Cómo la geología ha condicionado la historia de la humanidad
De la fertilidad del Nilo a la energía del carbón y el petróleo, la geóloga Esther Lapaz reivindica el papel de la Tierra en el destino de las civilizaciones
-
CAT -
ENG
Nuestra historia se puede explicar a través de reyes, guerras, revoluciones y grandes inventos. Pero también se puede explicar a través de las piedras, los sedimentos, los volcanes y los minerales que han condicionado la vida de los humanos a lo largo de los siglos. Sin todos los recursos que ofrece la Tierra, muchas de las grandes civilizaciones no habrían sido posibles. Y sin los procesos geológicos que la transforman, nuestra historia habría sido muy diferente. Esta es la perspectiva que propone la geóloga y divulgadora Esther Lapaz, que invita a recorrer el pasado de la humanidad a través de la geología en su nuevo libro Con los pies en la Tierra (Ediciones B, 2026).
Su recorrido comienza con los primeros indicios que encontramos de actividad humana en el planeta: las herramientas de piedra hechas durante el paleolítico inferior. “Los homínidos golpeaban una piedra contra otra para obtener fragmentos con bordes cortantes con el objetivo de romper huesos y cortar la carne”, explica Lapaz. Una tecnología sencilla que permite aprovechar mejor los recursos disponibles.
Con el neolítico, las herramientas pulidas comienzan a tener más presencia, mientras las sociedades humanas experimentan una transformación decisiva: el paso del nomadismo al sedentarismo. En este contexto surge también el megalitismo, un fenómeno cultural que dotaba al territorio de significado mediante monumentos de piedra. Los casos más conocidos serían Stonehenge, los alineamientos de Carnac o los dólmenes de Antequera.
La relación con los materiales de la Tierra se hace todavía más evidente con el desarrollo de la metalurgia. Durante las edades del bronce y del hierro, “los humanos aprenden a procesar menas minerales en hornos para obtener metales con los que fabricar herramientas, armas, joyas, ornamentos y utensilios agrícolas”, continúa la geóloga.
Creación de civilizaciones
Uno de los ejemplos más claros de la influencia de la geología en la historia humana es el Antiguo Egipto. Cuando pensamos en esta civilización, nos vienen a la cabeza las pirámides, los faraones y los grandes monumentos. Pero antes que las construcciones monumentales, hay una condición material imprescindible: la capacidad de producir alimentos.
“Egipto se asienta sobre una gran llanura aluvial, es decir, un terreno que se ha formado por la acumulación de sedimentos transportados por un río, el Nilo”, explica Lapaz. Estos sedimentos aportan nutrientes y contribuyen a hacer que los suelos sean fértiles, unas condiciones favorables para el desarrollo de la agricultura.
Las consecuencias van mucho más allá de la producción de alimentos. “Cuando una sociedad es capaz de producir más alimentos de los que necesita para subsistir, puede generar excedentes”, señala la geóloga. Esto permite que no todo el mundo tenga que dedicarse a la agricultura y que aparezcan otros oficios, como los artesanos, los comerciantes o los sacerdotes. De esta manera, los sedimentos contribuyen a crear las condiciones óptimas para el desarrollo de una sociedad cada vez más compleja y, en última instancia, de la civilización egipcia.
Alteraciones naturales
Pero nuestro planeta no solo ofrece los recursos que permiten prosperar a las sociedades. También puede transformar radicalmente las condiciones en las que vivimos. Las erupciones volcánicas son una muestra de ello. Algunas tienen consecuencias locales devastadoras, mientras que otras pueden alterar el clima a escala mundial.
La erupción del Vesubio del año 79 d. C. sepultó ciudades como Pompeya y Herculano y causó numerosas víctimas mortales. Es uno de los episodios más conocidos de la historia de las catástrofes naturales, pero no es el único ejemplo de cómo los procesos geológicos pueden afectar a las sociedades humanas.
