"Madre de Dios Señor" o "Caramba", mucho mejor que "Oh my God"
A Meritxell y a Toni unos amigos comunes les organizaron una cita a ciegas. De momento, los gustos, por particulares que fueran, eran muy parecidos: a ambos les gustaban las patatas bravas, la burrata, los calamares a la andaluza y el fricandó. Cuando ya estaban en la segunda cucharada del tiramisú que compartían, se sinceraron.
—¿Sabes, Toni? Me gustas.
—Tú también a mí, Meritxell.
Treinta minutos más tarde rodaban por encima de la cama de Meritxell hasta caer a la alfombra. Se devoraban con un deseo que hacía años que no sentían por nadie más. Entonces Toni, con una excitación considerable, se separó un poco, bajándose los calzoncillos como pudo.
—Oh my God! —exclamó Meritxell.
—¿Qué has dicho? —respondió Toni, mientras sentía cómo se le desinflaba la emoción de golpe.
—Oh my God —repitió Meritxell con un acento mezcla de Brooklyn y Matadepera.
Aquella noche Toni acabó rehaciéndose. Cuando abrieron los ojos eran pasadas las nueve de la mañana. Después de desayunar yogur con arándanos, frambuesas y frutos secos, otro de los gustos que compartían, bajaron ambos a la calle. Se dieron un beso en los labios. Estaban felices. Incluso eufóricos.
—Te escribo —dijo Toni mientras subía a un taxi.
Meritxell se quedó delante del portal esperando que el taxi se marchara. Cuando ya arrancaba, Toni, desde dentro del taxi y a través de la ventanilla, juntó los dedos dibujando un corazón. Meritxell sonrió brevemente. Le pareció un gesto innecesario; de hecho, sintió una cierta vergüenza ajena.
El exagerado cuento de Meritxell y Toni podría abrir una comedia de ficción, pero en realidad es un caso práctico y real de un fenómeno sociolingüístico creciente: la asimilación cultural acrítica del imaginario norteamericano, una influencia invisible que arrasa con el propio patrimonio lingüístico a través de la sustitución léxica y corporal de nuestra comunicación cotidiana. A continuación detallo unos cuantos que tengo observados.
What the fuck: funciona como un marcador automático de estupefacción o indignación transversal. Esta importación masiva desplaza la riqueza léxica autóctona, destronando giros de gran fuerza visceral y tradicional como "¡Qué cojones!" o "¡Qué descaro!"
Literally: la importación de este modismo opera como un tic discursivo de consumo audiovisual de masas. Utilizado para exagerar afirmaciones no literales, provoca una pérdida de la ironía, desterrando giros genuinos como "de verdad".
Comillas en el aire: este código visual, importado directamente de Friends y comedias por el estilo, se utiliza como un recurso de distanciamiento irónico para subrayar el sentido figurado de una palabra. Su adopción mecánica acaba sustituyendo recursos como la entonación de la voz o una cierta mirada. Y lo peor es que este gesto aparece de repente con amigos y en entornos de un cierto nivel cultural, y resulta decepcionante.
Choque de manos (high five): ritual de validación corporativa y consenso exportado de las canchas de baloncesto hacia cualquier espacio diario. Es desesperante ver un partido de tenis de dobles donde lo hacen a cada punto, incluso cuando lo pierden; “Eres un paquete, pero te perdono y te animo” está bien, pero resulta excesivo. También se estila mucho entre padres e hijos, que perpetúan este gesto ajeno.
Corazón digital: procedente de las redes sociales, convierte la comunicación no verbal en un repositorio de emojis físicos, mezcla norteamericana y coreana, que buscan la inmediatez visual colocando una coreografía artificial.
En conclusión, el peligro de esta invasión silenciosa es la uniformidad de las emociones. Cuando nuestro deseo, nuestra euforia, nuestros acuerdos y nuestras despedidas se diseñan bajo una matriz norteamericana, más nos traicionamos a nosotros mismos en nombre de un falso cosmopolitismo.