Asesinato de Trump en la Quinta Avenida
Era el 2016, no eran tiempos tan extraordinarios en el mundo –quizás se estaban gestando entonces– y un Donald Trump candidato se sentía invencible: "Podría plantarme en medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien y no perdería ni un solo votante, ¿de acuerdo?" Trump hablaba más en serio de lo que muchos pensábamos. Y la historia desde entonces la conocemos de sobra: victoria contundente en 2016, derrota en 2020 pero con un asalto contundente, masivo y devoto al Capitolio, y victoria todavía más contundente en 2024. Habiéndose autoproclamado elegido de los Dioses, superviviente persistente de atentados, que el Partido Republicano hubiera mutado al Partido Trumpista era solo un detalle de este proceso de egocentrismo político que se ha vivido en los Estados Unidos.
Diez años después, los tiempos son bastante más extraordinarios en el mundo, y Trump acaba de sufrir la derrota más contundente de su carrera política: mucho peor, por sensaciones y por perspectiva, que la de las presidenciales de 2020. Son unas elecciones de medio mandato y, ciertamente, el impacto en muchos aspectos es limitado, pero la lectura política es nítida: los Estados Unidos han castigado de forma incontestable a su presidente, el trumpismo. El tsunami demócrata, el bluenami, es una buena noticia para la democracia norteamericana y puede suponer el inicio de la resurrección del partido azul, que hacía años que estaba en estado catatónico, incapaz, ante el magnate del tupé. Pero más que un triunfo demócrata, las elecciones de medio mandato, un referéndum de facto sobre Trump, son sobre todo una masacre para el trumpismo, que se tendrá que preguntar si está en condiciones de continuar secuestrando al Partido Republicano. Hay una manera más puñetera de planteárselo, pero hace falta no precipitarse: ¿estamos hoy ante el inicio del fin del trumpismo?
Trump no ha disparado a nadie en la Quinta Avenida de Nueva York. Pero ha disparado en muchas direcciones durante sus dos primeros años de regreso a la Casa Blanca. La versión más radicalizada que ha mostrado el republicano durante este segundo mandato, marcada por la guerra y el hiperactivismo en política exterior –a pesar de su icónico America first–, ha incomodado a la población estadounidense. El presidente llegaba a las urnas con un índice de desaprobación que superaba el 60%. El impacto económico de las bombas contra Teherán, que han disparado la inflación en el país, ha sido clave. Pero me gustaría pensar que la ofensiva contra la democracia que ha impulsado Trump desde hace dos años, y la consiguiente pérdida de prestigio internacional de los Estados Unidos, también explica el veredicto de las urnas. La prometida "época dorada" no llega.
Y sobre esto último está la pregunta más urgente que nos podemos hacer ahora: ¿cómo reaccionará Trump a la derrota? El republicano ya se ha desmarcado de la masacre republicana y ha dicho que, si su cara hubiera estado en las papeletas, los resultados habrían sido muy diferentes. El mensaje recuerda al de la Quinta Avenida de Nueva York, pero el contexto, y el aura de invencibilidad de Trump, es totalmente diferente, también para sus compañeros de filas. Trump es ahora un animal herido, y, probablemente, se siente como tal. Eso le hace más peligroso. Y los peligros son, sobre todo, para la democracia de los Estados Unidos, también herida, y para la estabilidad de este paisaje global que tambalea y que, de alguna manera, también estaba a la espera del veredicto estadounidense.