Qué está pasando con la salud mental?
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El sistema público catalán de salud mental, sobre todo para jóvenes y adolescentes, está muy tensionado. No es un consuelo que, respecto al resto del Estado, Cataluña esté mejor en este campo asistencial. No lo es porque igualmente los profesionales, que en los últimos meses han lanzado diversas alarmas en forma de informes y manifiestos, no dan abasto. Y las familias tienen que soportar largas listas de espera o, si pueden, optar por la atención privada –una visita con un psicólogo o un psiquiatra cuesta de 50 a 120 euros–. A pesar de que la Generalitat haya destinado más recursos en los últimos años, las carencias siguen siendo notorias.
El hecho de que buena parte de la atención esté externalizada a cargo de una gran variedad de entidades dificulta la integración, la coordinación y la planificación. Las entidades prestadoras a menudo compiten entre sí. Tanto los profesionales como la propia administración son conscientes de que no es viable hacerlo todo directamente desde el sector público, pero piden clarificar el mapa y seguir añadiendo recursos. Sobre todo faltan profesionales especializados, primordialmente psicólogos clínicos. Mejorar la información compartida sobre los pacientes es otro objetivo imprescindible.
En el diario de hoy explicamos algunos casos graves y tristes. Es verdad que si un menor tiene un trastorno mental grave probablemente será visitado rápidamente en un CSMIJ –centro de salud mental infantil y juvenil– y será atendido correctamente al inicio, en la fase aguda. Para los casos graves existen los hospitales de día y las unidades de subagudos, con 110 camas de agudos y 67 de subagudos. Los que consiguen entrar son bien atendidos. El seguimiento, sin embargo, se irá relajando. Sobre todo cuando el menor deje de serlo. Cuando toca independizarse y entrar en el mundo laboral, la situación se vuelve a complicar.
En todo caso, cuando realmente falla el sistema es a la hora de hacer un abordaje de estas cuestiones antes de que lleguen a ser graves. Falla la atención de base. Los CSMIJ están desbordados: el objetivo de rebajar la media de espera de 90 a 45 días ha propiciado que se hagan visitas más rápidas y de menos calidad, cuando los procesos psicoterapéuticos son complejos. La medicalización es la salida rápida. De hecho, la síndica de agravios alertó en el informe de 2024 que la prescripción de antidepresivos a menores de 15 años se había triplicado en Cataluña en tres años.
¿Cuál es el cambio social que hay detrás del auge de problemas con la salud mental infantil y juvenil? La pandemia terminó de abrir el tapón. En el trasfondo está la precariedad económica de muchas familias, el duelo migratorio, las dificultades de acceso a la vivienda, el abuso de pantallas y redes sociales, unas infancias y adolescencias sin límites bien establecidos, la presión a los menores para que tengan éxito y sean felices, la falta de tolerancia social a los malestares, la crisis educativa... Y a todo ello hay que añadir un elemento positivo: la desestigmatización de las enfermedades mentales, algo que ha hecho aflorar casos que antes quedaban ocultos.
La salud mental infantil y adolescente es hoy un problema social grave, en crecimiento, que hay que abordar de forma seria y prioritaria.