En 1815 la erupción del Tambora, en Indonesia, tuvo repercusiones mucho más allá del entorno del volcán. “La gran cantidad de dióxido de azufre inyectado en la estratosfera formó aerosoles que enfriaron el clima durante años en todo el planeta”, explica Lapaz.
La historia también está vinculada a los grandes cambios ambientales que han afectado al planeta durante milenios. Lapaz recuerda que actualmente nos encontramos en una glaciación, la cenozoica, iniciada hace aproximadamente 34 millones de años. “Cuando oímos la palabra glaciación nos imaginamos temperaturas bajo cero y capas kilométricas de hielo cubriendo el planeta entero”, explica. Sin embargo, durante una glaciación hay periodos glaciales e interglaciales: momentos en los que las grandes masas de hielo se expanden y se retiran, respectivamente. “Hoy nos encontramos en un periodo interglacial, el holoceno, iniciado hace unos 11.700 años”, recuerda la geóloga.
Precisamente el inicio de este periodo climático favorable coincide con grandes transformaciones en las sociedades humanas y con la expansión de la agricultura y el sedentarismo durante el neolítico.
Piedras que hablan
La geología también está presente en elementos que a menudo observamos sin pensar en su origen. Durante la Edad Media, transportar materiales de un lugar a otro no era una tarea fácil. Por este motivo, cuando se erigían grandes edificios como las catedrales, buena parte de los bloques de roca se extraían de canteras situadas cerca del lugar de construcción. En el libro, Lapaz habla de las catedrales de Santiago de Compostela, Florencia y Notre-Dame. “Cada una está construida con rocas autóctonas y nos explican una historia geológica diferente”, apunta.
Algo parecido sucede con los pigmentos utilizados para pintar a lo largo de la historia. Desde la prehistoria, los humanos han recurrido a los insectos, plantas y minerales para obtener colores. “Los ocres, formados por óxidos e hidróxidos de hierro, ya se empleaban para pintar las paredes de las cuevas”, explica. Con el tiempo se incorporaron otros minerales, como la malaquita, que se trituraba hasta obtener un pigmento de color verde; el cinabrio, un mineral de mercurio del cual se obtenía un pigmento rojo y que, al ser calentado, podía liberar vapores de mercurio tóxicos; o el lapislázuli, procedente de las montañas del actual Afganistán, que permitía conseguir un azul intenso muy preciado. “Hoy en día los pigmentos son sintéticos, pero creo que es importante ser conscientes de dónde venimos”, remarca Lapaz.
Energía consumida
Si hay un recurso geológico que ha transformado por completo la civilización contemporánea son los combustibles fósiles. El carbón y el petróleo han sido determinantes para el progreso industrial y tecnológico, pero su origen nos recuerda que el tiempo de la Tierra y el tiempo humano no se pueden comparar.
“El carbón mineral proviene de restos de plantas enterradas en zonas pantanosas, mientras que el petróleo se forma a partir de la acumulación de algas y plancton en el fondo marino. En ambos casos estamos hablando de materia orgánica sometida a procesos geológicos durante millones de años. El problema es que hemos gastado en un suspiro, dos siglos, el ahorro energético que la Tierra ha estado acumulando durante millones de años”, lamenta. Por eso, la geóloga considera que es necesario aplicar el mismo ingenio que nos ha permitido aprovechar el carbón y el petróleo para encontrar alternativas renovables y menos perjudiciales para el medio ambiente.
Tierra de otros mundos
La geología, sin embargo, no termina en nuestro planeta. La astrogeología amplía esta mirada hacia otros cuerpos del Sistema Solar y nos permite estudiar paisajes y procesos que resultan muy diferentes a los de nuestra casa. “Geológicamente hablando, el Sistema Solar es un vecindario muy diverso”, explica Lapaz. Entre los fenómenos detectados se encuentra el criovulcanismo, o volcanes de hielo, en satélites como Tritón; mares y ríos de etano y metano líquidos en Titán, y posibles océanos subterráneos en lunas como Europa, Ganímedes o Calisto. Pero todo esto ya es otra historia. Quizás un día también la podamos escribir.