El cementerio libre

El otro día murió Llibori, una presencia esencial, que daba carácter y orgullo a Sant Feliu. No le conocí personalmente, pero tropecé por la calle su figura alta y paradójicamente discreta, con pelo liso y largo y bigote, era algo más que ver al gran cantante de Quercus, la banda de rock que hacía "música de roca", fundador de la añorada Colla Jacomet y capaz de componer tanto Viejo pescador cómo La última habanera, que realmente lo fue. Cantaba a la manera oscura, irónica y radical de Velvet. "Caballero de la triste figura", lo presentaba Jordi Riera, otro gran cantante de la Colla Jacomet.

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No hace mucho, hice una visita al cementerio sin motivo alguno, que es la manera razonable de ir. Badí por el archivo de antepasados ​​desconocidos, saludé a Juli Garreta y pasé a ver la tumba de los míos, donde tengo que mudarme un día, si todo va bien. Luego fui a la parte preferida del cementerio, el cementerio libre o neutro, que llamaba Gaziel, de los no católicos, donde están los masones y los librepensadores, los musulmanes, protestantes, ateos, judíos… Allí en un nicho tenemos al presidente Irla, hijo de su taberna Caso Romagué, y la de mi propio padre, un hombre, por cierto, tan lleno de ganas de vivir, como presintiendo que moriría joven. La tumba que quiero decir es de la familia Peric, enterrados directamente en el suelo: el abuelo Peric, comunista exiliado; su hijo, el chico Peric, y su joven. El nombre Peric viene de la taberna que llevaban, Can Peric. Unos metros más allá, también en el suelo, está la sepultura de los de Cal Canari, otra taberna. El nombre venía de lo bien que cantaba el dueño. De este mundo debían salir fatalmente artistas como Librio.

En el cementerio se oyen los pájaros de los cipreses, pinos y troyanas, y del bosque al lado. No me extraña que tanta gente de taberna, vivida y abierta, se haya enterrado en la parte más acogedora del cementerio. Me siento bien aquí, yo, con una abuela de la taberna L'Empordanesa y un abuelo de la de Cal Sabre, yo que crecí en un bar de Platja d'Aro. En la sepultura de los Perico reposa también mi amiga Núria, muerta antes que sus pobres padres, guapísima, empática, tan agradable y sonriente al retrato de la lápida, con sombrero y una mano bajo la barbilla, como para acordarnos de su vocación filosófica.

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En tiempos de columbarios, quien no envidia poder hacer honor a la palabra entierro, ¿en este cementerio privilegiado? Es tan agradable sumergirse entre los muertos como un gusano, con la ventaja de estar todavía vivo.