El velero centenario que navega por el Mediterráneo gracias a un antiguo poste de teléfono

Emili Armengol prepara su última gran travesía con ‘Sa Rata’, una barca de vela latina construida en 1926

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La Rata navegando en L'Escala.
26/09/2026 - 18:01 h
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Allí donde los Pirineos se zambullen en el mar Mediterráneo, algunas rocas se resisten a sumergirse. El agua alcanza grandes profundidades cerca de la costa, y aun así, sobresalen algunos islotes, como icebergs perennes. Dos de estos islotes se encuentran en la punta del Cabo de Creus, cerca del faro: s’Encalladora y la Massa d’Or (o Maça d’Oros).

El nombre de s’Encalladora lo dice todo: los barcos ya saben que no deben acercarse, sobre todo cuando el mar no está nada plano. El de la Massa d’Or necesita una explicación: se llama así porque la isla brilla como el oro cuando le toca el sol gracias a la mica que tiene incrustada en la roca. Ahora bien, la Massa d’Or es conocida popularmente como sa Rata, ya que tiene la forma de este roedor estirado plácidamente sobre el agua, con las orejas y la cola bien visibles.

Emili Armengol no dudó en bautizar con el nombre de este islote al laúd que adquirió hace un montón de años, construido hace un siglo, en 1926, en Banyuls de la Marenda, por un reputado maestro carpintero de ribera. Sa Rata fue durante muchos años un sardinal (pescaba sardinas), y cuando dejó de tener esta función pasó a ser un barco de recreo. Emili lo ha "paseado" un montón de veces por la costa catalana, y mar adentro, hasta Córcega, Cerdeña, las Baleares... Y no solo ha ido –y vuelto– a estas islas, sino que las ha rodeado.

Emili al timón de Sa Rata.
Sa Rata, cien años navegando por el Mediterráneo.

Hoy tengo el privilegio de salir con esta joya de madera y de vela triangular –suspendida del mástil– que no ha dejado de navegar ni un año a lo largo de su centuria de vida. Sa Rata forma parte de la pequeña y valiosa flota de barcas de vela latina que hay en Cataluña, que han sobrevivido gracias a unos cuantos románticos del mar –y de la navegación–, que han evitado que quedaran abandonadas, quemadas o hundidas.

El mar es el hábitat natural de Emili Armengol. De niño salía prácticamente cada día a pescar con su padre, también Emili, desde Vilassar de Mar. Pescaban buen pescado con redes, nasas y palangres. Emili Armengol padre fue un reconocido orfebre y pintor. Apasionado de las artes, disfrutaba participando en tertulias culturales, como la llamada Penya dels ximples. Fue uno de los fundadores del Museo Municipal de Tossa de Mar, donde la pintura es la gran protagonista. El hijo –mi anfitrión y patrón de hoy– también cultivó la orfebrería. Pero se fue decantando hacia la escultura. El mar y la escultura confluyen en el motivo que más esculpe Emili: los peces. Fascinado sobre todo por su forma, le encanta reproducir peces. Pero Armengol es sobre todo conocido como autor de escultura monumental. Algunas de sus piezas están situadas en destacados espacios públicos de la geografía del país y del mundo. Así, encontramos la Puerta de los Países Catalanes, en Salses; la Puerta de Sarriá, en Barcelona; y la Puerta de la Libertad, realizada con motivo de los 80 años de la retirada, en Le Barcarès. Una de las singularidades de esta escultura es que contiene numerosas huellas de los pies de descendientes de exiliados.

A toda vela

Hoy en la bahía de Roses hace un buen viento –un mediodía–, que va creciendo poco a poco. Es la marinada, que se va haciendo fuerte a lo largo del día a medida que la tierra va calentándose. Tenemos todo el velamen desplegado: la vela mayor y el foque (la de delante). La primera hace 50 metros cuadrados y la segunda hace 20. En conjunto, 70 metros cuadrados. La superficie de un pisito, pienso. La velocidad que alcanza Sa Rata es tan considerable que la gran bahía de Roses me parece más pequeña de lo que es. Como vamos rápido necesitamos tener los ojos a cierta distancia para no chocar con unos barcos completamente diferentes del nuestro: los kitesurfs.

A toda vela.

Hasta ahora hemos ido hacia Sant Martí d’Empúries, allí donde los griegos llegaron por primera vez a estas tierras –navegando, claro–, pero viramos y ponemos rumbo hacia el Montgrí. Qué bien que Sa Rata –como toda barca de vela latina– no tenga botavara, que en otras embarcaciones provoca unos cuantos chichones, o consecuencias más graves: fracturas y caídas al mar. Algunos, después de haber sido lanzados al mar por esta maldita barra horizontal situada justo bajo la vela, no han podido ser rescatados. La simplicidad de Sa Rata tiene ventajas.

Tenemos el macizo del Montgrí a estribor. Se han cometido tantas barbaridades urbanísticas en la costa catalana que existe la percepción de que todo el litoral está perdido. Y afortunadamente no es así. Uno de los milagros es el Montgrí, territorio pelado, completamente despoblado, lleno de acantilados –que en algunos tramos alcanzan los cien metros de altura– y de cuevas. Esta es para mí una de las zonas más encantadoras de Cataluña. Con viento fuerte mejor no acercarse mucho, sobre todo si sopla tramontana, ya que no tienes dónde refugiarte. Pero hoy hace una brisa que viene de mar, y además Emili domina el timón.

