La autonomía estratégica como oportunidad competitiva
La potencia económica y la capacidad reguladora son los puntos fuertes de la UE
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Los desafíos de Putin, Trump y Xi han llevado a Europa –incluyendo al Reino Unido– a formular una política, que se ha llamado de “autonomía estratégica”, que tendrá consecuencias para el marco competitivo en el que se mueven nuestras empresas, las que existen y las que pueden venir.
Podríamos definir el significado de la expresión “autonomía estratégica” como la voluntad de evitar la dependencia extrema de Europa de productos y servicios producidos por empresas no europeas, de importancia crítica para la soberanía política y no sustituibles a un coste moderado. Esta dependencia extrema es hoy muy real en ámbitos tan decisivos como la energía (gas), los servicios digitales (piensen en los de la seguridad) y la defensa. La situación es tan desfavorable que se hace evidente que en muchos casos solo podemos aspirar a mejorar nuestra posición de partida en negociaciones internacionales, ya que el resultado de estas negociaciones depende de lo que tengamos que ofrecer, pero también del sufrimiento que comporta el desacuerdo.
Más allá de marcar una línea, ¿qué puede hacer la UE para promover la autonomía estratégica? Pues puede utilizar dos instrumentos: la potencia económica y la capacidad reguladora.
Con respecto a la potencia económica, todo apunta a que las negociaciones de las próximas semanas y meses en el Consejo Europeo (y el Parlamento) sobre el presupuesto de la Comisión Europea para el periodo 2028-34 serán decepcionantes. Será poco más que el del 2021-27 más inflación. La emisión de deuda del Next Generation no se repetirá. Es más, la deuda se querrá reducir a cero.
En definitiva: la Comisión no será un motor económico directo, por más que se mantendrán unos niveles que, en el caso de Cataluña, tanto en lo que respecta al sector público como al privado, han sido transformadores. Hemos sabido competir bien por la financiación europea y, en parte por este flujo, hemos llegado a un punto en el que empresas y centros de investigación y de innovación están preparados para el próximo salto adelante. Pero debemos saber que no podremos darlo si solo pensamos en términos de atracción de fondos europeos.
La Comisión es consciente de sus límites, y de manera natural basculará su peso político hacia la capacidad de regular y desregular. Es previsible que el activismo en política industrial aumente en múltiples direcciones. El programa está hecho en los informes Letta y Draghi, que se irán implementando a un ritmo, ay de nosotros, demasiado pausado. Muchas medidas afectarán a las oportunidades competitivas de nuestras empresas, por ejemplo en la compra pública innovadora. Sobre este punto, una aclaración: si la Comisión propone convertirlo en un elemento dinamizador de la tecnología europea lo hará en primera instancia en el contexto de una aspiración a impulsar un gran mercado europeo, y solo en segunda instancia en el contexto de la política regional. Para abastecernos localmente competiremos un poco menos con empresas americanas y chinas, pero competiremos en plano de igualdad –aquí, en Alemania o en Suecia– con empresas alemanas o suecas.
Nuestras empresas –empresas emergentes o consolidadas– deben afilar su destreza competitiva en los mercados que pueda abrir la política de autonomía estratégica. Un aspecto clave, sin embargo, es que la autonomía estratégica es en gran medida una cuestión de tecnologías avanzadas, en cuyo desarrollo juegan un papel importante las instituciones públicas (universidades, centros de investigación), que van cortas de flexibilidad. No deben ir así si pretendemos que se generen las licencias, las empresas emergentes y los acuerdos de asesoramiento que permitan aprender, reproducir y también liderar las mejores experiencias europeas. En definitiva, competir bien. Ojalá las autoridades públicas sepan proveerlas de los márgenes de flexibilidad necesarios.
Acabo con una consideración más genérica. El grado de autonomía estratégica al cual Europa puede aspirar –con realismo– depende también del mundo en el que anticipemos que tendremos que vivir. No es lo mismo si pensamos que Putin-Trump-Xi son fenómenos transitorios que si no. Los espléndidos resultados de las elecciones de mitad de mandato en los EE. UU. nos dan un respiro, pero podrían relajarnos más de la cuenta. Sería un error. Europa no debe actuar como si fuera imposible que dentro de 20 años otro Trump sea presidente. Ha pasado una vez. Que nos volviera a pasar por sorpresa y poco preparados sería imperdonable.