Qué luz queremos en nuestra vida?

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La luz en la película 'Vicky Cristina Barcelona' de Woody Allen.
17/10/2026 - 19:02 h

Cuando Conchi supo que las bombillas incandescentes, las de toda la vida, tenían que desaparecer, le dio un ataque de ansiedad. Menos mal que Dolors, su pareja desde hace años, le dio una bolsa de papel para que respirara pausadamente y saliera de la angustia. Esa misma tarde fueron a Monsó y Benet, en la calle de Muntaner, su ferretería de referencia, y se informaron de la dramática situación. Efectivamente, se habían dejado de fabricar. Ante aquella devastadora noticia, empezaron a comprar todas las bombillas incandescentes que encontraron para abastecerse de por vida.

Hasta entonces, su casa de tantos años había sido el refinamiento máximo en cuanto a la iluminación. Como no siempre se pueden tener velas encendidas, su objetivo había sido recrear el efecto de las diminutas llamas con bombillas de todas las intensidades, siempre cálidas y acogedoras. Entrar en su casa era adentrarse en una escena de una película de Woody Allen. Los invitados se daban cuenta enseguida, y las cenas en aquella casa siempre eran especiales.

Las velas, la lámpara baja del rincón, la bombilla cálida: todas hacen lo mismo, suavizan las sombras y nos devuelven un poco más atractivos de lo que somos. En el otro lado está la luz del tubo de la cocina, la lámpara de techo de comisaría, la bombilla desnuda del lavabo, que no ilumina sino que interroga.

Tengo una teoría, y la digo tal como es: una teoría, no un estudio. Donde hace calor, la vida pasa fuera. Se sacan las sillas a la calle, se organizan cenas al fresco, se vive en la terraza, en la plaza, en el patio, en los mercados al aire libre, en la calle con el ir y venir, picando algo, tomando una cervecita, y muchas veces acompañados de música: de salsa, de bossa nova, de rumba, de flamenco, de percusión. En estos lugares del planeta, la casa es donde se va a dormir y a huir del sol, y quizás por eso no se preocupan mucho de la luz de dentro de casa.

Pero no siempre es así. Donde no es exactamente el trópico, el invierno se deja sentir y toca pasar muchas horas en el interior, en casas inhóspitas y poco acogedoras, aunque la calefacción funcione perfectamente. Porque la calidez no es solo térmica, es visual y, por tanto, lumínica.

En cambio, en los países donde hace frío gran parte del año, donde en noviembre oscurece a las cuatro y se pasan meses encerrados dentro, el comedor se convierte en un escenario: velas, luces a diferentes alturas, fuego en el hogar. Los daneses le han puesto nombre, hygge, una palabra que no tiene una traducción literal y que viene a decir sensación de bienestar, de calidez y de comodidad, de estar a gusto. Allí donde no puedes salir, te tienes que poder quedar bien. Incluyendo el baño, la cocina, el despacho, la oficina. En todos los lugares es posible cambiar la luz y conseguir que tu vida sea más bonita, más dorada, como en casa de Conchi y Dolors, como en las películas de Woody Allen. Así, llegar a casa será todavía un placer mayor, hayas pasado la noche en el Liceu o por bulerías en la Feria de Abril.

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