¿Por qué Trump lleva un traje barato?

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El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, asiste a un mitin de campaña en The Oncenter de Syracuse, Nueva York (EE. UU.), el 9 de octubre de 2026.
13/10/2026 - 12:01 h
Analista de Moda i Tendències

El 5 de octubre, en plena campaña para las elecciones de medio mandato, Donald Trump pronunció un discurso en Nebraska. Nada nuevo: grandilocuencia patriótica y engreimiento discursivo sobre la grandeza de América. Acabado el discurso, sonó Y.M.C.A., de los Village People, aquella canción que en los años setenta se convirtió en un icono de la cultura gay y que hoy Trump ha adoptado como banda sonora de campaña. El presidente se entregó entonces a su ya característico baile robótico, hasta que un movimiento dejó al descubierto un detalle inesperado: la etiqueta del traje, con el nombre de Jos. A. Bank. Una marca estadounidense que, de entrada, parecía coherente con una de las proclamas más recurrentes de Trump: consumir productos fabricados en los Estados Unidos. ¿Pero es excepcional el caso de Trump y sus medidas proteccionistas en la moda?

A lo largo de la historia, muchas modas que hoy nos pueden parecer fruto de preferencias estéticas respondían, en realidad, a intereses económicos y disputas entre países. La dinastía de los Habsburgo convirtió, desde Carlos I hasta Felipe II, el negro en un color emblemático de las cortes europeas. Más allá del fervor religioso, a menudo señalado como motivo principal de esta preferencia, también había intereses políticos y económicos. El palo de Campeche, procedente de México, permitía obtener tinturas negras intensas y brillantes, muy apreciadas en la indumentaria cortesana. Su comercio generó importantes beneficios y contribuyó a consolidar las redes mercantiles de la monarquía hispánica, en un contexto de rivalidad entre potencias europeas.

Luis XIV y su ministro Jean-Baptiste Colbert también entendieron la importancia de que el mismo rey vistiera tejidos producidos en las manufacturas reales francesas. La corte imitaba al monarca y adoptaba las modas que él consagraba, de manera que el consumo de tejidos franceses acababa revirtiendo en la economía nacional. En el siglo XVIII los algodones estampados indios, conocidos como calicoes y chintz, gozaron de un gran éxito en Europa, hasta el punto de amenazar a los fabricantes ingleses de lana y seda. Para proteger la industria propia, el Parlamento inglés restringió su importación y venta, en un intento de frenar una moda que podía tener graves consecuencias económicas para el país.

El presidente de los EE. UU., Donald Trump, llega a la Casa Blanca tras volver de un viaje a Tennessee.

Estos precedentes históricos encuentran un paralelismo en las medidas que Trump pretende promover. China es uno de los grandes competidores económicos de los Estados Unidos y, a la vez, una de las principales potencias mundiales en la fabricación de moda, junto con la India. Promover la ropa fabricada en los Estados Unidos puede favorecer a la industria propia y perjudicar, a la vez, al competidor chino. El problema es que la marca del traje de Trump, Jos. A. Bank, a pesar de ser estadounidense, externaliza una parte importante de la producción a China y Bangladesh. Por lo tanto, es posible que el traje del presidente se haya fabricado en Asia y no en los Estados Unidos, aquel país que no se cansa de prometer que volverá a hacer grande.

Esta anécdota pone sobre la mesa las contradicciones del discurso proteccionista de Trump. De entrada, el mundo actual tiene poco que ver con el que vivieron Carlos I o Luis XIV: en una economía globalizada, recuperar la producción nacional es mucho más complejo de lo que sugiere la retórica política. Además, pedir que se consuman productos nacionales puede ser injusto si esto implica un sobrecoste que no todo el mundo se puede permitir. Trump, con una fortuna estimada en 7.000 millones de dólares, difícilmente puede alegarlo: antes de llegar a la presidencia, había manifestado su predilección por Brioni, la firma italiana de alta sastrería, con trajes que pueden superar los 10.000 euros. Un contraste notable con los de Jos. A. Bank, que se sitúan aproximadamente entre los 250 y los 700 dólares. No sé si es una premonición del suflé que se ha desinflado, pero, cuando menos, este traje queda lejos de proyectar la grandeza americana que Trump tanto proclama.

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