Los vestidos de la diseñadora que vistió a Sara Montiel, Lola Flores y Carmen Sevilla
Una exposición en el Dhub reivindica el talento y el legado de la diseñadora Asunción Bastida, la única mujer que formó parte del núcleo más destacado de la alta costura española
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BarcelonaToda la escena desprende una luz irreal. Cuatro hombres negros con el pecho descubierto y en pantalones precarios sostienen candelabros y una figura claramente femenina se alza imponente en lo alto de unas escaleras rojas. En la penumbra ya se distinguen la curva de un pecho y el ángulo de una cadera, que el vestido –color champán, escamado, cada vez más refulgente a medida que se hace la luz– y la capa –verde, rectísima– realzan con precisión. El primer plano acaba de dibujar un tiempo y un país: el tupé antigravitatorio, el lunar pintado, los labios rosa sandía, el escote abrebocas, las joyas que no superan medio paseo por la Rambla y, sobre todo, la cara, tan mítica, de Sarita Montiel.
Noches de Casablanca (1963) contó con caras conocidas, pero también con unas manos olvidadas. En los créditos del filme, entre los nombres del coreógrafo y del sastre, se puede leer: “Vestuario Sara Montiel: Asunción Bastida”. La modista, nacida en Barcelona en 1902, diseñó el vestuario de más de treinta películas en tres décadas y vistió a Lola Flores, Carmen Sevilla y Amparo Rivelles, entre tantas y tantas otras. Sin embargo, a pesar de ser una de las figuras centrales de la moda española del siglo XX, su legado ha quedado descentrado. Precisamente para "colocarla donde toca" –recordaba la directora del Disseny Hub Barcelona, Mireia Escobar– le han dedicado la primera retrospectiva, Asunción Bastida. Barcelona y la alta costura, que se puede visitar hasta el 14 de marzo.
Tres años de investigación
La exposición nace del encuentro fortuito de una mujer curiosa y unas cajas llenas. Laura Ballarín Bescós sabía detalles de la vida de su tía abuela, Viky Ballarín: que había pasado unos años en Barcelona, que había trabajado para Asunción Bastida y que desprendía aquella luz, tan difícil de definir como fácil de percibir, de quien ha hecho una vida libre. Cuando la tía abuela murió, en su Huesca natal, la familia hizo lo mismo que tantas otras: abrir armarios y clasificar. Lo que salió de ahí, sin embargo, no es tan habitual: la base del –hasta ahora inédito– fondo Viky Ballarín. Fotografías en Barcelona, pero también en El Cairo, en Estocolmo, en Nueva York; recortes de noticias y entrevistas –una de Maruja Torres, que habla de Ballarín como “la decana de las maniquíes españolas”–, y más y más vestidos que pertenecieron a una mujer que trabajó codo a codo durante treinta años con una de los “cinco grandes” de la Cooperativa de la Alta Costura Española.
Cuando se dispuso a ordenar esta historia, Laura Ballarín descubrió que el “legado textil” de Asunción Bastida estaba “disperso”, explica. Así que empezó una investigación para subsanarlo: tres años de recopilar, datar y catalogar la documentación, de hincar los codos, en una tarea a ratos desagradecida entre el silencio del papel en las bibliotecas, y de hablar con decenas de mujeres que la conocieron. El resultado es la retrospectiva que ahora comisaría, con más de treinta piezas –entre las cuales el famoso vestido de la boda de Lola Flores con el Pescaílla–, revistas, fotografías, películas, carteles y figurines, en una puesta en escena que juega con las luces y los tejidos, y que obliga a caminar por unos pasillos que recuerdan una pasarela de moda por donde desfilan las décadas.
Bastida creció entre géneros. Podría parecer que todo estaba listo para que acabara convertida en la modista de éxito en la que se convirtió: al fin y al cabo, su padre tenía un bazar de sastrería en el paseo de Gracia que hacía llegar a Barcelona las novedades de París y Londres. Pero él “no quería que su hija fuera modista”, explica el historiador Josep Casamartina, de la Fundación Antoni de Montpalau, que ha cedido ocho piezas a la retrospectiva.
