puntito de las personas que quieres en el mapa del móvil puede generar una sensación de una cierta conexión. “¿Qué haces en Poblenou a estas horas?”, “Veo que has ido a la playa este fin de semana...”. Un viernes por la noche permite deducir quién se ha quedado en casa y quién ha salido a dar una vuelta. O quién duerme en casa y quién no.
Control interiorizado
Los conceptos de intimidad y vigilancia están cambiando. O, más bien dicho, hay personas interesadas en redefinir sus límites. Funciona como el proyecto arquitectónico del panóptico de Jeremy Bentham: una prisión circular donde los internos no saben si les están vigilando en aquel momento, pero saben que pueden ser observados en cualquier instante. Esto les lleva a comportarse como si la vigilancia fuera permanente. El control acaba interiorizándose y ya no es necesario ejercerlo de manera constante. A partir de esta idea, Michel Foucault describió una sociedad disciplinaria en la que el poder no solo vigila a los individuos sino que les lleva a autorregularse. Ahora, compartir la geolocalización del móvil vendría a ser lo mismo, pero la forma de vigilancia es más horizontal. Funciona entre iguales y, para rematar, de manera aparentemente voluntaria. La observación constante del otro es una forma de amor o de pertenencia a un grupo. No es control, es complicidad. “Si no tengo nada que ocultar, ¿qué problema hay?” Pues que cualquier desconexión o decisión imprevista tomada desde la libertad se convierte en una forma de sospecha de quien te vigila. La tiranía de ser siempre transparente y público es una forma de opresión y control.