El tabaco, el asesino con cara amable
En el año 2024 murieron en Cataluña 67.107 personas; de estas muertes, 10.939 fueron por motivos evitables. De hecho, el 16% de las defunciones tenían el cáncer de pulmón como primera causa, y no es ningún secreto que la razón casi siempre es el tabaquismo. Todavía sigue costando que se entienda hasta qué punto el tabaco mata de manera clara y contundente. La razón es sencilla. Las grandes tabaqueras han invertido miles y miles de millones de dólares en investigación científica con el objetivo no tanto de demostrar que el tabaco no hace daño –cosa que hoy en día ya es indefendible– como de desviar la atención hacia otras posibles causas de la enfermedad. Es decir, han invertido en investigaciones que tienen otros objetivos, totalmente legítimos, como por ejemplo la genética, la contaminación o el estrés. La idea, como explica muy bien en una entrevista Robert Proctor, el científico que ayudó a condenar a las tabaqueras en los Estados Unidos, es extender la duda sobre el efecto directo del tabaco dispersando las causas y difuminando así las responsabilidades.
La estrategia, que después se ha extendido a otros sectores industriales muy rentables pero igualmente perjudiciales, como por ejemplo los combustibles fósiles o los alimentos ultraprocesados, ha funcionado. Proctor, sin embargo, alerta del engaño que esto supone. Cada cigarrillo, avisa, quita diez minutos de vida de media, y esto no es algo futurible sino una realidad. Los casos de gente centenaria que fuma son anécdotas del Libro Guinness. No cuentan.
Precisamente por eso es importante el plan de salud que acaba de presentar la Generalitat a 10 años vista. Entre sus objetivos está, precisamente, reducir el consumo de tabaco, el factor de riesgo evitable más grande, junto con el alcohol, que afecta a la salud de los catalanes. El objetivo es, con diversas medidas que aún no se han definido del todo, pasar del 20% de fumadores actual al 15% en personas mayores de 15 años y reducir hasta casi el mínimo la exposición al tabaco -también a los vapeadores, que están provocando una nueva adicción entre los más jóvenes que preocupa mucho a los expertos-. Por eso, además de las medidas restrictivas que ya se aplican y que se prevé ampliar, se confía en la ley antitabaco que ha quedado ahora encallada en el Congreso por la convocatoria de elecciones, que incluía, por ejemplo, la prohibición de fumar en las terrazas. Es una medida importante porque, según los datos que señala el mismo Proctor, cada año mueren 55.000 españoles por culpa del tabaco, y de estos unos 5.000 eran fumadores pasivos, es decir, que su muerte fue causada por respirar el humo de los demás.
Fumar, como comer ultraprocesados y alimentos ricos en azúcares y grasas, es adictivo porque provoca placer. Esto está muy estudiado. De hecho, los mismos cigarrillos llevan mucho azúcar, que es lo que hace que sea tan agradable tragarse el humo, pero esto mismo es lo que los hace tan perjudiciales para la salud. Hay una parte, claro, de voluntad individual y de responsabilidad propia, pero la administración es responsable de regular y de evitar tanto como sea posible estos daños, sobre todo cuando afectan también a terceros que no han elegido suicidarse lentamente. Y, sobre todo, es responsabilidad de las empresas que ponen en el mercado productos que son claramente tóxicos escondiendo o disimulando sus efectos nocivos.