Así que Bastida tuvo que esperar a casarse para dedicarse a ello: en 1926 convirtió la tienda de géneros de punto de su marido, Marcelino Mases, en una modistería. Ocho años después ya estaba en el número 96 del paseo de Gracia, en el antiguo piso de Ramon Casas y encima de la famosa tienda Vinçon. Y abría casa en Madrid. Y de Madrid al cielo: fue esencial en la llamada internacionalización de la moda española, derivada del descongelamiento de las relaciones de la dictadura con los Estados Unidos. Bastida no dejaría atrás la alta costura hasta 1970, después de que Hacienda creara un impuesto de lujo para las casas de moda que presentaban colecciones con modelos: “[La alta costura] Ya no es posible. O, si es posible, no la quiero para mí”, dijo.
La creadora de un emporio
“Bastida fue una crack como empresaria: tocó todas las teclas”, afirma la diseñadora Teresa Helbig, quien también explica que su madre se nutrió mucho del espíritu de independencia de la modista barcelonesa. La exposición destaca esta doble vertiente de Bastida. “No solo fue una figura creativa, sino que también fue una empresaria de éxito, capaz de crear todo un emporio”, asegura la comisaria Ballarín.
Su clientela eran mujeres de la aristocracia y la alta sociedad, con un armario por horas: traje sastre por la mañana, vestido de cóctel al atardecer, vestido de fiesta por la noche. Pero ni siquiera ellas elegían mucho. Charles Frederick Worth, considerado el padre de la alta costura, lo explicó sin rodeos a finales del XIX. Cuando F. Adolphus le preguntó si las mujeres a las que vestía reivindicaban el derecho a inventar y elegir, dijo:
–¿Elegir? Sí, pero solo entre mis propuestas. Y muy pocas lo hacen: la mayoría me dejan hacer. ¿Inventar? No. No quiero que la gente invente; si lo hiciera, perdería la mitad del negocio.
Del vestido de la aristócrata, la moda bajaba al resto. Es lo que los teóricos denominan trickle-down (efecto de goteo) desde que el sociólogo Georg Simmel lo describió en 1905: la élite copia a París, la burguesía copia a la élite y, cuando las clases medias la alcanzan, la élite vuelve a cambiar de vestido. Asunción Bastida entendió la relevancia de controlar este goteo, y en 1952 lanzó una revista propia, Boletín de la Moda, que durante veinte años acercó sus figurines a los hogares españoles.
Esta dinámica social-estética se prolongó en el país. Mientras que en el resto de Europa la moda ya la impulsaban las nuevas técnicas y las reivindicaciones obreras y feministas, el franquismo y la autarquía hicieron que “la sólida pirámide social continuara imponiendo el devenir de la estética”, escribe la periodista Leticia García en Batallón de modistillas (Carpe Noctem, 2022). (Sí, Batallón de modistillas es también el cuplé que canta Penélope Cruz en La bola negra.)
Una pieza clave de aquella pirámide fue la Cooperativa de la Alta Costura Española, creada en Barcelona en 1940 dentro del aparato sindical del régimen y a imagen de la Chambre Syndicale parisina. Bastida fue socia fundadora: la única mujer entre los llamados “cinco grandes”, con Pedro Rodríguez, Manuel Pertegaz, Santa Eulalia y El Dique Flotante. El efecto de goteo actuaba también en los salones de la moda de la Cooperativa: las modistas de provincias asistían a los desfiles, que se hacían primero en Barcelona y después en Madrid, y llevaban las nuevas tendencias hasta sus ciudades y llegaban a todavía más público.
Que la Cooperativa naciera en Barcelona no fue casual: Cataluña concentraba desde comienzos de siglo el 80% de la producción de algodón de España. Pero la autarquía no impuso la producción nacional de tejidos solo para regular su calidad, sino también para controlar la propuesta estética, explica Lydia Garcia, directora de la colección López-Trabado, que también ha cedido piezas a la retrospectiva y que comisarió en 2019 una exposición sobre la Cooperativa. El régimen quería crear “una moda nacional que no dependiera tanto del criterio mundial”, es decir, de Francia. La realidad, sin embargo, era otra: “Si pones los vestidos de Bastida al lado de L’Officiel, la revista de la Chambre Syndicale parisina, ves que siguen sus pautas. Por encima estaba el gusto de la clienta, y lo que quería la clienta era ser la mejor vestida”, continúa.
