¿Habrá golpe de estado en Rusia?

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El presidente de Rusia, Vladímir Putin, en una imagen de archivo
09/10/2026 - 07:01 h
Periodista

En un artículo a finales de mayo, el profesor británico Timothy Garton Ash, buen conocedor de Rusia, detectaba síntomas de debilidad en el régimen de Putin. “Ningún dictador dura eternamente”, escribía Garton Ash, y a la vez nos advertía que sería imprudente pensar que el final de la dictadura está cerca.

Con todo, sí que se confirman algunos de los escenarios surgidos de las neuronas del profesor de Oxford: Putin ha emprendido una huida hacia adelante de ritmos cada vez más intensos. Los bombardeos contra Kiev son cada vez más frecuentes y más crueles, sobre todo por el balance de víctimas civiles. Queda claro que el Kremlin querría ver la capital ucraniana convertida en una ciudad medio destruida que empieza a vaciarse. La guerra, pues, bascula a estas alturas hacia la vertiente más destructiva, en Ucrania, y más intimidatoria, hacia amplias zonas de la Unión Europea fronterizas con Rusia, víctimas de otra guerra, la híbrida.

“Solo la muerte o Rusia pueden disponer de Putin”, proclamaba Timothy Garton Ash, como quien anuncia quién o qué puede echar a Putin, pero no cuándo. Con todo, las acciones del tirano nos dicen que su huida hacia adelante, rellena de crueldad, evidencia la prisa que tiene: la prisa de un hombre mayor y envejecido, con veintiséis años en el poder, a quien se le está quedando a medio hacer su obsesivo proyecto de restaurar la grandeza imperial de Rusia.

Para conseguirlo no se ha estado de hacer mutar la rivalidad con los EE. UU. en una especie de asociación, en medio de la cual él y Trump se presentan como la mejor garantía de resquebrajar Europa, y si es necesario destruirla. Pero el proceso tiene inesperadas frenadas y sacudidas como la guerra de Irán, que no se acaba porque el amigo americano no dispone de mecanismos de cálculo geopolítico y geoestratégico como los del viejo kagebista soviético. Algunas de las piezas clave del Kremlin ya no confían en que la asociación Trump-Putin pueda llegar a ninguna parte. Lo ven lejos de la realidad, al menos en la realidad de los próximos tiempos. De ahí la prisa del dictador, los bombardeos contra Kiev y los drones contra la Europa del Este.

Dejó escrito la pensadora estadounidense-judía Hannah Arendt que “un sistema totalitario solo puede ser derrocado desde dentro, no con una revolución, sino con un golpe de estado”. Y una revolución en la Rusia putinista no es ahora mismo imaginable con la gente abducida por el miedo, la ignorancia, la indiferencia, la intoxicación propagandística y la resignación. El potencial democrático dispuesto a plantar cara a Putin y expresarlo en la calle apenas llegaría al 25% de la población rusa. Así pues, descartada la revuelta, tendríamos que medir cuántos rivales, adversarios y enemigos, con libre entrada al Kremlin y a los cuarteles militares, tienen a Putin en el punto de mira. Y, sumados, cuánta fuerza pueden desplegar hasta conseguir el acoso del tirano. Uno de los detonantes de una conspiración o de un golpe es –hay que no perderlo de vista– el factor económico: la persistencia de las sanciones occidentales como castigo a una guerra que en cuatro años y medio ha provocado la huida de miles de ciudadanos rusos sin conseguir ni mucho menos el gran objetivo anunciado en febrero de 2022: la ocupación de Ucrania.

¿Habrá golpe de estado en Rusia o, cuando menos, una conjura del establishment como la que echó del poder a Nikita Jrushchov en 1964? Timothy Garton Ash cree que sí, pero no se atreve a decir cuándo. Sí que el profesor británico no deja de recordarnos qué es lo que puede hacer más daño al dictador ruso: “El único idioma que Putin entiende de verdad es la fuerza militar y económica ejercida con voluntad política”.

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