Putin vuelve a tambalearse
No es nada habitual ver a Putin hacerse responsable de errores políticos o militares con palabras equivalentes a una autocrítica. Como por ejemplo reconocer que los drones ucranianos están poniendo a Rusia en dificultades. Lo dijo hace solo diez días. El jefe del Kremlin prometió con tono de humildad seguridad a los rusos. Ciudadanos que desde hace semanas se ven abocados a soportar alarmas aéreas, explosiones de drones y la sorpresa de descubrir la escasez de combustible para sus vehículos. Sobresaltos que se añaden a cifras que ya no se pueden ocultar ni en las cocinas, ni en los patios interiores, ni en las aceras de la calle: medio millón de soldados rusos podrían haber muerto en la guerra de Ucrania según los últimos datos de los servicios de inteligencia británicos.
Queda claro que la autocrítica presidencial es un tacticismo calculado –de eso Putin sabe mucho– para acercarse a la sociedad y amortiguar sus tensiones y, al mismo tiempo, apaciguar al resto de poderes fácticos con quienes cohabita dentro del aparato del estado. De la misma manera que hay que preguntarse si la gente que ha votado masivamente a Putin duda ahora entre plantarle cara o bien resignarse a hacer lo que diga el amo del Kremlin. Todo esto con indicios de que ambas partes –el poder y la sociedad– saben perfectamente lo que piensa uno del otro. Putin tiene claro que una mayoría de rusos no tiene más remedio que tragarse sus falsedades. Como explica el escritor Mijaíl Shishkin, se trata de una sociedad en la que la ausencia permanente de valores democráticos la ha empujado a mentir para protegerse. Y más aún en medio de una guerra. El poder sabe que los ciudadanos –los “servidores”—mienten a pesar de que hacen ver que se creen las mentiras del poder. Y, además, saben que el poder lo sabe.
No han pasado ni dos meses desde que el Financial Times y la CNN hablaban de “serias posibilidades de golpe de estado en Rusia”, y nada hace pensar que las tensiones dentro del aparato del estado se hayan apaciguado. Vladímir Putin continúa sospechando que el suelo se le mueve bajo los pies, y por eso ha desplegado su discurso autocrítico. Hay la sensación de que todo el tiempo que hemos ido perdiendo en Ucrania, el presidente ruso intenta recuperarlo en casa. Emprendiendo un recorrido durante el cual, mientras ataca tanto como puede a Ucrania –como el bombardeo sobre Kiev la madrugada del jueves– intenta fabricar un baño de multitudes y subirse a él aprovechando que el 20 de septiembre hay elecciones parlamentarias.
En abril, según las encuestas más solventes, el partido putinista Rusia Unida a duras penas llegaba al 29%, y mira tú por dónde, las encuestas de junio le atribuyen el 46% y la mayoría absoluta de escaños. ¿Qué credibilidad tienen estos porcentajes? ¿Y qué garantías hay de que el próximo hemiciclo de la Duma no continúe siendo un simulacro de los plenarios del antiguo comité central del PCUS, donde el sovietismo ultra y el ultranacionalismo siempre tenían mayoría superabsoluta?
¿Estamos de verdad viviendo los últimos tiempos del putinismo? Timothy Garton Ash, el profesor británico que mejor lo ha estudiado, cree que sí, pero no se atreve a poner fechas. Garton Ash cree que la caída de Putin depende en gran medida del apoyo de Europa a Ucrania. Otros factores necesarios serían no sobreestimar Rusia e intensificar la presión económica para disuadirla. Sin perder de vista que hay “otra Rusia” en formación, antiputinista, liberal y democrática, con quien hay que contar y a quien hay que ayudar. La síntesis del pensamiento de Timothy Garton Ash sobre el momento es esta: el único idioma que Putin entiende es la fuerza militar y económica ejercida con voluntad política.