Comer para sentirnos mejor: la relación entre alimentos y emociones
Nuestro estado de ánimo influye en lo que nos apetece comer, pero ningún alimento puede resolver por sí solo la tristeza o el estrés. Dos expertas explican cómo entender el hambre emocional y encontrar en la cocina un espacio de bienestar
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Barcelona¿Alguna vez habéis necesitado comer chocolate después de un día muy intenso? ¿O os habéis sentido reconfortados al comer aquel plato que preparaba la madre y hacía tanto tiempo que no probabais? La relación entre la comida y las emociones es profunda y tiene raíces históricas porque, en realidad, los alimentos “cumplen muchas otras funciones más allá de nutrirnos”, explica Juana Fernández, psicóloga, dietista-nutricionista y coautora del libro La cocina emocional (Temas de Hoy, 2026). “La comida puede acompañarnos, puede proporcionarnos placer, formar parte de una celebración, conectarnos con otras personas o ayudarnos momentáneamente a calmarnos”, explica. Solo hace falta recordar la magdalena de Proust y el torrente de sensaciones que desencadenaba el bocado de una sencilla magdalena al protagonista de En busca del tiempo perdido.
A pesar de esta relación tan intensa, Fernández alerta de un fenómeno más actual: la comida como parche para solucionar problemas. “No podemos utilizar los alimentos como un atajo ante los contratiempos, sino que deben ser herramientas para conocernos mejor y acompañar nuestras emociones”. Las dos expertas subrayan que están hablando del fenómeno que se conoce como hambre emocional y que hay que distinguirlo de los trastornos de la conducta alimentaria, que son enfermedades graves que necesitan tratamiento médico.
No hay alimentos milagrosos
Marta Verona, nutricionista, chef y profesora en el Basque Culinary Center, es la otra coautora del libro y explica que es importante “no divinizar ni demonizar ningún alimento”, porque si lo hacemos les estamos atribuyendo un peso que no les corresponde. “Si estoy triste, es normal que me apetezcan alimentos asociados a una recompensa rápida o al placer, como puede ser el chocolate. Puede haber un componente sensorial y emocional muy grande que es llegar a casa, sentirte en tu espacio, comer una onza de chocolate... pero eso no convierte al chocolate en un alimento milagroso ni en una solución para la tristeza”, alerta. El error, dice, “es atribuir a los alimentos la responsabilidad de solucionar o empeorar nuestro estado emocional”. Y así, cuando esté triste iré a buscar el chocolate como si fuera la solución a la tristeza. Verona recomienda un cambio de enfoque: “En lugar de pensar que el chocolate es mi manera de luchar contra la tristeza o la ansiedad, es mejor pensar que este alimento me sirve para acompañar esta emoción; así la comida deja de ser una supuesta solución” y se puede poner el foco en la gestión emocional. Fernández añade: “Tenemos que dejar de pedirle a la comida que haga un trabajo que no le corresponde”.
Para las autoras del libro lo importante es entendernos y saber por qué necesitamos o nos apetece tomar aquel alimento en aquel momento. Para ellas la “cocina emocional” es la que nos permite “entender mejor lo que nos pasa y llegar a un punto en el cual, según cómo nos sintamos, sepamos qué comer, de manera que los alimentos acompañen nuestras emociones y las podamos gestionar”.
¿Qué esconde el hambre emocional?
Fernández explica que a su consulta llegan casos de personas que tienen una gran necesidad de comer cuando experimentan ansiedad, cansancio, soledad, tristeza, rabia o sensación de vacío. “Muchas veces lo que hay detrás no es exactamente el deseo de comer, sino más bien el deseo de parar, de descansar, de sentirse acompañado o de querer desconectar... pero muchas personas han aprendido a tragarse estas emociones y malestares y la comida se convierte en una vía de expresión y regulación disponible”. Aquí es cuando hablan de “hambre emocional”, el hambre que aparece vinculada a una emoción que necesita ser regulada, acompañada o expresada. “No significa que sea un hambre falsa –matiza Fernández– y no debemos ignorarla”. “Forma parte de la experiencia humana y aparece en determinados estados emocionales. No me interesa enseñarle a alguien a eliminar este hambre emocional sino a entender qué hay detrás. Lo que quizás debemos dejar de hacer es pedirle a la comida que haga un trabajo de gestión emocional que no le toca”.
Marta Verona pone el ejemplo de las situaciones de estrés que a menudo nos generan ganas de comer alimentos azucarados. “El cortisol participa en la respuesta al estrés y cuando se mantiene elevado durante mucho tiempo puede afectar al apetito, la digestión, la saciedad y los antojos”, explica. “En estos momentos de estrés algunas personas pueden buscar alimentos muy energéticos y deseables, ricos en azúcares y grasas, y aquí entra en juego la dopamina, que está relacionada con la motivación y la recompensa”. Desde un punto de vista evolutivo, explican, esto tenía sentido porque nuestro cerebro valoraba mucho estos alimentos que le proporcionaban energía en un momento de estrés, pero hoy en día el contexto ha cambiado: vivimos en una sociedad constantemente estresada y donde estos tipos de alimentos son omnipresentes. “Entender estos mecanismos nos puede ayudar a conocer nuestra biología y nos puede permitir tomar decisiones más conscientes”, apunta Verona.
Una forma de autocuidado
Y una vez aprendemos a conocernos y a detectar qué nos apetece, llega el siguiente paso: cocinar. Verona destaca que no siempre hay que cocinar para los demás. “Cocinar para uno mismo es una forma de autocuidado. Detrás de esta acción hay mucha más profundidad porque cuando eliges cocinarte te preguntas: «¿Qué me apetece hoy? ¿Qué necesito?» Y la respuesta dependerá de tu estado emocional, de tu nivel de energía y las ganas que tengas de complicarte en la cocina”. “Cocinar es una forma preciosa de regalar amor, a uno mismo y a los demás”, subraya.
Además, hay una vertiente más beneficiosa de la comida y es que nos puede ayudar a relajarnos y activar el sistema nervioso parasimpático, según explican las autoras, que apuntan que cocinar puede ser, en realidad, una manera de meditar y que puede tener los mismos beneficios. “La cocina es el nuevo yoga –dice Verona–, porque mientras cocinamos estimulamos los cinco sentidos y encontramos un gran momento para parar y ser conscientes”. La experta explica que en la cocina intervienen el tacto, el oído, la vista, el olfato y el gusto de una manera plena, y esto hace que sea una “gran oportunidad para estar en el momento presente”.