PP y Vox: la campaña más burda
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BarcelonaPoco tiempo después del anuncio de la convocatoria electoral, las redes sociales del PP hicieron circular un vídeo en el que se veía al ministro Óscar Puente retorciéndose de dolor después de romperse una pierna. Y las Nuevas Generaciones, uno en el que se veían inmigrantes en Ceuta con el lema: "O ellos o nosotros". Eran dos muestras de por dónde piensa llevar la campaña el partido que aspira a gobernar España. También el mismo día, Isabel Díaz Ayuso y Vox pidieron a sus electores que no se les ocurra votar por correo, y sembraron así la duda sobre si el gobierno actual está preparando un pucherazo. Este es un espantapájaros que la derecha ya hace tiempo que agita, con la idea de dibujar a Pedro Sánchez como un aspirante a dictador.
De hecho, la convocatoria electoral en sí ha sorprendido a muchos de los portavoces mediáticos de la derecha, que hacía tiempo que pronosticaban que Sánchez alargaría al máximo los plazos para celebrar las elecciones y que, en el peor de los casos, buscaría una excusa para no adelantarlas. Como esto obviamente no ha pasado, ahora el objetivo de la derecha es hacer creer primero que el sistema de recuento de votos por correo español no es confiable porque el malvado Sánchez, que controla la empresa pública de Correos, lo puede manipular; y segundo, que el gobierno español ha aprobado la llamada ley de nietos para alterar el censo electoral y añadir los votos de los descendientes de los republicanos españoles exiliados y así ganar votantes.
En realidad ni una cosa ni la otra se sostiene mínimamente. El voto por correo es físicamente imposible de manipular en una empresa con 40.000 trabajadores. De hecho, por eso ahora el PP está intentando recoger cable. Y el impacto de la ley de nietos es mínimo, porque se trata de un colectivo que vota muy poco. Pero eso les da igual, porque de lo que se trata no es de denunciar unas posibles irregularidades, sino de crear un ambiente tan irrespirable, tan de alta tensión, que haga inevitable una victoria holgada de la derecha el próximo 29 de noviembre. Una vez más, sin embargo, están jugando con fuego, porque desacreditar a las instituciones y la confianza en el sistema se les puede acabar volviendo en contra como un bumerán si desemboca en un estallido social o en la aparición de nuevos partidos populistas.
En cualquier caso, lo que también se adivina detrás de esta estrategia es un cierto nerviosismo ahora que ha llegado la hora de la verdad, en la que seguro que pesa, y mucho, el fantasma de las elecciones de 2023, cuando Sánchez consiguió sobrevivir contra todo pronóstico. Si tienes que jugar tan sucio y caer tan bajo, es que no las tienes todas contigo; por tanto, es un signo de debilidad. Lo que nos espera será, con toda seguridad, la campaña más dura y zafia de la historia democrática española, porque se sobrepasarán todos los límites para llegar al día 29 en un clima de máxima tensión guerracivilista. Es una auténtica irresponsabilidad que acabaremos pagando todos. Pero por algún motivo parece que la derecha española piensa que no tiene ninguna otra manera de llegar al poder.