Protestas en Irán

Prudencia en Oriente Medio ante una eventual caída del régimen de Teherán

Tanto los países árabes como Israel y Turquía temen un posible vacío de poder en el país persa

18/01/2026

BeirutLas protestas que sacuden a Irán y la presión internacional sobre el régimen de los ayatolás han abierto una hipótesis que hasta hace poco parecía remota: el fin de la República Islámica surgida en 1979. Esta posibilidad no sólo redefine el equilibrio interno iraní, sino que obliga a los actores regionales a anticipar un escenario sin uno de los pilares que ha estructurado la política del Oro. Más que una expectativa de cambio inmediato, la región se enfrenta a la perspectiva de una transición incierta, cuyas consecuencias van mucho más allá de las fronteras del país.

En los países del Golfo, la actitud predominante es la prudencia. Arabia Saudí, Qatar y Omán han intensificado los contactos diplomáticos para evitar tanto una escalada militar directa como un repentino colapso del Estado. El argumento central es doble: por un lado, una guerra afectaría a los mercados energéticos globales; por otro, una caída desordenada del régimen abriría un vacío de difícil poder gestionar. Riad, que recientemente debe retomado relaciones con Teherán tras años de rivalidad abierta, advirtió a Washington de los riesgos de reproducir escenarios como los de Libia o Siria, donde la intervención exterior precipitó la fragmentación del Estado y conflictos prolongados.

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El temor al vacío de poder se extiende más allá del Golfo. La experiencia de las guerras civiles de la última década ha instalado entre las capitales árabes una preocupación compartida: la caída de un régimen autoritario no implica necesariamente la emergencia de un orden estable. En este cálculo, Irán representa no sólo una potencia ideológica, sino también una estructura estatal cuya implosión tendría efectos en cadena sobre redes políticas, militares y económicas que hoy atraviesan varios países de la región.

Líbano es el caso más inmediato. Hezbollah, construido como una proyección directa de la revolución iraní, depende en gran medida del apoyo político, financiero y doctrinal de Teherán. Una caída de la república Islámica implicaría la pérdida de su patrocinador estratégico y aceleraría un debate ya abierto en Beirut sobre el futuro de su arsenal y su papel dentro del sistema político.

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Privado de transferencias que durante años han alcanzado cifras cercanas a los mil millones de dólares anuales, el movimiento debería optar entre transformarse en un partido plenamente integrado en la institucionalidad libanesa, reducirse a una fuerza armada local con capacidades limitadas o fragmentarse internamente. La competencia con el grupo Amal por el liderazgo de la comunidad chií, hasta ahora contenida por acuerdos de reparto de influencia, podría reactivarse. Para el equilibrio libanés, la incógnita no es sólo si Hezbollah sobreviviría, sino en qué forma y bajo qué correlación de fuerzas.

El pragmatismo de Ankara

Turquía observa la crisis iraní desde una lógica pragmática. Ankara ha evitado posicionarse abiertamente tanto junto a los manifestantes como de la represión, y se opone a una intervención militar extranjera. Sus intereses son concretos: Irán es proveedor de gas, socio comercial y vecino fronterizo en una región ya saturada de conflictos. Un colapso iraní podría generar nuevos flujos de refugiados hacia territorio turco y alterar el delicado equilibrio kurdo a ambos lados de la frontera. Por eso, la diplomacia turca se presenta como intermediaria y promotora de la desescalada, con el objetivo de mantener capacidad de influencia independientemente del desenlace a Teherán.

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En Irak, una eventual desaparición del régimen iraní tendría un impacto directo sobre el entramado de milicias y partidos que, desde 2003, se han consolidado bajo su patrocinio. Las Fuerzas de Movilización Popular, muchas de ellas vinculadas a la Guardia Revolucionaria, podrían perder coordinación, financiación y dirección estratégica. Esto abriría una fase de reajuste interno entre actores chiíes, kurdos y suníes, en un Estado que aún lucha por consolidar sus instituciones y donde no se descarta el riesgo de fragmentación o de enfrentamientos entre facciones armadas.

Para Israel, la hipótesis de una caída de los ayatolás plantea un dilema estratégico. La República Islámica ha sido durante décadas su principal adversario regional, tanto por su programa nuclear como por el apoyo a Hezbollah ya otras milicias armadas. Su desaparición eliminaría ese eje hostil, pero abriría interrogantes sobre el control de las capacidades militares acumuladas por Irán y sus aliados.

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Ante estas incertidumbres, la oposición iraní en el exilio proyecta un escenario alternativo. El príncipe Reza Pahlavi ha presentado una hoja de ruta que incluye el fin del programa nuclear militar, la renuncia al apoyo a grupos armados regionales y la normalización diplomática con Occidente. Su propuesta dibuja un Irán reintegrado en los mercados energéticos globales y con instituciones abiertas en el capital internacional. Por ahora, se trata de una visión teórica, sin claridad sobre los mecanismos de transición ni sobre el equilibrio interno de fuerzas que podría sostenerla.

Así, el posible final de la República Islámica se perfila menos como un punto de llegada que como el inicio de una reconfiguración profunda. Entre expectativas de cambio y miedo al caos, los actores regionales se preparan para un escenario sin recientes precedentes. La cuestión central no es únicamente si el régimen iraní caerá, sino cómo se gestionará al día siguiente. En esta respuesta se jugará una parte sustancial del futuro equilibrio de Oriente Medio.