La soledad, un problema silenciado

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Contra la soledad (no deseada)
17/10/2026 - 20:02 h

Se habla poco de la soledad no deseada. Tenemos tantos problemas sociales de gran magnitud –la vivienda, la crisis educativa, la pobreza cronificada, la salud mental...– que la soledad no deseada, que es poco evidente a primera vista, no genera alarma. Pero en el mundo que hemos construido es un malestar creciente: cada vez más gente, de toda condición social y edad, de entornos urbanos y rurales, vive el trauma del aislamiento social. Incluso personas que no lo diríamos nunca. No afecta, como muchos se piensan, solo y sobre todo a la gente mayor. Afecta también, y cada vez más, a niños, adolescentes y jóvenes; y afecta también a adultos que aparentemente desarrollan una vida convencional. Esta dura realidad está bien documentada y es conocida, pero no recibe suficiente atención ni mediática ni de acompañamiento profesional. De manera que no está en la lista de prioridades sociales. Claramente falta conciencia de la gravedad que supone.

A las puertas de la Semana Contra la Soledad No Deseada, organizada por tercer año por Sant Joan de Déu Solidaritat, en el diario nos hemos querido ocupar de la cuestión a través de un colectivo la realidad del cual se ha situado siempre en el centro del debate político, demasiadas veces lejos de la ponderación y la mirada humanitaria que sería necesaria: los inmigrantes. Pero esta vez no queremos entrar a hacer un análisis político, económico, cultural o legal. Queremos, sencillamente, dar voz a historias de soledad no deseada de inmigrantes, que al tratarse de personas con trayectorias vitales durísimas, con problemas acumulados, muchas veces rozando la subsistencia, adquieren todavía un dramatismo superior. Son historias de personas que han conseguido salir de la soledad. No sin esfuerzo ni sacrificios, y en muchos casos gracias a la intervención de entidades y personas que les han ayudado en la acogida.

La soledad no deseada, claro está, como cualquier otra disfunción psicológica y social, pide apoyo profesional y, como resulta obvio en este caso, pide complicidad comunitaria, cívica. No en vano, el ser humano es, en esencia, un animal social. Nuestro progreso como especie ha sido colaborativo. Sin duda, hay personas que pueden escoger la soledad, pero la inmensa mayoría tiene –tenemos– necesidad de contacto con los demás, de interacción, de empatía, de apoyo afectivo. Sobre todo en las edades tempranas y en la vejez. La digitalización puede suplir, en parte, el contacto directo. Pero no es lo mismo. Y a menudo también aísla. De ahí que la presencialidad vuelva a ser reivindicada con fuerza en la vida cultural, social y laboral.

Las sociedades ricas en asociacionismo son las que combaten mejor la soledad no deseada, que está convirtiéndose en una auténtica emergencia global, con un impacto directo sobre el bienestar emocional y la salud física de millones de personas en todo el mundo. También en nuestra casa. Seguramente, y quizás sin saberlo, de vecinos, compañeros de trabajo o personas que tenemos muy cerca: en el conjunto del Estado, se calcula que un 20% de la población la padece. Así pues, resulta imprescindible que colectivamente tomemos conciencia de este fenómeno para prevenirlo y revertirlo.

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