Una idea de feminidad
Y mejor vestida quería decir a la francesa. De hecho, Bastida fue la única diseñadora autorizada por Christian Dior para reproducir sus modelos y venderlos en España con su etiqueta. Esto no quiere decir, sin embargo, que ella le tuviera reverencia. Solo hace falta leer la entrevista que le hizo Manuel del Arco en 1954, que comienza con un chiste un poco arriesgado, teniendo en cuenta que solo habían pasado nueve años: “Christian Dior ha lanzado la línea H desde París y ha sido la bomba”. Mientras la crítica debatía si la hache de la línea Dior era de heavenly –celestial–, de horrid –horrible– o de haricot vert –judía verde, por lo que tenía de recta y plana–, Bastida manifestaba firmemente su rechazo: por “seca y dura” y “por falta de coquetería y de feminidad”. Y todavía continuaba: “Si se impusiera la línea H, todas las mujeres serían iguales, cuando lo que la mujer se propone es ser diferente y destacar su personalidad; lo contrario es ponerse una funda”. Una vaina, exactamente.
“A Bastida le gustaba el cuerpo femenino”, afirma Casamartina. Y actuaba en consecuencia: cinturas estrechas, volumen en las caderas, pecho realzado. Una línea “más italiana”, en las antípodas del “etéreo” Pertegaz o de un Balenciaga “más geométrico y abstracto”, continúa. De Bastida, destaca lo que tienen de “estructurado” sus vestidos, el trabajo de los escotes y las espaldas y, sin duda, los bordados, en los cuales destaca la pieza gris perlada con la que se casó Lola Flores. Y también una de sus grandes aportaciones: llevar a los vestidos de noche “materiales de día”, el algodón y sobre todo el lino, allí donde hasta entonces solo llegaba la seda; como el vestido azul de lino con unos bordados de algodón de inspiración modernista que se puede ver en la muestra. En 1947 la modista incluyó bikinis en la colección de verano, solo un año después de que la pieza se presentara en Francia. El franquismo no autorizó su uso hasta 1953.
“La moda es muy política –dice Lydia Garcia–, y uno de los grandes errores que hemos cometido como país es no darle la importancia que tiene”. Uno de los motivos de la falta de libros, tesis y materiales en general sobre la moda española, asegura Garcia, son las dificultades del país a la hora de abordar el pasado franquista. Al fin y al cabo, el emporio de Bastida prosperó en una dictadura. Pero España no es la única que no ha sabido cómo enfrentarse a ello. “Los franceses han escondido bajo la alfombra la colaboración de la Chambre Syndicale con el nazismo durante la ocupación”, explica. Garcia, sin embargo, insiste en un segundo factor. La moda ha quedado dentro del considerado universo femenino y se ha entendido a menudo como una obligación del hogar, y no como un objeto de estudio.
Bastida lo vio desde dentro. Cuando Del Arco le preguntó si había armonía entre los cinco grandes, respondió:
–Debería haber más…
–¿Qué pasa?
–Que, como soy la única mujer entre ellos, no me han comprendido.
La retrospectiva “es un acto de justicia poética”, afirma Ballarín: contra el olvido de Bastida, de su contexto y de las mujeres de su alrededor. La comisaria ha seguido una por una a las maniquíes de Bastida, entre las cuales están Laura Valenzuela, Pilar Bardem, Alicia Borrás y la misma Viky Ballarín. Ahora constan con nombre y apellidos en las imágenes y en una de las paredes de la exposición. En un ejercicio que entiende como una reivindicación de la memoria femenina, Ballarín tiene una recomendación que hacer: abrir los armarios con las madres, tías, abuelas, para que nos expliquen la historia detrás de cada objeto. Un trabajo que no solo está a nuestro alcance, sino que, asegura, también nos corresponde a todos.