La guerra llega al espacio: un satélite ruso persigue a otro ucraniano

Moscú pone a prueba los límites del combate orbital con una maniobra que inquieta a los expertos

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Un artillero del Batallón Especial de la Policía de Zaporiyia instala un sistema Starlink en el frente de Donetsk.
20/10/2026 - 07:41 h

MoscúResulta difícil esquivar la referencia cinematográfica evidente en el último episodio del conflicto en Ucrania. En los últimos días, un satélite ruso ha estado persiguiendo a otro estadounidense utilizado por el ejército ucraniano y, finalmente, han cambiado bruscamente de dirección, en lo que los expertos alertan que podría considerarse el primer ejemplo de guerra espacial de la historia. Ahora bien, la versión real de la guerra de las galaxias no es tan épica como la de la célebre saga ni se libra con espadas láser. En plena batalla por las comunicaciones, con Donald Trump usando Starlink para presionar a Volodímir Zelenski, y Vladímir Putin intentando construir su red de satélites, el artefacto ruso podría haber inaugurado una nueva forma de combate en la órbita terrestre.

Durante semanas, el satélite militar ruso Kosmos-2612 se fue acercando hasta pocos metros del radar ICEYE-X36, fabricado por una empresa de Finlandia y de los Estados Unidos. Mientras que del primero se ignora qué finalidad tiene porque Moscú no la ha hecho pública, el segundo desarrolla una función comercial y proporciona imágenes de la superficie de la Tierra que Kiev destina a la inteligencia militar. Ambos pesan solo unos cien kilos, vuelan a unos 27.000 kilómetros por hora y los observadores advierten que, por este motivo, la situación ha llegado a ser “muy preocupante”. “Cualquier aproximación entre aparatos en órbita a menos de un kilómetro se considera crítica”, afirma Georgui Trixkin, analista de lanzamientos de cohetes.

Además, no hay ninguna duda de que se trata de una aproximación “completamente no consentida”, según el experto en satélites neerlandés Marco Langbroek, que lleva siguiendo la trayectoria de los dos dispositivos desde el verano. Inicialmente, admite que se mostraba escéptico sobre las intenciones de los operadores rusos, pero ahora se plantea que “puede que estemos presenciando el primer caso de un ataque de un satélite en órbita”.

Trixkin, en cambio, cree que la estrategia es más sofisticada: desde su punto de vista, Rusia no buscaba un cerco para neutralizar el aparato ucraniano, sino que lo estaba llevando al límite para desgastarlo, obligarlo a agotar el combustible y dejarlo inutilizado. “Si este precedente tiene éxito, empezaremos a ver casos similares de manera rápida y frecuente”, avisa. Aun así, también aclara que, si se demuestra que, efectivamente, esta es la táctica, hasta dentro de un año no podremos saber si ha dado resultados.

Sea como sea, este incidente abre un nuevo frente de dimensiones siderales en la tensión entre el Kremlin y Occidente. Hasta ahora, Rusia, los Estados Unidos y China habían probado que eran capaces de abatir con misiles sus propios satélites, pero nunca antes uno de estos artefactos había perseguido deliberadamente a otro de un país enemigo. La amenaza rusa, además, se produce contra un aparato comercial de un estado miembro de la OTAN, pero en una zona gris, porque en el espacio no hay jurisdicciones nacionales. Es decir, no cruza una línea roja.

La pugna por Starlink

Desde el primer día de la invasión, cuando un ciberataque ruso inutilizó el satélite que daba conexión a miles de usuarios ucranianos, el conflicto ha puesto de manifiesto la importancia de bloquear o degradar señales de radionavegación. Las interferencias electrónicas pueden dificultar el uso del GPS y las comunicaciones militares sin necesidad de atacar físicamente ningún satélite. Tanto las capacidades de guerra electrónica rusas como los canales de transmisión utilizados por el ejército ucraniano forman parte de esta competición tecnológica.

El ejemplo más claro de esta pugna es la disputa por Starlink, la red de satélites de Elon Musk. Este sistema ofrece a las tropas ucranianas conexión de banda ancha, comunicaciones entre unidades y apoyo clave a las operaciones con drones. Rusia consiguió hackearlo y beneficiarse de él furtivamente, pero en febrero, a petición de Zelenski, el magnate les privó del acceso. Esto supuso un golpe duro para los soldados rusos, que en algunos casos se quedaron a oscuras en primera línea y quedaron a merced de los ucranianos. Ahora, en cambio, son las fuerzas ucranianas las que sufren restricciones repentinas en este servicio. La Casa Blanca niega que las haya ordenado, aunque coinciden de lleno con el enfrentamiento entre Trump y Zelenski por los ataques de Kiev contra refinerías rusas.

Para evitar esta vulnerabilidad y la dependencia de la tecnología occidental, Putin ha intentado impulsar su propia constelación de satélites, Rassvet. Ahora bien, el programa todavía está lejos de la dimensión de Starlink. Algunos de la treintena de artefactos que se han lanzado se han perdido, otros no han alcanzado la órbita prevista y los análisis señalan que la cobertura que garantizan es intermitente. De los 156 aparatos que Rusia se había propuesto tener operativos a finales de año, actualmente solo ha hecho despegar 32, mientras que el proyecto necesita cientos de satélites para llegar a ser útil.

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