Las últimas iglesias de Kramatorsk
Decenas de fieles del grupo Familia de Dios resisten en la localidad ucraniana y continúan su actividad a pesar de los ataques rusos
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Kramatorsk (Ucrania)"Nacimos en guerra y moriremos en guerra", dice Natasha acompañada de su marido, Leonidas, ambos de ochenta y tres años, en la cuarta planta de un edificio vacío del centro de Kramatorsk. Liena, trabajadora de una de las pocas tiendas de comestibles que quedan en el barrio, intenta convencerles de que abandonen la ciudad, que incluso vivir en un sótano es una condena a muerte: "Si llegan los rusos, lanzarán una granada y preguntarán después si hay alguien vivo". La pareja octogenaria vive atrapada en la incertidumbre de una escasa pensión, entre la aproximación de un frente de guerra que se encuentra a unos nueve kilómetros y la inquietud por los tiroteos diarios y el sonido agudo de los drones que funcionan con fibra óptica que buscan vehículos para destruirlos. A pesar de esta situación en la calle, cada mañana de domingo acuden a la misa que se ofrece en un restaurante abandonado cerca de casa, donde una treintena de personas se congregan para rezar y cantar.
"No fue fácil construir la unidad y lo hicimos en torno a la figura de Jesús", dice el pastor evangelista Iura Ivakhnenko, líder de la comunidad Familia de Dios, que reúne a poco más de 200 fieles. "Muchas iglesias cristianas, como las católicas, ortodoxas o bautistas y pentecostalistas, cerraron las puertas por la peligrosa situación y sus devotos vinieron aquí. Decidimos que nuestro marco de fe sería Jesús, su amor, misericordia y perdón". Iura, de cuarenta y ocho años, ofrece hasta cuatro servicios los sábados y domingos, y se mueve por diferentes partes de la ciudad, llena de redes antidrones y de columnas de humo que a veces emergen por las potentes explosiones de las bombas guiadas. "Tengo colegas en Canadá que me han animado a ir, o a Alemania, pero es aquí y ahora donde me necesitan, y siento que debo llevar la luz de nuestro señor a través de esta oscuridad".
Orar en medio de las bombas
Iura trasladó a su familia hace un tiempo por la imposibilidad de vivir en Kramatorsk, y organizó en locales como supermercados vacíos o escuelas cerradas su congregación. En la capital de la región de Donetsk, donde se producen los combates más intensos de la guerra de Ucrania, casi solo queda una quinta parte de la población y las evacuaciones de los menores de edad son obligatorias. Kramatorsk y Sloviansk son el último reducto que los ucranianos protegen del conocido como cinturón de fortalezas del Donbás, y el ejército ruso ha comenzado desde antes del verano la fase de no dejar piedra sobre piedra, que empieza por el hundimiento de la actividad económica mediante los ataques a comercios, el asesinato indiscriminado de civiles para forzar que se marche la población y la devastación de edificios e instalaciones industriales para dejar las poblaciones en ruinas y comenzar la infiltración de soldados y el combate urbano.
"Estamos aquí y creemos en el milagro, pero confiamos también cuando Dios decide cuándo debemos marcharnos. Arriesgamos, pero debemos ser sabios. Como dice el proverbio, confía en Dios, pero tampoco te equivoques tú", dice el predicador originario de Dnipró. En los cultos en lengua rusa de la Familia de Dios, informan sobre los grupos de evacuación, de los recursos de los que pueden disponer de la comunidad, como algún vehículo o ayudas económicas, y, como dice Iura, "aquí nadie juzga a los demás si toman la decisión de marcharse y abandonar este lugar". Los servicios religiosos de esta comunidad no siguen una liturgia formal: cantan canciones con guitarra, órgano y bajo, los asistentes hablan abiertamente de sus penurias y los abrazos y las donaciones de un paquete de pasta o una barra de pan cierran sus celebraciones de casi dos horas al compás del sonido de fondo de las explosiones que hacen temblar las ventanas tapiadas con maderas. Una cruz pintada en la pared, unos bancos construidos con palets y un proyector donde se muestran los salmos son las herramientas que sirven a sus asistentes para encontrar una especie de consuelo y una expresión accesible al misterio de la probabilidad de ser herido o morir cualquier día.
Fe vs. drones
Las iglesias ortodoxas vinculadas al patriarcado de Moscú en Kramatorsk no se han librado de los ataques rusos, como el caso del templo de la Natividad de San Juan Bautista, destruido el pasado 22 de septiembre con una bomba guiada.
El proyecto Religión en Llamas, que documenta la destrucción de espacios religiosos en Ucrania, ha registrado desde el inicio de la invasión a gran escala, el 24 de febrero de 2022, la destrucción severa o parcial de más de 800 emplazamientos de culto, de los cuales más de 400 están vinculados precisamente a esta rama ortodoxa históricamente ligada a Moscú. Uno de los casos más sonados fue el ataque con drones Shahed y misiles el 15 de junio al monasterio de la Petxerska Lavra de Kiev —un complejo de propiedad estatal cuya gestión religiosa ha pasado formalmente a manos de la naciente Iglesia Ortodoxa de Ucrania, independiente de Moscú—. El impacto destruyó parte del techo de la catedral de la Dormición, catalogada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El pastor protestante sabe que, en caso de dominación rusa, él sería un objetivo, tal como lo han sido colegas suyos asesinados en los territorios ocupados. Unos 67 de diversas confesiones, según la Alianza Internacional para la Libertad Religiosa. "En la época soviética, los sacerdotes ortodoxos oficiales eran delatores, colaboracionistas de los servicios secretos, y ahora se piensan que nosotros hacemos lo mismo, pero como espías de Occidente". A pesar de esta amenaza, en sus homilías hay espacio para rezar por los soldados rusos, "porque detrás de estos robots, de estos drones, hay una persona pilotándolo con un demonio detrás que le susurra que está bien matar, y en nuestra batalla en el mundo espiritual, nosotros rezamos para que pueda cambiar y salvarlo".