'In vitro' no encuentra su ADN
El lunes TV3 estrenaba In vitro, una serie que se desarrolla en una clínica de fertilidad. Una idea innovadora y que, inevitablemente, obliga a jugar entre la comedia y el drama. Por una parte, el humor propio de los ambientes laborales y todo lo que tiene que ver con el sexo y la intimidad de la pareja y, por la otra, el sufrimiento que rodea las dificultades para engendrar a una criatura. Se suman, también, las miserias humanas alrededor de las expectativas sobre la descendencia y el universo femenino en situaciones hormonales complejas. Emerge también un aspecto común en buena parte de las ficciones contemporáneas: la normalización de una inmadurez y una infantilización de los personajes que potencia el drama de cualquier circunstancia, por insustancial que sea. Todo ello, un contexto muy fértil para construir la ficción. In vitro pide, o mejor dicho, suplica al espectador una buena dosis de condescendencia con la verosimilitud. Una cosa es la realidad de los procesos reproductivos y la otra, muy diferente, que las acciones de los personajes sean poco creíbles: una investigadora engañando a estudiantes de música para que den unos óvulos que satisfarán los anhelos de una pianista, o una abnegada esposa que intenta meter el semen de su marido en un bote, sin que se dé cuenta, con una pajita furtiva en su despacho de abogado. Los huevos fritos y los plátanos se convertirán en elementos simbólicos para potenciar este caldo de cultivo cigótico.
La serie cuenta con un elenco muy atractivo para la audiencia, pero las interpretaciones son más bien justitas, y no por culpa de los actores. La dirección es deficiente porque no está bien definido el tono de comedia que se busca. No encuentra su ADN. Hay veces que parece que derive en un humor más deslenguado de sitcom, otras en la desenvoltura propia de una comedia ligera y a veces en un humor más cáustico propio de ficciones médicas. Esto hace que el tono sea errático y tanto los actores como sus personajes estén desorientados a la hora de adaptarse a él. Navegan entre el histrionismo y el naturalismo. Es como si cada secuencia les obligara a un ejercicio diferente. Los diálogos no ayudan. Se percibe la mecánica de la escritura y subraya más las ocurrencias de los guionistas que la espontaneidad de las intervenciones. Algunos personajes, más que arquetípicos, caen en una caricatura. Se comportan como si fueran conscientes de que forman parte de una comedia televisada. Quizás por la lógica del argumento, los personajes femeninos devienen más luminosos que los masculinos. Ellas son el motor que hace mover los engranajes. La serie ha bautizado al personaje que interpreta María Pujalte como Ángela Veiga. Se intuye un guiño a la doctora Anna Veiga, pionera de la reproducción asistida que consiguió el primer nacimiento por fecundación in vitro en España. Teniendo en cuenta la amargura del personaje, es de aquellos homenajes que quizás no hacen tanta ilusión.
In vitro tiene instantes con los matices de quien ha atravesado la experiencia de la reproducción asistida, pero también los sobresaltos de un laboratorio creativo que todavía no ha tropezado con la fórmula.