¿La "receta asiática" se puede aplicar en África?

En 2013 el periodista Joe Studwell publicó el libro How Asia works, una explicación de cómo Japón, Corea del Sur y Taiwán –y, en parte, China– se habían convertido en países ricos. El libro de Studwell se convirtió en lectura canónica para entender la “receta asiática”. Un lector apasionado del libro fue Bill Gates, que se reunió con Studwell y le preguntó qué opinaba del desarrollo de África. Studwell le dijo que no conocía nada de este continente. Poco después, los gobiernos de Etiopía y Ruanda le invitaron a reunirse para hacerle preguntas sobre cómo aplicar la receta asiática a sus países. Studwell acabaría dedicando los siguientes años de su carrera a investigar el desarrollo de África. Hace pocos meses, ha publicado How Africa works, donde se pregunta si las economías africanas pueden convertirse en países prósperos como Japón o Corea. La “receta asiática” que explica Studwell consta de tres pasos, que se repitieron en todas las economías desarrolladas de Asia Oriental. En primer lugar, reforma agraria: la tierra no es de terratenientes ni del estado, sino que se redistribuye a nivel familiar. Curiosamente, esta política la implementaron en Asia Oriental gobiernos anticomunistas –pero pragmáticos– con el apoyo de los Estados Unidos. En segundo lugar, promoción de la manufactura: el estado apoya a las nuevas industrias, pero a condición de que tengan éxito exportando al exterior. De aquí nacieron multinacionales como Hyundai, Samsung o TSMC. Finalmente, en el modelo asiático, el estado tiene un fuerte control del sistema financiero, imponiendo controles de capitales, y orienta la inversión al sector de la pequeña agricultura y la manufactura. Todos estos pasos los hicieron gobiernos fuertes con un liderazgo que tenía como objetivo estratégico el desarrollo económico.En How Africa works, Studwell explica que el principal obstáculo que ha tenido África para desarrollarse no ha sido político, sino demográfico. África solamente ha conseguido ahora la densidad de población que tenía Asia en los años cincuenta. Una baja densidad de población genera pocos mercados y demanda, mano de obra cara y poco retorno en inversión en infraestructura. África, además, sufrió un modelo colonial con poca inversión y especialmente extractivo. Cuando los países africanos consiguieron la independencia, casi no tenían experiencia en hacer política a escala nacional.Pero Àfrica, desde entonces, ha mejorado y tiene diversos casos de éxito, que en parte han aplicado pasos de la receta asiática. Botswana y Mauricio son los ejemplos más pioneros. Los más recientes son Etiopía –su líder, Meles Zenawi, era un estudioso del modelo asiático– y Ruanda –donde el caso de Singapur es el ejemplo a seguir–. Todos estos casos han tenido éxito, en buena parte, gracias a que sus gobiernos apostaron por “coaliciones pro desarrollo” donde diversos grupos étnicos se pusieron de acuerdo en priorizar la economía. Studwell ve con optimismo el futuro de África en general: el sector de la agricultura es el gran motor de crecimiento y empiezan a aparecer iniciativas industriales exitosas, en buena parte gracias al sector privado. El autor cree que África dejará de ser el “continente fracasado” para parecerse más a Asia, donde las decisiones políticas crearán tanto casos de éxito como de fracaso.