De repente aparecen a bordo unos vasitos de plástico. Los trae uno de los dos tripulantes que nos acompañan, que tienen un papel clave sobre todo en las viradas. Son tripulantes fieles, que nunca tienen un no por respuesta a Emili cuando les pide navegar con Sa Rata. ¡Es sidra! ¡Y bien fresca! Emili se preocupó de poner ayer dos botellas de sidra en la neverita de Sa Rata para servir hoy.

Me explica Emili Armengol que tiempo atrás muchos marineros en largas travesías morían de escorbuto, y los vascos, que tomaban sidra, no enfermaban. En Sa Rata se enrola de vez en cuando un tripulante de Euskal Herria y nunca se olvida de traer unas cuantas botellas de sidra. Y Emili adoptó la "costumbre sana" de tomar sidra en alta mar.

Ahora tengo el privilegio de llevar yo el timón. El viento sopla más fuerte y se forman las primeras crestas, unas pinceladas blancas que hacen juego con las –pocas– embarcaciones de vela que hay. Intento ceñir, y no es fácil. Los barcos de vela latina van sobre todo con vientos portantes. Navegan mejor de empopada, largo o través. "Los pescadores que iban con barco de vela latina siempre llevaban ropa guardada en algún lugar del barco que no se mojara: si de vuelta tenían el viento en contra tenían que quedarse a dormir", me explica Emili, vestido de diferentes tonos de azul –pantalones y camiseta–, pero ninguno de los dos colores es el azul que nos rodea –el del mar y el del cielo–. Se mueve como un gato por el barco, con una agilidad juvenil (y tiene 83 años). "Gracias a Sa Rata me ahorro el gimnasio", dice, socarrón. Si se enreda algún cabo no duda en subirse hasta lo más alto del mástil, con la ayuda de la guindaressa (sistema de poleas que forman parte del aparejo de izar la antena).

La prudencia es esencial en el mar. Emili sigue, por supuesto, esta divisa. El verano que ya hemos dejado atrás tenía previsto ir a Fornells (Menorca), en un encuentro de vela latina, pero el evento tuvo como protagonista su ausencia. El estado del mar no invitaba a ir.

Una travesía arriesgada

Emili recuerda como si fuera ayer –pero hace unos cuantos años– la travesía que hizo de Cataluña hasta Menorca, en la cual sufrió de lo lindo. "Salimos con una previsión «justita»", recuerda. "Hacía tramontana, fuerza 5. Pero fue creciendo hasta fuerza 7. Mi acompañante iba de un lado a otro de la barca. Lo até con cuerdas para que no saliera disparado al mar", explica. "Solo bebíamos agua, no teníamos ganas de comer nada. Cuando llegamos a puerto encontramos un calamar enganchado a la guindaleza".

"Solo éramos dos yendo a Menorca", me dice Emili. "¿Con dos hay suficiente para llevar la barca?", le pregunto. "Sí, es el mínimo. Sobre todo por la noche, cuando uno duerme y el otro lleva el timón y mira el mar con cuatro ojos", explica mientras esquivo un velero, que lleva un número en la vela y un dibujo. Contrasta con la vela de Sa Rata, completamente blanca.

La cabeza de Emili continúa absorta en aquella arriesgada travesía. "Había olas de hasta 4 metros y medio. El palo quedaba en algún momento por debajo de la ola. El palo mide 9 metros, como la eslora de Sa Rata. Cuando se dice que una ola tiene 4 metros y medio, en realidad desde el punto más bajo hasta el más alto son 9 metros, ya que hay que contar la ola que sube y la que baja", precisa.

El de Sa Rata es un palo bien robusto. Es un palo de líneas de teléfono reciclado. Tiene una elasticidad natural que le permite inclinarse cuando hay fuertes ráfagas de viento sin fracturarse. Debió bajar al mar con una riada. Una pequeña grieta va de arriba a abajo del palo. Emili la ha aprovechado para hacer pasar el cable de la emisora de alta frecuencia y el de la lucecita de lo alto del todo. Es ingenioso y ha hecho Sa Rata a su medida: la superficie de vela que le correspondería sería mucho menor, pero él ha puesto velas mucho más grandes, que le permiten hacer travesías y disfrutar del sol y de la inmensidad del mar. Y de la soledad.

Desplegando las velas de Sa Rata.

Entramos en el puerto de la Escala, de donde hemos salido hace unas cuantas horas. Con la ayuda de los tripulantes, Emili hace la operación de cambio de timón: sustituye el timón grande –esencial por el hecho de que la barca no tiene orza: le permite mantener el rumbo–, por el pequeño, con el cual el barco no toca el fondo.

Emili me comenta que ya está pensando en tener una barca más pequeña, antes de que, navegando con Sa Rata, el mar que tanto estima le juegue una mala pasada. Años atrás había tenido barcas de dimensiones más pequeñas, entre las cuales la del poeta J.V. Foix. Pero todavía tiene fuerza suficiente para el verano próximo ir con Sa Rata a Sicilia, donde esta preciosa barca de vela latina no ha llegado nunca. Y volver de allí y poder explicar con el entusiasmo que irradia su nueva aventura.

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