Que dure para siempre el Cine Maldà
Hoy en día programan exactamente una quincena de títulos semanales y también dan cabida a festivales y certámenes
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Entre todas las instituciones barcelonesas auténticas que todavía aguantan la embestida del tiempo, el Cine Maldà es sin duda una de las imprescindibles. Su mera existencia es, en sí misma, un pequeño milagro. En el corazón de Ciutat Vella, en la calle del Pi número 5, aguanta como un menhir indestructible los vaivenes inexorables de la gentrificación, el turismo desbocado y la destrucción del vecindario. El único cine del centro neurálgico de Barcelona. Se dice pronto. El Comèdia cerró hace un par de años y el Aribau y el Renoir Floridablanca son los únicos que le acompañan en su radio de influencia. Y la Filmoteca, claro, pero juega en otra liga.
Xavi Escrivà es su gerente y programador. Hace treinta y ocho años que empezó a trabajar allí y estima las viejas paredes del Palacio Maldà como si fueran su casa. Con él visitamos la sala, la taquilla y la cabina de proyección, hoy 100% digitalizada pero todavía con un cierto aroma a cine antiguo, a sala de barrio, con el viejo proyector de 35 milímetros conservado como si fuera un pequeño museo. De hecho, es el único cine de la ciudad que ofrece sesión continua, es decir, la opción de pagar una entrada para ver las cuatro películas diferentes que proyecta. La memoria de los más mayores seguro que se va hasta los programas dobles y triples que los cines de barrio hacían en los años de su infancia. Estos cines ya no existen; ya solo son un recuerdo.
Una cola más que razonable sube por la emblemática escalera de piedra que tienes que subir para acceder a la sala desde la calle. Son espectadores de martes, el día de la iniciativa del Cine Sénior en la que los mayores de 65 años pagan dos euros. Una más de las numerosas estrategias de fidelización que el Maldà ha adoptado para marcar perfil propio, para que no se lo comieran las multisalas: “Somos solo una sala, pero ofrecemos una oferta de filmes tan amplia que parecemos unas multisalas”, explica Xavi. De hecho, combinan los segundos estrenos –las películas que en el Maldà tienen una segunda oportunidad semanas después del estreno– con estrenos absolutos de filmes de autor que, por falta de espacio, no encuentran encaje dentro de la programación de cines como el Verdi o el Renoir. Ahora esperan con muchas ganas poder programar El ser querido y La bola negra, dos de los fenómenos del momento.
La historia del Maldà es larga y fecunda. Nació en 1945 y durante los años setenta y ochenta se especializó en el cine de arte y ensayo. Integrada dentro del muy recordado Cercle A –fundado entre otros por Jaume Figueras– ganó una gran personalidad y mucha estima popular. ¿Estreno sonado? Pues, por ejemplo, Ocaña, retrat intermitent, de Ventura Pons. Xavi entró a trabajar muy joven, para cortar entradas; después empezó a participar en la programación, y hasta hoy. El trayecto ha sido largo, con mucho sacrificio, mucho trabajo duro y toneladas de ilusión.
Entre 2004 y 2007 estuvo cerrado debido a unas largas –y muy pesadas– reformas: adaptación de la sala, ascensor, salida de emergencia... Un empresario indio se hizo cargo para programar allí cine de Bollywood, pero el invento no cuajó y los hermanos Vilallonga, propietarios del edificio, volvieron a contactar con Xavi para recomenzar el proyecto. Ha llovido mucho desde aquel joven que trabajaba en el vecino Muebles Maldà y se enamoró del cine diferente que se programaba en aquel templo de la cinefilia.
Hoy programan nada menos que una quincena de títulos semanales y también dan cabida a festivales y certámenes que enriquecen la personalidad de agente cultural, divulgador de nuevas tendencias, de juventud, de riesgo. Tienen el apoyo fundamental de Europa Cinemas, del programa Media, de los patrones del cine y, sobre todo, del público fiel que viene de toda la ciudad y también de los alrededores. “Cada año, al final, valoramos si continuamos o no”, explica Xavi. Pero siempre encuentran motivos para continuar. Qué suerte y qué privilegio para Barcelona tener el Maldà. Qué suerte tenemos los cinéfilos de tenerlo como compañero de viaje. Que dure para siempre.