Escritura zombi
Desde ahora, esa columna pasará de ser semanal a salir cada dos semanas. Ni que decir tiene que me sabe mal después de más de una década de periodicidad constante, pero qué quieres hacer.
Esta disminución coincide con unos tiempos especialmente interesantes para la escritura y no sólo la periodística. Hace unos días, Antoni Batista, el Defensor del Lector del ARA, escribía que "el periodismo literario debe ser una de las aportaciones específicas que sostendrán las ediciones en papel" en unos momentos en que "la IA comienza a ser una articulista habitual." Pero me parece que el problema es mucho más profundo. La IA plantea un reto: si no podemos distinguir la autoría humana de la de un robot, ¿por qué no preferir la máquina, que nos lo hace con mayor agilidad y sin esfuerzo? ¿Qué entendemos exactamente por creación?
Son preguntas que no deberían venir de nuevo, porque hace ya décadas que vamos rebajando el valor de la creación humana, es decir del humanismo. Por poner sólo un ejemplo, el escándalo por la banalización de los premios literarios es una reacción similar al sentimiento de estafa que tenemos cuando nos damos cuenta de que una canción o una pintura la ha hecho la inteligencia artificial. Hace tiempo que convivimos con la escritura zombi. Estamos más que acostumbrados a premiar la impostura, pero todavía nos molesta.
Conociendo un poco a los humanos, no veo claro que preferimos dominar la tecnología que ser dominados por ella. La pregunta siempre es la misma: ¿quién manda aquí? Los catalanes tenemos una larga y constante experiencia con la tensión entre comodidad y libertad, y experimentamos en carne propia que, de las dos tendencias, la que nos humaniza no es precisamente la comodidad. Sabemos íntimamente que sólo la creación garantiza la verdad, porque la verdad es algo vivo, como lo es la libertad. Sólo la creación va un paso más adelante de la verdad de las máquinas, y la creación, como todos los partos o génesis, es incómoda.
Da la impresión de que lo que nos viene será incómodo, poco o mucho como siempre. Ésta es la gracia. ¿De qué modo la creación deberá ser más audaz, más avanzada, más creativa para que los humanos podamos distinguirnos de las máquinas? No será suficiente con un certificado como los de los productos ecológicos, que no será fiable. ¿De qué modo podrá la escritura, esa misma escritura que ahora mismo está leyendo, hacerse diferente de – mejorar– la del robot? No será fácil y no estará desatado de la lucha política. Nunca lo fue. ¿Se puede realmente colaborar con la máquina? De verdad no lo tengo claro. Nos reencontramos en quince días.