Vaciar la casa para que reviva
Can Biel. Sarquella Torres Arquitectos (Mieres)
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Can Biel es una casa que forma parte de la vida del pueblo, literalmente. Desde su balcón en la plaza Mayor de Mieres, en aquel valle que Josep Pla definió como “cazuela” de la Garrotxa, todavía se proclama el pregón de la fiesta mayor. Pero, detrás de la fachada y al margen de la función histórica, el interior de Can Biel es hoy muy diferente de lo que había sido durante buena parte de su historia. Los arquitectos Pau Sarquella y Carmen Torres, fundadores del estudio Sarquella Torres en Banyoles, han convertido aquella casa que hacía décadas que estaba deshabitada en un espacio doméstico abierto, flexible y transformable.
La vivienda tiene una geometría elemental: tres plantas cuadradas de ocho metros por ocho, 64 metros cuadrados cada una, encajadas dentro de unos muros de piedra de gran grosor. Con el tiempo, los interiores se habían deteriorado; querían amplitud y sabían que no todo lo que existe necesita ser conservado y tampoco todo lo que se conserva debe condicionar el futuro. Por eso, el primer gran gesto fue vaciar. Se retiraron los elementos deteriorados y se liberó el interior de las tres plantas para recuperar su capacidad espacial. El pilar central, ahora de hormigón y de sección más pequeña que el original, mantiene la lógica estructural de la casa, mientras que la escalera se desplazó hacia uno de los rincones. El centro quedó más libre y las plantas empezaron a relacionarse entre ellas, visualmente y también a través de la luz y de la ventilación.
En la planta baja, esta libertad se percibe de manera especial. Los diferentes niveles del pavimento, más que separar, crean una sucesión de ámbitos. Sala, cocina y comedor ocupan un único espacio en diversas alturas; la distribución no depende de paredes. Entre la sala y la cocina, por ejemplo, la separación no llega ni al techo ni a los muros laterales. En cierto sentido, los límites existen pero no cierran. Es una manera de hacer que la casa sea amplia hoy y que pueda ser diferente mañana.
La primera planta acoge los dormitorios. También aquí los muebles –una sucesión de armarios– distribuyen el espacio poco compartimentado y crean intimidades. La planta superior, en cambio, es una gran estancia disponible para lo que haga falta: espacio de juegos, estudio o habitación para los invitados. La indefinición no es una carencia, sino una importante reserva de futuro.
La misma idea aparece en los materiales. El nuevo forjado de la primera planta es de hormigón, con vigas y bovedillas, una solución más robusta que contribuye a dar rigidez al conjunto y a coser los nuevos elementos con los muros de piedra. Arriba, la madera toma el relevo con un entramado más ligero que recupera, de alguna manera, la materialidad de los techos antiguos. La casa combina así dos maneras de construir que también expresan dos maneras de entender el pasado de la casa: reforzar lo que necesita solidez y aligerar lo que puede continuar siendo más flexible.
Las escaleras también explican esta dualidad. La de la planta baja es maciza y aprovecha su volumen para incorporar un pequeño baño y espacios de almacenamiento. La que sube al segundo piso es de madera, mucho más ligera, suspendida del forjado. Debajo tiene la biblioteca.
Ninguna de estas decisiones de vaciado, de mantener las plantas abiertas y los espacios relacionados, tendría tanto sentido si la casa se hubiera vuelto a cerrar en sí misma. De ahí que la relación con la plaza también se quisiera mantener viva. La puerta de entrada, dividida en dos, se convierte en una ventana y las vidrieras translúcidas permiten que la luz y la presencia del exterior lleguen al interior sin eliminar su intimidad.
El proyecto de Sarquella Torres no pretende recuperar una hipotética imagen original de la casa. La piedra que ha resistido, el hormigón nuevo, la madera y el encalado conviven como las diferentes etapas de una historia que todavía no ha terminado. Tampoco la distribución queda en ningún caso fijada definitivamente. Hoy los muebles pueden dibujar un espacio que en un futuro podría cambiar para darle otro uso.
En cualquier caso, después de décadas vacía, Can Biel vuelve a ser una casa. No se trata tanto de haber reconstruido lo que había como de haber recuperado la posibilidad de que pasen cosas. Que los espacios cambien, que los muebles se muevan o se transformen, que lleguen otras necesidades y, si se da el caso, otros habitantes. Una casa, al fin y al cabo, no es solo aquello que los muros son capaces de conservar, sino también todo aquello que todavía pueden llegar a acoger.
Cuadrados dinámicos
Un cuadrado, en principio, es una forma estática, pero en el caso de Can Biel los arquitectos del estudio Sarquella Torres han convertido las tres plantas de 8 x 8 metros en tres espacios dinámicos, abiertos, transformables.