Los nuevos 'tigres asiáticos' toman el relevo del crecimiento global
Con inversiones extranjeras masivas, mano de obra joven y oportunidades en IA y energías verdes, Vietnam, Indonesia y Filipinas crecen a ritmos del 6% al 8% anual
TokioA finales del siglo pasado y las dos primeras décadas del presente, el relato del crecimiento asiático ha estado dominado por nombres como Japón, Corea del Sur, Taiwán o Singapur, y más recientemente por China. Sin embargo, hoy el centro de gravedad económico del continente se desplaza hacia el sudeste asiático: Vietnam, Indonesia y Filipinas encabezan una nueva ola de crecimiento sostenido, impulsados por una combinación de capital extranjero, mano de obra joven y una integración cada vez más profunda en las cadenas globales de producción.
A diferencia de los antiguos tigres asiáticos, el ascenso de estos países no responde sólo a la industrialización intensiva oa la exportación de manufacturas baratas. La nueva dinámica está marcada por la reubicación de empresas que buscan reducir la dependencia de China, por la apuesta creciente por sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores de gama media o las energías renovables, y por una geopolítica cada vez más tensa entre Washington y Pekín que convierte al sudeste asiático en un espacio clave de competencia económica y estratégica.
Vietnam se ha consolidado en pocos años como uno de los principales beneficiarios de la reconfiguración industrial global. Con un crecimiento del PIB en torno al 7% anual y una política activa de atracción de inversión extranjera, el país se ha convertido en una pieza clave de la estrategia conocida como China plus one. Multinacionales de la electrónica, textil y automoción han deslocalizado parte de la producción hacia territorio vietnamita. Lo hacen aprovechando una mano de obra joven, relativamente calificada y con costes aún competitivos.
Este éxito, sin embargo, también plantea retos estructurales. Las infraestructuras logísticas y energéticas siguen siendo limitadas en algunas regiones, y el modelo exportador hace al país vulnerable a las oscilaciones de la demanda global. Al mismo tiempo, el gobierno intenta avanzar hacia actividades de mayor valor añadido –como el diseño industrial, el software o la fabricación avanzada– para evitar quedar atrapado en una especialización basada sólo en bajos salarios.
Indonesia, la primera economía del sudeste asiático, juega una partida diferente. Con más de 270 millones de habitantes, combina un fuerte mercado interno con una posición estratégica en sectores clave para la transición energética. El país concentra algunas de las mayores reservas de níquel del mundo, un mineral esencial para la fabricación de baterías de vehículos eléctricos, lo que ha atraído inversiones chinas, surcoreanas y europeas en toda la cadena de valor.
El gobierno indonesio ha apostado por romper con el papel tradicional de exportador de materias primas y fomentar la industrialización local, incluso limitando la exportación de minerales en bruto. Esta estrategia ha impulsado el crecimiento, situado en torno al 5-6%, pero también ha abierto un escenario de tensiones crecientes: riesgos ambientales, conflictos sociales y una dependencia cada vez mayor de las grandes potencias industriales que compiten por asegurarse el acceso a recursos críticos.
Filipinas, por su parte, se han especializado en una economía menos industrial pero cada vez más digital. Con una población muy joven y un uso generalizado del inglés, el país se ha convertido en un polo relevante de servicios externalizados, tecnología de la información y economía del conocimiento. El crecimiento del PIB supera el 6% anual, impulsado por el consumo interno, las remesas del exterior y la expansión del sector servicios.
Sin embargo, la economía filipina sigue mostrando fragilidades estructurales: la dependencia del sector servicios, la debilidad de la base industrial y las carencias en infraestructuras limitan el potencial a largo plazo. Al mismo tiempo, la apuesta reciente por la digitalización, las start-ups tecnológicas y la aplicación de la inteligencia artificial abre una ventana de oportunidad para que el país diversifique su modelo y gane peso en las cadenas globales de valor.
El ascenso de los nuevos tigres asiáticos abre un nuevo escenario para las empresas europeas, en un momento marcado por la pérdida de competitividad industrial, el encarecimiento energético y la necesidad de diversificar cadenas de suministro. Vietnam, Indonesia y Filipinas emergen como alternativas parciales a la dependencia de China, tanto para la producción industrial como para el acceso a mercados con un fuerte potencial de crecimiento. Para sectores como la automoción, la electrónica, las renovables o la industria auxiliar, el sudeste asiático forma ya parte de las decisiones estratégicas a medio plazo.
A diferencia de fases anteriores de globalización, sin embargo, estos países ya no aspiran sólo a captar fábricas o subcontratación de bajo valor añadido: requieren inversiones a largo plazo, transferencia tecnológica y presencia en segmentos de mayor valor añadido. Para las empresas europeas, esto implica competir con capitales chinos y estadounidenses muy agresivos, adaptarse a marcos reguladores cambiantes y asumir que el sudeste asiático se ha convertido en un actor con capacidad de negociación propia.
Equilibrios con EE.UU. y China
Pero, más allá de la economía, la emergencia de los nuevos tigres asiáticos tiene una dimensión claramente geopolítica. Vietnam, Indonesia y Filipinas intentan mantener un equilibrio delicado entre Estados Unidos y China, para maximizar beneficios económicos sin quedar atrapados en una lógica de bloques. Esta ambigüedad calculada les permite captar inversiones de ambos lados, pero también los expone a crecientes presiones en materia comercial, tecnológica y estratégica.
Este equilibrio estratégico, sin embargo, es frágil y lleno de matices. Desde Filipinas, Francisco Moreno, CEO de Ibarra Watches, advierte que la rivalidad entre Estados Unidos y China es "un arma de doble filo" para países como el suyo. "Las relaciones con Washington son claves para la seguridad nacional, mientras que Pekín es esencial para la seguridad económica", explica. Según Moreno, la tensión entre ambas potencias ha abierto oportunidades a través de la estrategia China plus onepero esto no garantiza que todos los países del sudeste asiático puedan aprovecharlas en igualdad de condiciones.
En el caso filipino, apunta, el déficit de infraestructuras, los costes energéticos elevados, la inestabilidad del suministro eléctrico y problemas estructurales como la corrupción dificultan competir con vecinos como Vietnam o Indonesia. Moreno defiende que el gran reto es abandonar un modelo basado en "victorias rápidas", como los servicios externalizados o el turismo, y apostar por la creación de valor añadido, el conocimiento y el diseño. "No podemos competir sólo con salarios bajos; es necesario construir una cultura de creadores y capturar valor real en el mercado global", resume.
El sudeste asiático se consolida así como uno de los principales campos de batalla económicos del siglo XXI: clave para la industria, la transición energética y la innovación, pero vulnerable a tensiones comerciales, desigualdades sociales y riesgos climáticos. En este nuevo mapa global, los nuevos tigres ya no son economías emergentes en espera de su momento, sino actores centrales del crecimiento mundial. La incógnita es si Europa sabrá leer a tiempo ese desplazamiento del centro de gravedad del crecimiento mundial.