La tormenta perfecta para el Ébola

En julio de 2014, Donald Trump –entonces todavía un ciudadano particular y magnate inmobiliario célebre por su programa de televisión The apprentice– tuiteaba sin parar sobre el brote de Ébola en África Occidental, la epidemia más grave y letal de este virus desde su descubrimiento en 1976. Sus ahora ya hiperconocidos y pesados mensajes en mayúsculas se intensificaron en octubre cuando un médico de Nueva York que había vuelto de Guinea dio positivo: “Paren los vuelos”, dijo y, más tarde, exigió la dimisión de Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos en aquel momento.

En cambio, desde el inicio de la epidemia en el Congo a principios de este messus drásticas recortaciones de la ayuda exteriorSin embargo, una vez en la Casa Blanca, en su primer mandato, su gestión de la pandemia de la covid, sobre todo en sus inicios, fue lenta, errática e improvisada. Ahora, en su regreso, sus recortes drásticos de la ayuda exterior y de los recursos de salud pública hacen muy difícil la respuesta médica en una región ya de por sí castigada por los conflictos. Si bien el riesgo de contagio global es más bajo porque el brote ha sucedido en una zona muy rural y menos conectada con el mundo, el impacto para la población de estos países puede ser devastador, según dijo hace unos días Ron Klain, zar del Ébola durante el gobierno de Obama y exjefe de gabinete de Joe Biden.

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Otra diferencia entre la epidemia de 2014 y la actual es la cepa del virus. La Bundibugyo es menos letal, de un 30%, en lugar del 90% de la cepa Zaire. Aun así, presenta una desventaja crítica: no tiene vacuna ni tratamiento. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado el brote, que ya se ha cobrado la vida de más de 170 personas e infectado a más de 750, emergencia internacional de salud pública por su rápida extensión y riesgo regional.

Una respuesta lenta e insuficiente

Cuando durante los primeros meses de su segundo mandato Trump desmanteló la USAID, la agencia histórica de ayuda internacional de los Estados Unidos, y sacó el país otra vez de la OMS, muchos cooperantes, médicos, epidemiólogos y responsables de salud pública advirtieron que la decisión tendría consecuencias graves. Este recorte supuso el despido de muchos profesionales que trabajaban sobre el terreno en contacto directo con los médicos locales. Asimismo, dejó el fondo de emergencia del organismo internacional de salud prácticamente vacío y asfixió los presupuestos de organizaciones humanitarias que se vieron obligadas a cerrar sus programas de prevención.

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En 2014, Barack Obama trató la crisis del Ébola como una prioridad de seguridad nacional y “una obligación ética como líder mundial”. Los Estados Unidos lideraron y coordinaron una respuesta en la que se repartieron los países afectados: Francia asumió Guinea, el Reino Unido se desplegó en Sierra Leona y los EE. UU. se centraron en Liberia, donde enviaron 3.000 militares y millones de dólares para construir 17 centros de triaje que ayudaron a las ONG y a la OMS a detener el virus en 2015.

La reacción de Trump ante la crisis de salud pública actual –de momento regional y que no afecta a su país, pero que podría volverse global– es, una vez más, lenta e insuficiente. Los cooperantes aseguran que la Casa Blanca no tiene una estrategia real sobre el terreno y solo se ha limitado a movilizar 23 millones de dólares, una cifra escasa ante una infraestructura y unos recursos ya muy mermados por sus propias medidas.

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Todo esto se suma a un país en guerra. El este de la República Democrática del Congo se encuentra inmerso en un conflicto crónico con más de cien milicias armadas que controlan el territorio y que provocan masacres masivas y millones de desplazados internos. Por otra parte, el más de un cuarto de siglo de misión de los cascos azules ha creado recelos y frustración entre la población por su incapacidad de detener a los rebeldes y manchada por escándalos de abusos sexuales y contrabando. En definitiva, la tormenta perfecta para el Ébola.