Guerra en pausa en una de las ciudades más antiguas del Mediterráneo
Los bombardeos israelíes han castigado con dureza Tiro, en el sur del Líbano y con un valor patrimonial excepcional
TiroEl pescador remienda las redes en el puerto fenicio de Tiro mientras unos niños se tiran al agua desde el muelle. A pocos metros, las terrazas vuelven a abrir y algunos visitantes libaneses han regresado a las playas. A primera vista, parece que el verano ha vuelto a una de las ciudades habitadas más antiguas del Mediterráneo.
Pero basta con caminar unos minutos hacia el este para encontrarse con otra realidad. Las columnas y sarcófagos de la necrópolis romana de Al-Bass marcan una frontera invisible. Justo al otro lado, varios edificios todavía están reducidos a escombros por los bombardeos israelíes. La onda expansiva llegó hasta las puertas del barrio histórico, pero se detuvo antes de llegar a los antiguos barrios cristianos de la ciudad vieja, un pequeño laberinto de callejones empedrados y de casas de piedra que durante meses se consideró una excepción en la guerra.
En Tiro, eran muchos los que creían que había un límite que nadie cruzaría, pero este límite acaba de desaparecer. Por primera vez desde el inicio del conflicto, el ejército israelí también incluyó los barrios cristianos en una orden de evacuación, alegando la presencia de combatientes de Hezbollah en la zona. Finalmente, no hubo ataques en el barrio viejo, pero bastó con la advertencia para romper una de las últimas certezas de sus habitantes. Parece que ya no existe ningún lugar protegido.
"Antes había un cierto respeto hacia los cristianos. Ya no", dice Tanus Abed, el mukhtar o representante vecinal de la ciudad vieja, mientras recorre las estrechas calles junto al puerto. Cada mañana vuelve a abrir su pequeña tienda. Dentro, una imagen de San Charbel y unas cuantas velas recuerdan la profunda identidad cristiana de una comunidad cada vez más pequeña. Muchos de los vecinos han abandonado la ciudad durante la guerra.
"No hemos vuelto porque nos sintamos seguros. Hemos vuelto porque es nuestra casa. Intentamos recuperar nuestra vida y volver a la normalidad, aunque nadie sabe qué nos depara el mañana". La incertidumbre se percibe en cada rincón del barrio viejo. Algunas puertas continúan cerradas y los pisos que acogieron a las familias desplazadas durante los meses de guerra se empiezan a vaciar. Las conversaciones terminan siempre de la misma manera. Nadie sabe cuánto durará la calma. Durante meses, miles de familias del sur encontraron refugio en estos barrios cristianos. Muchos procedían de aldeas fronterizas como Marjaayoun, Rmeish o Ain Ebel, convencidos de que Tiro era uno de los pocos lugares donde aún podían sentirse protegidos.
Entre ellos estaba Wafa Al Darwish. Su casa, en Dahira, quedó destrozada por los bombardeos y hoy vive en una habitación alquilada en la ciudad vieja. En el móvil conserva las fotografías de la casa donde creció y que ahora es un montón de escombros. "Solo quiero vivir en paz. Quiero paz para los libaneses y para los israelíes. Dios es amor y nos enseñó a vivir juntos, seamos cristianos, musulmanes o judíos". La posibilidad de tener que huir por segunda vez la aterra.
"Cuando volvimos después de la tregua pensábamos que lo peor se había acabado", explica Tina, desplazada que volvió a Tiro apenas hace una semana. "Esta vez ha sido más duro porque ya habíamos vuelto a casa y pensábamos que se había acabado todo". El miedo no es solo perder una casa. Para muchos cristianos del sur del Líbano, el temor es por una nueva oleada de desplazamiento permanente que acabe vaciando unas comunidades que hace casi dos mil años que viven en la región.
"La gente tiene miedo de venir"
La sensación es especialmente intensa en Tiro, donde el patrimonio y la vida cotidiana se mezclan en apenas unos cientos de metros. La guerra llegó hasta la misma puerta de uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del Mediterráneo. Dos edificios situados junto a la necrópolis de Al-Bass quedaron destrozados por los bombardeos y desde los tejados cercanos todavía se pueden ver las marcas de las explosiones.
El arzobispo griego ortodoxo de Tiro, Elias Kfoury, asegura que la destrucción que ha sufrido el sur del país no tiene precedentes. "Esta es la ronda más dura. No ha perdonado ni a las personas, ni a las piedras, ni a los lugares de culto".
Desde la terraza del café Al-Fanar, junto al histórico faro de Tiro, el Mediterráneo parece en calma. Las mesas, sin embargo, están casi vacías. "Cada verano, este lugar estaba lleno de visitantes", recuerda su propietario, Walid Salha. "Turistas, diplomáticos, periodistas. La ciudad vivía de esto. Ahora la gente tiene miedo de venir".
Otra temporada perdida podría ser devastadora para muchos negocios de esta ciudad que vive del mar, de la pesca y del turismo. La frágil calma coincide además con un momento político decisivo. Las negociaciones directas entre el Líbano e Israel en Washington han reavivado las esperanzas de un mecanismo más estable de desescalada y de un alto el fuego duradero.
Pero por los callejones del barrio viejo el optimismo es escaso. Los habitantes del sur del Líbano han visto romperse demasiadas treguas. El alto el fuego del pasado sábado ya es el sexto desde que comenzó la guerra y pocos se atreven a pensar que esta vez será diferente.
Cuando cae la tarde, los pescadores vuelven a salir al mar desde el antiguo puerto fenicio. La ciudad vieja de Tiro ha sobrevivido a imperios, invasiones y terremotos. Hoy vuelve a respirar bajo un nuevo alto el fuego. Pero por sus callejones no hay nadie que sepa cuánto durará la calma.