El alto el fuego: un titular para encubrir la guerra
Los acuerdos de tregua en Gaza, el Líbano, Irán o Ucrania no han acabado con la violencia sino que la han normalizado
BarcelonaUn alto el fuego es una pausa en la guerra, un momento en que callan las bombas, ya sea para dar un respiro a civiles y militares exhaustos o, en el mejor de los casos, para abrir una oportunidad para la diplomacia. Pero en los últimos meses, en boca de Donald Trump, Vladímir Putin o Benjamin Netanyahu, este concepto se ha vaciado totalmente de contenido hasta convertirse solo en una cortina de humo detrás de la cual continúa la guerra.
En octubre del año pasado Trump declaró la entrada en vigor de un alto el fuego en la Franja de Gaza. Desde entonces el ejército israelí ha matado al menos a 932 palestinos y ha herido a casi 3.000, continúa bloqueando la entrada de ayuda humanitaria (al mismo tiempo que el personal extranjero de las grandes ONG ha sido expulsado) y bombardea diariamente el enclave. El alto el fuego solo existe en los titulares, no en la vida cotidiana de los gazatíes. Lo mismo se puede decir del Líbano, donde a pesar de la existencia de un alto el fuego en vigor con Israel, que el jueves los dos gobiernos acordaron prolongar, los bombardeos y la ocupación israelí en el sur del país no han parado; al contrario, se han ampliado.
El analista indio Vijay Prashad alerta sobre el impacto del uso tramposo del lenguaje: "El mundo cree que hay un alto el fuego, pero las personas que viven bajo los aviones israelíes continúan sintiendo explosiones. La comunidad internacional habla de una transición hacia la paz, mientras el control militar se expande. Los diplomáticos debaten mecanismos de implementación mientras las familias buscan entre los escombros los cuerpos de sus familiares". Y concluye: "Un alto el fuego que permite que los bombardeos continúen deja de funcionar como alto el fuego. Se convierte en un mecanismo mediante el cual la violencia se normaliza mientras se mantiene el lenguaje de la contención".
Normalizar la violencia
Así hemos visto cómo también el alto el fuego entre los Estados Unidos y Irán no ha puesto fin a los ataques cruzados. La prensa ha preguntado desconcertada si esto suponía el regreso a la guerra y tanto Washington como Teherán se han apresurado a quitar hierro a los ataques y a decir que las negociaciones continuaban. Todo ello ha normalizado que países que están en tregua oficialmente se ataquen sin consecuencias.
El presidente ruso, Vladímir Putin, también ha anunciado treguas rituales, normalmente en fechas señaladas, que no ha respetado, como pasó el 9 de mayo cuando se conmemoraba la victoria contra la Alemania nazi o también con motivo de la Pascua ortodoxa. "Son treguas que sirven solo como un simple respiro humanitario, a menudo porque las necesita para rellenar los arsenales o para dar un descanso a las tropas", explica Kristian Herbolzheimer, director del Instituto Catalán Internacional por la Paz (ICIP). El investigador recuerda que para Trump o Putin el alto el fuego cumple esta función performativa, que también tiene que ver con cómo se presentan ante sus opiniones públicas: "Pretenden aparecer como pacificadores y no como señores de la guerra".
Esta banalización del alto el fuego se inscribe en un contexto de desmantelamiento del derecho internacional. Pamela Urrutia, investigadora de la Escola de Cultura de Pau de la UAB, lo constata: "Nos encontramos en un escenario internacional caracterizado por el uso de la fuerza y la impunidad y observamos liderazgos que intentan apropiarse del lenguaje asociado a la paz y pervertirlo. Se habla sin tapujos de «diplomacia de la intimidación», de «paz por la fuerza». En este contexto, algunos de los anuncios recientes de acuerdos de alto el fuego parecen tener más que ver con el afán de presentar resultados desde una lógica que impregna la mediación con una aproximación empresarial. Una lógica de dealmaking más que de peacemaking".
Imposición de la fuerza
Fuentes de la ONU especializadas en mediación alertan que estos acuerdos de alto el fuego no tienen nada que ver con el objetivo de construir la paz, sino que son solo el resultado de la imposición de la fuerza. "Se hacen bajo presión, con amenazas y sanciones, no para parar la guerra sino para responder a intereses económicos o militares muy concretos", afirman.
Como mucho, estas treguas se limitan a una reducción relativa de los niveles de violencia, no a la pacificación. Urrutia alerta que esto supone “el riesgo de normalizar la violencia, que parezca más tolerable, que genere menos alarma y atención internacional, lo que acaba alargando los conflictos”. El resultado es que la población se encuentra atrapada en una situación extraña de “ni paz ni guerra”, y el relato dominante no habla de guerra, sino de complicaciones inevitables de un proceso de paz. La diplomacia habla un lenguaje que no tiene nada que ver con la realidad. La población civil continúa sufriendo, pero nadie se da cuenta.
Poco a poco se normaliza una inestabilidad permanente: las guerras ya no tienen un inicio y un final, sino que se perpetúan bajo diferentes niveles de intensidad. No se ponen sobre la mesa soluciones políticas y simplemente se espera que la población se adapte a la incertidumbre. Esto también, alerta Prashad, tiene implicaciones para el derecho internacional: “La Carta de las Naciones Unidas se construyó sobre distinciones que se consideraban importantes: guerra y paz, ocupación y soberanía, población civil y combatientes, alto el fuego y hostilidades activas. Hoy, muchas de estas categorías se encuentran cada vez más difuminadas”.