El peligro de una gran victoria demócrata
El partido del presidente siempre es derrotado en las elecciones de medio mandato. Quizás es exagerado decir “siempre”: Teddy Roosevelt en 1902, Franklin Roosevelt en 1934, Bill Clinton en 1998 y George W. Bush en 2002 ganaron unos cuantos escaños gracias a circunstancias excepcionales. Donald Trump no se sumará a estas anomalías históricas: el Partido Republicano sufrirá una derrota.
Lo que hace falta ver es si la derrota será asumible (perdería la Cámara, pero mantendría el control del Senado, por ejemplo), grave (quedaría en minoría por muy poco) o desastrosa (con un Capitolio pintado de azul demócrata).
Esta es la gran cuestión. Porque hablamos de Donald Trump. El presidente que terminó su primer mandato instigando un asalto violento al Capitolio y no ha reconocido nunca la derrota ante Joe Biden. El presidente cuyo segundo mandato está siendo mucho más errático y calamitoso que el primero. El presidente que parece mostrar síntomas de demencia en cada discurso y en cada declaración pública.
El presidente, al fin y al cabo, disfruta de un culto fanático y casi religioso entre una minoría de los ciudadanos estadounidenses: el movimiento MAGA (Make America Great Again) considera que la Verdad, con mayúsculas, solo está en las palabras de Trump. Por más que suenen a delirio.
Nunca el Partido Republicano había gastado tanto dinero en unas elecciones de medio mandato. Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ha dado a los comités republicanos unos 450 millones de dólares, algo insólito. De este dinero, más de un tercio ha caído en Texas, el estado donde vive Musk. Quien no se priva de afirmar que si pierden los republicanos “se ha acabado la democracia”.
Lo más probable es que la mayoría de los votantes acudan a las urnas pensando en la realidad (alta inflación, combustibles caros, vivienda inasequible en las ciudades), lo cual debería perjudicar a Trump. Aunque se trata de elecciones parlamentarias, en las que cada estado tiene sus propios problemas y cada representante acumula sus propios méritos y deméritos (algo mucho más complicado y variado que las elecciones al Parlamento Europeo, aunque con un componente similar de castigo a quien manda), el Partido Republicano hace años que parece una secta trumpista. Cabe suponer que los candidatos pagarán por ello.
Ahora bien, ¿se imaginan la cantidad de publicidad, propaganda encubierta, campañas de difamación y falsas informaciones que se pueden pagar con 450 millones de dólares? Y este es solo el dinero que ha puesto Musk.
Disponiendo de tal fortuna, los candidatos republicanos han podido crear un universo virtual en el que su votante clásico se mantiene convencido de que todos los problemas, empezando por los precios altos y los salarios bajos, tienen un culpable: el régimen iraní, que amenaza (supuestamente) con lanzar bombas atómicas sobre los Estados Unidos; los inmigrantes (que supuestamente roban puestos de trabajo, delinquen y se comen las mascotas del vecino) y "los comunistas", es decir, la oposición.
Esto significa que un segmento de la población estará dispuesto a creer cualquier acusación de fraude electoral que lance Trump. De fraude o de lo que sea.
La previsible derrota republicana no debería tener grandes consecuencias si, como decíamos, entra dentro del margen que Donald Trump esté dispuesto a asumir. Sin duda, en política exterior se notará mucho menos de lo que espera la Unión Europea. Trump continuará siendo presidente.
Ahora bien, un presidente muy derrotado no sería, como en ocasiones anteriores, el proverbial “pato cojo”, sino un loco furioso del cual todavía no conocemos los límites.