Lula da Silva, el padre de los pobres que cambió la historia de Brasil
El veterano dirigente, de 80 años, es la figura política contemporánea más relevante de Latinoamérica
São PauloA diferencia de lo que sucedió en Argentina con Juan Domingo Perón, el lulismo no se convertirá en una ideología ni se perpetuará como movimiento político en Brasil, sino que desaparecerá cuando Lula da Silva, de 80 años, decida dar un paso al costado. De momento, sin embargo, no ha sido así. La huella de las políticas sociales y de transferencia de renta instauradas en sus dos primeros mandatos (2003-2010), que beneficiaron a 50 millones de brasileños, 36 millones de los cuales salieron de la pobreza extrema, ha transformado para siempre al gigante sudamericano.
El padre de los pobres situó a los excluidos en el epicentro de las políticas públicas por primera vez en la historia de Brasil, lo que también se ha traducido en el fortalecimiento de los sistemas públicos de salud y de educación —por ejemplo, se ha creado una red de universidades federales—, y en la promoción del acceso al consumo como motor de la economía. Lula es la figura que da forma a la Nueva República, surgida de la Constitución de 1988, en un proyecto inacabado y que, aun así, desencadenó una reacción furibunda de los sectores reaccionarios, ahora cobijados bajo el paraguas del bolsonarismo de extrema derecha.
Su lucha contra el hambre y la desigualdad le ha dado proyección internacional, al igual que la defensa del multilateralismo y del Sur Global en el escenario geopolítico contemporáneo, y la creación y la consolidación del bloque de los países emergentes agrupados en los BRICS.
Nacido en 1945 en una familia pobre en Pernambuco, Lula es uno de los retirantes del noreste que emigraron a São Paulo, principal polo económico del país, para huir del hambre. Empezó a trabajar a los 12 años y, en 1968, cuatro años después del golpe militar y cuando tenía veintitrés, se afilió al sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, del cual acabaría siendo presidente y desde donde lideraría las huelgas generales de 1979 y 1980. Durante esta última fue encarcelado durante 31 días. Es uno de los fundadores del Partido dos Trabalhadores (PT), creado en 1980 en São Paulo, que aglutinó sindicatos, movimientos populares, la intelectualidad de izquierdas y comunidades católicas de base que defendían la teología de la liberación.
En 1989 se presentó a las primeras presidenciales tras la redemocratización, en las que fue derrotado por Fernando Collor de Mello, que acabaría siendo destituido en un proceso de impeachment en 1992. Perdió dos elecciones más, en 1994 y en 1998, ante Fernando Henrique Cardoso, elegido en primera vuelta en ambas ocasiones. Finalmente, en 2002, llegó al Palácio do Planalto tras tres legislaturas de oposición férrea. Terminó sus dos mandatos con un 83% de aprobación, hecho que impulsó la candidatura de Dilma Rousseff, elegida por el mismo Lula como su sucesora.
Un año y siete meses en prisión
La ola ultraconservadora, avivada por las investigaciones sobre la corrupción en Petrobras, la empresa petrolera de capital mixto, culminó con la destitución de Rousseff, también con un proceso de impeachment, en 2016. Lula da Silva fue condenado por corrupción pasiva y blanqueo de capitales por el juez Sérgio Moro, que después se convertiría en ministro de Justicia de Jair Bolsonaro. Pasó un año y siete meses encarcelado en Curitiba, entre abril de 2018 y noviembre de 2019, hecho que le impidió participar en las presidenciales que llevaron a la extrema derecha al poder.
Después de ser liberado, el Tribunal Supremo Federal anuló las condenas al considerar que el tribunal que lo había juzgado no tenía jurisdicción. En 2022, el Comité de Derechos Humanos de la ONU señaló la parcialidad del juez Moro en los procesos contra Lula.
Con un frente político amplio, de la extrema izquierda al centroderecha, derrotó a Jair Bolsonaro en 2022, y esquivó un intento de golpe de Estado, por el cual el expresidente extremista acabó encarcelado. Su tercer mandato ha estado marcado por las dificultades de gobernar con un Congreso y un Senado conservadores. Encara la reelección con un escenario de polarización enquistada, y con la sombra de Donald Trump presionando desde Washington con la ayuda de las grandes empresas tecnológicas. Con todo, lo ha superado.