El drama de Loles León
Cuando un programa arranca con el presentador gritando a los espectadores de casa como si no oyeran, ya intuyes que el espectáculo no será muy exitoso. Es lo que pasó este pasado domingo con Zero dramas, el nuevo talk show de La 2 presentado por Loles León. Como el estreno coincidía con el Día de la Mujer y el formato tenía un enfoque feminista, la mesa inicial ya provocaba estupor al descubrir en ella, sentado, a Santiago Segura. El actor y director de Torrente desarrollaba un discurso filosofeminista que te obligaba a malgastar grandes dosis de indulgencia para soportarlo. El resto de invitadas eran la creadora de contenido Marina Rivers, la modelo Alba Carrillo y la actriz Petra Martínez. Las sinergias del amiguismo eran evidentes. El programa reproducía un patrón fácilmente reconocible de los formatos que se autodefinen como feministas, pero que están pensados y dirigidos por hombres: la etiqueta editorial acaba siendo víctima de la caricaturización y la simplificación. Desde unas invitadas escogidas según un criterio de representación por edades hasta un discurso cargado de temas tópicos y con lo que llaman frescura humorística. Es decir, un feminismo que se limita a hablar de lo que tradicionalmente se asocia a la feminidad y a hacerlo con un tono divertido. La presión estética, la maternidad, la menopausia o el machismo fueron un aluvión de originalidad e innovación. Loles León aprovechó para desmentir a la audiencia que se hubiera hecho una vaginoplastia, como si la noticia hubiera provocado algún tipo de sacudida nacional. Ahora que ya sabemos que tiene la vagina en su estado originario podemos continuar con nuestra vida más tranquilos. El guion se estructuraba en preguntas supuestamente provocadoras, con interrogantes tan desconcertantes como “¿Los machirulos son tan machos que necesitan someter a las mujeres?”. Lo anunciaban como “la pregunta bomba” quizás porque era tan absurda que te hacía estallar la cabeza: preguntaban si el machismo actuaba de manera machista. Una tautología reduccionista y sin sentido que quizás creyeron que funcionaba como gancho televisivo, pero que evidenciaba la insustancialidad del contenido. Se incluían fragmentos de vídeos de la masclósfera desde la morbosidad más innecesaria y se planteaban concursos como adivinar qué cremas de belleza eran auténticas y cuáles falsas, como por ejemplo un ungüento fabricado con semen de ballena. Loles León anticipaba el consultorio con una sexóloga advirtiendo que sería “caliente, caliente”, como si nos hubiéramos de poner a tono con el repertorio de los ayes y los uyes del público de la grada. Pretendían romper tabúes en una materia en la que ya empezamos a estar curados de espanto. Lo peor, aquel preliminar tan puritano del “¿Es normal que...?” donde todo el mundo espera que le digan que sí. Zero dramas fue un formato precipitado y terriblemente editado. Estructuralmente frágil, con un planteamiento caótico, muy superficial, lleno de tópicos y estereotipos. Un drama sí que había: el de la televisión actual, más basada en las inercias y la insustancialidad que en el deber de ser interesante.