Un Líbano incapaz de desarmar a Hezbollah muestra la debilidad institucional del país

La falta de seguridad en el país agrava la fragilidad de Beirut, que se debate entre la diplomacia con Israel y la presión de la milicia chií

03/05/2026

BeirutLas negociaciones abiertas entre el Líbano e Israel, impulsadas bajo presión estadounidense después de la nueva escalada militar –que ha dejado más de 2.500 muertos en el Líbano–, han reactivado una fractura estructural que Beirut nunca ha logrado resolver: ¿Quién decide sobre la guerra y la paz en el país? La respuesta, hoy como ayer, continúa siendo ambigua.

El presidente, Joseph Aoun, y el primer ministro, Nawaf Salam, han apostado por una vía diplomática que incluye contactos directos, inéditos en décadas, con Israel. Pero esta apuesta se desarrolla en un terreno minado. No solo por el rechazo frontal de la milicia chií Hezbollah, sino también porque el mismo estado libanés no dispone de los instrumentos políticos y coercitivos para imponer su estrategia.

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"La paradoja libanesa es que el gobierno negocia sobre un conflicto que no controla", resume Abdel Salam Ahmad, del Centro de Estudios Estratégicos de Beirut. "No marca la agenda ni los tempos, sino que responde a dinámicas externas en lugar de dirigirlas".

El episodio que ilustra mejor esta fragilidad fue el anuncio unilateral del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sobre un supuesto contacto directo entre Aoun y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. La iniciativa, comunicada sin coordinación previa con Beirut, desató desconcierto en el palacio presidencial y evidenció hasta qué punto las decisiones clave se toman fuera del país.

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Este desequilibrio se reproduce en el mismo contenido del alto el fuego. Aunque ha permitido una pausa relativa en los combates, sus términos consagran una asimetría. Israel mantiene libertad de acción bajo el argumento de la "legítima defensa", mientras que el Estado libanés asume compromisos de contención, especialmente en lo que respecta a Hezbollah, sin garantías equivalentes.

Para el coronel retirado George el-Khoury, esta postura es insostenible a medio plazo. "No se puede pedir al estado que desarme a Hezbollah mientras Israel continúa operando en territorio libanés. Esto no es una negociación, es una imposición escalonada", señala. A su parecer, el riesgo no es solo el fracaso diplomático, sino también una fractura interna si el ejército se ve empujado a confrontar el movimiento chií.

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El desarme de Hezbolá, exigido por Washington e Israel como condición para cualquier acuerdo duradero, concentra todas las contradicciones. En teoría, el gobierno insiste en poner todas las armas bajo control del estado, pero en la práctica este objetivo choca con una realidad política y militar asentada durante décadas.

No solo por la negativa de Hezbolá, sino por sus efectos colaterales sobre la misma estructura del estado. "Forzar este proceso sin consenso podría provocar una implosión institucional", advierte el-Khoury. "El ejército libanés es una institución nacional, pero también es un reflejo del equilibrio sectario. Si se le ordena enfrentarse a Hezbolá, el riesgo de fractura interna es real".

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El precedente pesa. Durante la guerra civil, las fuerzas armadas se fragmentaron siguiendo líneas confesionales, hecho que debilitó aún más al estado y prolongó el conflicto. Hoy, aunque el contexto es diferente, la posibilidad de una descomposición similar no se descarta en los círculos de seguridad.

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Hezbollah no es únicamente una milicia. Es un actor político central, con representación institucional y una base social arraigada, especialmente en la comunidad chiita. Su aparato militar, además, supera en capacidades a las mismas fuerzas armadas libanesas en determinados ámbitos.

La ficción de la entrega de las armas

Mohamed Obaid, experto en Hezbolá y cercano a sus círculos políticos, rechaza frontalmente la lógica del desarme en el contexto actual. "Hablar de entregar las armas mientras el país está bajo amenaza es una ficción peligrosa. La resistencia no es un detalle negociable, es un elemento estructural del equilibrio interno", sostiene. Para Hezbolá, las negociaciones directas con Israel "no son una herramienta para estabilizar el país, sino un vector de presión externa que busca alterar el equilibrio interno en su contra", matiza.

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Las declaraciones recientes de dirigentes del movimiento advirtiendo contra una "normalización encubierta" reflejan esta percepción. Pero también apuntan a un pulso político más amplio. La crítica ya no se limita al gobierno, sino que se dirige directamente contra el presidente Aoun, acusado de traspasar líneas rojas históricas.

"La cuestión no es solo si hay que negociar o no con Israel", apunta el experto cercano a Hezbolá. "Es bajo qué mandato interno se hace. Sin un mínimo de consenso nacional, cualquier acuerdo será percibido como ilegítimo por una parte significativa del país", añade.

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Este déficit de legitimidad se agrava por el contexto regional. La guerra en Líbano no se puede aislar del pulso entre Estados Unidos, Irán e Israel, y la tregua reciente refleja más este equilibrio externo que una iniciativa libanesa. En este marco, el margen del estado es reducido y queda atrapado entre la gestión de su soberanía, la presión para evitar una nueva escalada y unas demandas internacionales difíciles de conciliar con sus divisiones internas.

La presión para acelerar el desarme, en este contexto, aparece desconectada de la realidad sobre el terreno. "Si se intenta imponer por la fuerza, no habrá desarme. Habrá caos", advierte Obaid.

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El resultado es una elección sin salida clara entre una negociación externa sin resolver su fractura interna, o intentar recomponer un consenso nacional bajo presión militar. Y ambas conducen a la misma paradoja: que un intento de reforzar el estado acabe debilitándolo aún más. Pero en Líbano esto no es una excepción. Es parte de su historia.