¿Tenía razón Fukuyama?

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El presidente chino Xi Jinping y otros funcionarios asisten a una reunión en conmemoración del 90º aniversario del final de la Larga Marcha, este jueves en Pekín.
23/10/2026 - 21:48 h
Analista de Relacions Internacionals

Hace pocos días leí las recientemente publicadas memorias de Francis Fukuyama. En el libro, Fukuyama habla de su carrera desde el gobierno hasta la academia, de sus mentores directos como Allan Bloom o indirectos como Leo Strauss, de la ruptura con sus amigos neoconservadores, de sus hobbies, que van desde construir muebles hasta montar robots. Es uno de los mejores manuales para cualquier persona que aspire a ser un intelectual público, combinando relevancia con profundidad.

Fukuyama es conocido por su famoso libro sobre el fin de la Historia. El concepto ha sido caricaturizado hasta el día de hoy, pero, como él dice –y estoy de acuerdo– poca gente se leyó su libro más allá del título. Fukuyama tomó el concepto de Historia de Hegel, pasando por la interpretación del francorruso Kojève, y afirmó que el proceso histórico se había detenido ante la falta de alternativas al igualitarismo moderno, cuya expresión más fuerte era la democracia liberal. Pero en su libro también advertía que el mundo del fin de la Historia podía ser profundamente deprimente, una sociedad sin ambiciones y energía, un purgatorio de los "últimos hombres" de los que hablaba Nietzsche. También auguraba que, tal como somos los humanos, probablemente nuevas fuerzas se rebelarían contra esta apatía liberal eterna y volverían a poner en marcha la Historia.

Cuando me compré la autobiografía de Fukuyama, me esperaba grandes debates y anécdotas sobre política exterior, pero el corazón fundamental de su libro es sobre la naturaleza humana y los límites que la democracia liberal tiene para satisfacerla. Una de las críticas fundamentales de Fukuyama es contra el modelo de “Homo economicus” del que parte la economía y el liberalismo moderno. El ser humano es racional y busca cumplir sus deseos materiales. Pero, advierte Fukuyama, también busca algo más. Como decía Platón, el ser humano también está impulsado por el thymos, el deseo de ser reconocido como igual o superior por los demás. Esto es lo que a menudo olvidan liberales o marxistas: la economía o los derechos formales no lo son todo. Hay un impulso humano que va más allá de todo eso.

El impulso del thymos explica tanto las decisiones irracionales, contrarias al pragmatismo, de los votantes de los Estados Unidos eligiendo a Trump como presidente, como de los manifestantes de Hong Kong hace unos años enfrentándose en una batalla condenada al fracaso contra China. También nos explica los deseos revanchistas de Rusia de volver a ser un poder mundial expansionista, en vez de buscar ser un país mediano, estable y próspero; o los deseos irrefrenables de Pekín de “reunificarse” con Taiwán, un territorio minúsculo por el cual podría estallar una tercera guerra mundial. El thymos no es ni bueno ni malo, explica Fukuyama, sino un impulso humano, que explica el comportamiento agresivo de potencias, el auge del populismo o el heroísmo de manifestantes buscando la caída de regímenes autocráticos.

El thymos ha puesto de nuevo en marcha la Historia: la democracia liberal no le ha podido dar una respuesta satisfactoria. Pero, deja entrever Fukuyama, tampoco supuestas alternativas como el modelo chino. El mundo que nos espera es el retorno de los terremotos que siempre han sacudido la Historia.

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