En un Irán amenazado por Trump, las protestas se esparcen y desafían al régimen
Teherán deja el país sin internet ni telefonía móvil para intentar apaciguar una ola de manifestaciones de una magnitud inédita
BeirutIrán ha afrontado este viernes el decimocuarto día consecutivo de protestas en un contexto de apagón casi total de internet y telefonía móvil, que se ha convertido en el principal instrumento del régimen para contener una movilización que, pese a la represión, no muestra señales de agotamiento. Aislado informativamente del exterior, el país vive una de las fases más tensas de contestación social de los últimos años.
El jueves por la noche el régimen reforzó su estrategia de control informativo con un corte generalizado de las comunicaciones que redujo la conectividad a mínimos históricos, según monitores internacionales. El objetivo oficial es frenar la "coordinación de altercados", pero el apagón impide documentar abusos y debilita la protesta.
Pocas horas después, el líder supremo, Ali Jamenei, endureció el tono. En un discurso retransmitido por los medios estatales, acusó a los manifestantes de actuar al servicio de potencias extranjeras, con referencias explícitas a Estados Unidos y al presidente Donald Trump, y aseguró que el estado "no retrocederá". El Consejo Supremo de Seguridad Nacional defendió el uso de medidas "excepcionales", consolidando así una respuesta basada en la fuerza y el control.
Las protestas no cesan
Sobre el terreno, sin embargo, la contención es incompleta. Persisten protestas en Teherán, Mashad, Isfahán, Shiraz, Zahedan y en varias zonas del oeste de mayoría kurda. Las movilizaciones, frecuentemente nocturnas, combinan consignas contra el régimen, incendios de símbolos oficiales, cierres comerciales y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Universidades y barrios periféricos siguen siendo foco clave, pese al despliegue policial y de unidades vinculadas a la Guardia Revolucionaria.
El balance humano sigue siendo incierto. Organizaciones de derechos humanos y redes de monitorización independientes estiman entre 40 y 45 muertes desde el inicio de las protestas, incluyendo a menores, ya más de 2.000 detenidos. Se ha documentado el uso de munición real, perdigones y gases lacrimógenos, así como detenciones en hospitales y presiones sobre personal sanitario para identificar a manifestantes heridos. La ausencia de datos oficiales y el apagón informativo impiden una verificación completa.
El detonante inmediato de la crisis ha sido el económico. La rápida depreciación del rial, una inflación persistente y el deterioro del poder adquisitivo empujaron a miles de iraníes –de todos los sectores de la sociedad– a las calles a finales de diciembre. Sin embargo, como en ciclos anteriores de protestas, el malestar material ha derivado en una contestación política más amplia, con consignas que cuestionan directamente a las élites gobernantes y al sistema político.
Entre los opositores en el exilio, el príncipe Reza Pahlavi, nieto del sha, ha llamado a mantener la movilización ya la desobediencia civil. En un mensaje publicado este viernes en X, advirtió sobre la represión y el apagón de comunicaciones y pidió al presidente Trump que intervenga para proteger a los manifestantes; aseguró que la presión internacional ha contenido temporalmente la violencia, pero que "el tiempo es crítico" para evitar nuevas muertes.
A diferencia de episodios previos, el movimiento actual destaca por su extensión territorial y social. No se limita a los grandes centros urbanos ni a un solo grupo generacional. Estudiantes, comerciantes, trabajadores precarios y sectores empobrecidos participan de forma simultánea, sin una estructura jerárquica ni un liderazgo visible.
EEUU e Israel lo miran de cerca
En el plano internacional, la crisis es seguida con atención por Washington y Jerusalén, aunque con lecturas distintas. Para Estados Unidos, las protestas reabren el dilema entre presión retórica y no intervención directa. La administración de Trump condenó la represión y defendió el derecho a manifestarse, pero evita cualquier gesto que pueda reforzar la narrativa iraní de una injerencia extranjera, consciente de que una implicación más visible podría legitimar una escalada represiva. Sin embargo, Trump dijo que tomaría medidas contra el régimen si reprimía en exceso a los manifestantes.
Para Israel, la inestabilidad interna en Irán introduce una variable adicional en un momento de alta tensión regional. Si bien las autoridades israelíes se abstienen de pronunciamientos directos sobre las protestas, observan con atención cualquier debilitamiento del régimen iraní que pueda afectar a su política regional, en particular al apoyo de Teherán a actores armados en Líbano, Siria y Gaza. Al mismo tiempo, una reacción más agresiva del régimen iraní, interna o externamente, podría traducirse en un endurecimiento de su postura estratégica frente a Israel.
Catorce días después, el pulso sigue abierto. El régimen apuesta por el aislamiento, la disuasión y la fuerza, mientras los manifestantes mantienen una capacidad de resistencia que desafía a los mecanismos tradicionales de control. Más allá de su duración, la movilización plantea hasta qué punto un sistema político fortalecido en su aparato de control puede sostenerse ante una contestación social que va más allá de la cuestión económica y desafía a su legitimidad.