Cabaret Pop

El cielo estrellado de la gala del Met, cada vez más oscuro

La fiesta más importante del mundo de la moda vende su alma a los Bezos y deja vía libre a las marcas para que cometan todos los excesos que quieran

09/05/2026

BarcelonaNo hay nada peor que el éxito. Este seria el resumen de lo que está pasando con la gala del Met. Cuando algo tan de nicho como esta, que hasta hace no tanto solo conocíamos cuatro apasionados de la moda, acaba siendo tema de interés para personas que el resto del año no consumen ningún otro tipo de contenido sobre esta disciplina, quiere decir que ha llegado el fin de la versión genuina de este acontecimiento. Un espectáculo que el mainstream no tiene herramientas para entender, porque no conoce las referencias de cada decisión estética que se produce en él –o incluso porque opina que la moda no es arte...–, no puede ser propiedad del mainstream. Al menos si la voluntad es que este espectáculo continüe siendo lo que había sido siempre.

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Desafortunadamente, no hay nada que hacer. El cambio de paradigma ya está aquí. Llevaba años acomodándose y este año se ha coronado. Este año, las personas con una posición menos elevada en cuanto a la moda que podíamos imaginar han sido ni más ni menos que los principales anfitriones del evento. El multimillonario Jeff Bezos y su esposa, Lauren Sánchez, han sido los donantes más generosos de esta gala benéfica, que –¡no lo perdamos de vista!– tiene como objetivo financiar durante el resto del año el Instituto de la Moda del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Su donación ha sido tan alta –según diversos medios, habría sido de entre seis y diez millones de dólares– que han exigido formar parte de la comitiva de bienvenida de la gala a todos sus célebres invitados, junto a Anna Wintour y los anfitriones elegidos ad hoc por la godmother de la moda, entre los cuales había Nicole Kidman y Beyoncé. Solo para que os hagáis una idea del nivel. O dicho de otra manera: del desnivel, en comparación con los Bezos.

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. Con ellos como cabeza de cartel, esto desaparece indefectiblemente. No solo por el efecto degradador a nivel charm. Con ellos como cabeza de cartel, esto desaparece indefectiblemente. No solo por el efecto degradador a nivel esteticoemocional de todo lo que tocan, sino porque significa que la guardiana de la fiesta, Anna Wintour, ha abierto la puerta de par en par a que esta gala sea liderada por personas que entran por cuestiones cuantitativas y no cualitativas.

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Un mal precedente

Podríamos decir que esto ha sido solo este año y que no pasará más. Pero es evidente que estamos ante un cambio de tendencia. Los nuevos magnates globales surgidos de la tecnología tienen que comprar el afecto de las sociedades en las que operan y también tienen que ganar prestigio en los cerrados círculos de millonarios de toda la vida, en los que los ven como unos profanos. Una opción completamente viable para ellos es hacerse imprescindibles en eventos de impacto global. Si no es en la gala del Met, será en otra. Y para la gala del Met, si no son ellos, serán otros como ellos. Lamentablemente, la espiral descendente es así. La única solución sería que la fiesta dejara de querer crecer indefinidamente y se plantara en un tamaño y en un nivel de impacto y de recaudación en los que se pudieran mantener los antiguos estándares y no hiciera falta todo este dopaje mediaticofinanciero que la acabará fagocitando. Pero en tiempos de Trump y de precarización de todo ello, pararse para ser fiel a unos mínimos parece una propuesta casi onírica.

