La alta velocidad tampoco
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El caos de Rodalies es un descalabro enquistado. Las promesas de mejora se eternizan. La realidad de los retrasos, accidentes y averías persiste. Las incidencias son diarias, un infierno para los usuarios. Los últimos episodios de lluvia han vuelto a evidenciar, una vez más, la precariedad de un servicio que tiene la credibilidad por los suelos. Y la huelga encubierta de los maquinistas no ha hecho sino agravar todavía más la situación. Miles de ciudadanos viven desde hace tiempo, mucho tiempo, un desastre cotidiano.
Son muchos años de retrasos e ineficacia. De abandono. De hecho, una de las chispas que encendieron el Procés fue precisamente el desastre de los trenes de cercanías: aquella indignación que la gente fue incubando a principios del siglo XXI terminó tomando forma política. Dos décadas después, con un país que ha crecido mucho en población y que ha continuado falto de inversiones y de mantenimiento, las infraestructuras ferroviarias de Rodalies apenas ahora empiezan a ser objeto de presupuestos y de inicio de algunas obras. Pero la mejora tardará años y la gestión del servicio, con Renfe y Adif culpándose siempre la una a la otra, no muestra señales de un cambio real. De momento el Gobierno ha asumido unas competencias más nominales que reales.
Todo esto con Rodalies. Pero es que la alta velocidad, que supuestamente debía mostrar una España moderna, y por descontado radial, también ha resultado un fiasco en lo que respecta al mantenimiento, así como en lo que respecta al volumen de usuarios y rentabilidad. El gravísimo accidente de Adamuz de principios de este año, en la línea Madrid-Sevilla, con más de 50 muertos, destapó el agujero negro del mal mantenimiento. Este fin de semana hemos visto un convoy incendiado en Aragón, en la línea Madrid-Barcelona, afortunadamente sin víctimas. Cuesta digerir ver un tren en llamas: inspira muy poca confianza y por descontado genera mucha inseguridad. De hecho, no se han indicado las causas del incendio, como tampoco se han terminado de aclarar del todo las del drama de Adamuz.
Cercanías como medio prioritario de transporte en el ámbito local y regional, y la alta velocidad como alternativa al avión, debería ser una realidad consolidada, rápida y segura. Eficaz y fiable. Estamos muy lejos de este ideal de transporte colectivo sobre raíles, que propicia el ahorro energético y que es respetuoso con el medio ambiente. También estamos muy lejos de los niveles europeos de transporte de mercancías por tren. Por supuesto, el corredor mediterráneo, desde la frontera con Francia hasta Murcia, sigue siendo la eterna asignatura pendiente. ¿Cómo puede ser que después de tantos años todavía estemos así? Ni Cercanías ni alta velocidad ni mercancías. Nada funciona bien. Es desesperante.
La desafección ciudadana con los poderes públicos tiene mucho que ver con carencias tan evidentes y habituales como la del transporte ferroviario. Con toda la razón, a los ciudadanos les cuesta entender una ineficacia tan probada, tan duramente vivida y tan persistente. Tenemos derecho a imaginar –y a exigir– algo tan sencillo como un país donde los trenes, todos los trenes, funcionen con puntualidad.