Años perdidos de Ucrania, Europa y Rusia
No he esperado al 23 de febrero. He renunciado a hacer coincidir mis reflexiones con los cuatro años del ataque de Putin. Prefiero escribir de los orígenes de esta tragedia europea. Hablaré, claro, de Ucrania, y de las miradas rusa y europea contemplándola, pero no de los planes de paz en Abu Dhabi que son la historia de nunca terminar. Decido echar atrás y empiezo con una frase del malogrado Aleksei Navalni. Palabras que lo dicen casi todo: "Acabada la guerra habrá que compensar a Ucrania por el mal provocado por la invasión de Putin". Cifras terribles: la contracción de más del 50% del PIB; el luto por decenas de miles de muertos, más de 100.000; cómo reparar los daños a 6,7 millones de refugiados. Y cómo conseguir el regreso de los más de 20.000 niños y niñas ucranianos secuestrados por las unidades rusas y tratados como arma de guerra.
Coincido con el economista surcoreano Ha-Joon Xang cuando dice que la respuesta de Europa a las amenazas de Trump –y también a las de Putin– ha sido patética. ¿De dónde viene ese patetismo? ¿¿Por qué a una potencia económica, cultural y humanista como la Unión Europea le está costando tanto desprenderse de la carga de miedo, indignidad y desidia que arrastra? Difícil de responder. Quizá sea menos complejo ir a los hechos. Identificar y reanalizar el primer gran tropiezo de la UE ante la primera gran amenaza de Putin: el 29 de noviembre de 2013, cuando faltaban sólo horas para la firma del acuerdo de asociación –no de incorporación– entre Kiiv y Bruselas, el entonces presidente ucraniano Víktor Yanukó disimularlo— rechazó el tratado que para él suponía el alejamiento de Ucrania de Rusia. La UE acabaría saliendo de la parálisis aceptando, en septiembre del 2014, un tratado que nacía muerto porque, cumpliendo las exigencias de Putin, no entraría en vigor hasta diciembre del 2015. Un aplazamiento que era un agujero inmenso, y más teniendo en cuenta que Rusia ya se había anexionado a Crimea y ocupaba regiones.
Es necesario continuar haciendo memoria. No pasar por alto que la independencia de Ucrania —vía referéndum el 1 de septiembre de 1991, que sería el detonante del estallido de la URSS a los ocho días— representa la elección de Leónido Kravchuk, quizá el presidente con mayor apoyo social de la historia ucraniana. La miopía de Bruselas sería cómplice tanto del debilitamiento de Kravchuk como de la subida al poder de Leónido Kuchma, figura de la nomenklatura soviética que fortalecería lo digamos deep state que se sentía huérfano. Quienes lo denuncian lo pagan con la vida, como el periodista Georgui Gongadzé. La deriva autoritaria parece tocar fondo en noviembre de 2004 con la llamada Revolución Naranja que recibe las ovaciones de Bruselas, pero que no se consolida: no evita el golpe de 2014 contra Crimea y el Donbás. Putin gana el primer asalto a la guerra.
Avances insuficientes
Según datos recientes del CSIS -Centro de Estudios Estratégicos Internacionales- 325.000 soldados rusos habrían muerto en la guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial ninguna potencia con pretensiones imperiales había tenido tantas víctimas mortales en el campo de batalla. Putin desprecia los datos del CSIS, pero en Moscú algunos sectores se preguntan cómo puede que a los cuatro años las conquistas territoriales estén, como señala el CSIS, muy por debajo de los objetivos militares rusos anunciados en el 2022? ¿Y llegados a este punto es inevitable preguntarse cuánto tiempo le queda a Putin para presentar resultados mínimamente aceptables? ¿O cuántas conjuras se han empezado a gestar a su alrededor, dentro y fuera del Kremlin?