¿Qué nos da seguridad en un mundo incierto?
El contexto no es muy tranquilizador. Casi ninguna de las certezas que teníamos hace una década se mantiene en pie. Rusia ya no es un socio energético fiable para Europa sino un enemigo que pretende apoderarse de Ucrania y pone a prueba a países europeos con drones, ciberataques, intervencionismo electoral y provocaciones fronterizas. Los Estados Unidos de Donald Trump ya no son un aliado seguro y, a pesar de los tratados firmados, no está claro que acudieran al rescate de los europeos en un potencial ataque ruso; más bien podrían apoyarlo, de la misma manera que no han acudido tampoco al rescate de sus aliados del Golfo. China no es la fábrica barata del mundo sino una competencia industrial y tecnológica que seca el tejido productivo del continente europeo. La crisis climática se está acelerando con una subida más rápida de la temperatura de lo que estaba previsto, pero en cambio hay una bajada de la conciencia y de las acciones de los gobiernos para detenerla. La revolución tecnológica de la inteligencia artificial tiene una capacidad impensable para mejorar el mundo y también para destrozarlo. La desigualdad ha aumentado, la ideología fascista también, y los organismos multilaterales y humanitarios están en retroceso en todas partes, lo cual provoca aún más crisis.
Ante todo esto, ¿cómo nos podemos defender? ¿Qué es lo que nos da más seguridad? ¿Tiene sentido el repunte militarista que vivimos? Son preguntas fundamentales que hay que hacerse porque las respuestas no son obvias. El dosier de esta semana, y las jornadas de Enfoquem del lunes y martes que organiza el ARA, ponen el foco en ello de la mano de diversos expertos. Para unos, está claro que el viejo dicho de "si quieres la paz prepárate para la guerra" sigue siendo válido y que hay que invertir aún mucho más en defensa para provocar un efecto disuasorio que impida los ataques. Para otros, lo que funciona es el "efecto arma", y este incremento de armamento es un incentivo para usarlo porque la exhibición de violencia provoca más violencia.
Es cierto que durante demasiados años Europa ha delegado su defensa en los Estados Unidos y que, ahora que estos se retiran, debe correr para recuperar su capacidad de ser autosuficiente en el terreno militar. Lo que ocurre, sin embargo, es que para hacerlo los estados deben realizar unas inversiones millonarias con un dinero que debe desviarse de otras partidas, especialmente del escudo social que ha dado sentido a la misma Europa, y que ya hace años que sufre una crisis que ha desembocado en estallidos sociales como los que vemos en Francia o Italia. Hay que ver si el estado del bienestar, tal como lo conocemos, podrá aguantar en este nuevo mundo. Y cómo se puede hacer compatible esta fuerte inversión en defensa con la que también se necesita en materia tecnológica, un campo en el que también somos dependientes del socio americano, quizás de una manera más sutil pero más peligrosa. Harán falta decisiones valientes, posiblemente algunos sacrificios y la resistencia ciudadana para mantener unos valores centrados en la sostenibilidad, la lucha contra la desigualdad social y la defensa de la democracia, que, aunque imperfecta, nos define. Pero sin ingenuidades. Como dicen los científicos climáticos, lo que está claro es que nada volverá a ser como era antes y que lo que necesitamos es prepararnos para ser resilientes ante lo que sobrevendrá. Y esto vale para el clima y vale para todo.