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A pesar de estas nuevas dinámicas, la gala del Met hace tiempo que va descabalgada. Si no, ¿cuál sería el propósito de invitar a Georgina Rodríguez? Alguien que solo ostenta, que no añade nada al debate estético de las prendas que se pone porque es obvia y plana y no da ninguna profundidad a sus decisiones estilísticas, ¿qué hace allí? Pues atraer a un público que tradicionalmente no estaba, y tampoco se le esperaba. Pero, claro, en la lógica del crecimiento continuo, estas personas que son fans de Rodríguez son imprescindibles, y se necesitan referentes como ella para atraerlas y aumentar la audiencia global del evento. Este año, que el dress code era tan fácil de entender –Fashion is art–, ella elige un conjunto de color azul turquesa inspirado –cosa que podríamos discutir ampliamente...– en la virgen de Fátima. ¿Acaso tenía una espina clavada porque no la invitaron a la gala en 2018, cuando el código de vestimenta fue Heavenly bodies: fashion and the catholic imagination? Si no, la decisión no se entiende. Eso sí, se hizo hacer un rosario de 7 millones de euros para decorar el vestido. Una vez más: cantidad versus calidad. Dinero en lugar de ideas. Teníamos el resto del año para eso. No nos hacía falta verlo también en la gala del Met.

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Sí al flash, no a la moda

Pero ella no es la única que pone de manifiesto las peores tendencias de este show. La corte fúnebre de mujeres vestidas todas de negro con vestidos que podrían ser óptimos para cualquier otra alfombra roja nocturna pero que no tienen ninguna relación con el propósito artístico/estilístico de esta gala son una buena muestra. Son personas que no se sienten en absoluto interpeladas por el propósito de la gala del Met pero no pueden renunciar a él porque están ávidas de cazar un poco de atención mediática. Personas que viven de la fama pero que, al mismo tiempo, están aterradas por si las critican en las redes por haber exhibido un look demasiado extravagante. Mujeres que deberían quedarse en la puerta si esta gala fuera lo que dice ser. Peor lo hacen los hombres invitados, que ahora ya no se ponen su uniforme de gala –el esmoquin clásico– para ir, igual que harían si fueran a un convite a la Casa Blanca. Ahora se ponen vestidos un poco más llamativos cuyo único objetivo es hacerlos parecer más modernos que la generación anterior de machos, pero –como sus predecesores– sin tener en cuenta en absoluto si el vestido tiene algo que ver con la temática que tocaba aquel año. En lo único que se esfuerzan es en facturar a alguna firma de lujo por ponerse sus relojes o joyas, cosa que estas marcas aceptan encantadas.

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Y es que la fiebre por ocupar la pole position en este escaparate global ya hace años que lleva a las grandes marcas de lujo a pasarse de rosca y cometer hechos que no deberían cometerse, pero que a veces hasta intentan vender como elementos romantizadores. La actriz Sarah Pidgeon, conocida en los últimos tiempos por haber dado vida a Carolyn Bessette en la serie Love story, explicaba en una entrevista que para el minimalista vestido que los nuevos directores creativos de Loewe le hicieron a medida para la gala voló en varias ocasiones entre París y Australia –donde ella estaba rodando– para terminar de ajustarlo. En plena crisis climática, que unas dos piezas que apenas tienen dos metros cuadrados de tejido generen esta huella de carbono debería hacer sonrojar a más de uno. Aquí, sin embargo, algún spin doctor debe haber pensado que añadía épica a la narrativa de moda detrás del vestido. En realidad, sin embargo, lo único que hacía era ensuciar el diseño de CO₂ y acercarlo más al concepto industria que no al concepto diseño.

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Tampoco ha pasado inadvertida este año la elección de Chanel para Bhavitha Mandava, su primera embajadora de origen indio. La modelo acudió a la gala de Wintour con un modelito de pantalones vaqueros –confeccionados con seda, pero estéticamente unos jeans– y un jersey semitransparente rosa pálido, mientras que el resto de representantes de la maison francesa habían sido enviadas con unas creaciones absolutamente opulentas y, mayormente, ligadas a la temática de la gala. Evidentemente, en las redes no han faltado las acusaciones de racismo. Pero, claro, parece que en el contexto de la gala del Met ya es todo igual... Si Lauren Sánchez de Bezos es el punto de partida, también es el punto final.

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