Filtrar o no filtrar, esa es la cuestión
Por supuesto que no es casualidad que los tres mensajes que primero filtraron los audios del accidente de Toledo que apuntaban a un error humano fueran El País, Eldiario.es y la SER. Y tampoco es fruto de un caprichoso alineamiento de los astros que entre el primero y el último de estos tres pasara poco más de un minuto. Pero eso, per se, no invalida su valor informativo. El periodismo se construye a menudo con ladrillos clandestinos que una fuente eleva a públicos porque quiere conseguir un efecto. Y este efecto puede ser desinteresado –más allá de estar cumpliendo un deber cívico– o puede esconder un interés particular. Aquí es donde entra en juego el criterio del periodista, que debe preguntarse si dejarse instrumentalizar obedece a un bien superior como es llevar a la sociedad una información relevante o bien solo está participando de la promoción de un relato y haciendo fuerza por la parte ancha del embudo.
Estos días ha habido un cierto linchamiento en las redes de los reporteros y medios que hicieron aflorar los audios. La pregunta no es si se deberían haber divulgado (porque todo el mundo con un mínimo de pulsión periodística lo habría hecho) sino si se contextualizaron bien. El hecho de que fueran editados es un punto criticable: habría que haber exigido la secuencia completa para poder analizarla en conjunto. Hay quien blande cuestiones como la privacidad, que el caso estaba judicializado o la revelación de secretos. Pero si hay alguna responsabilidad judicial es de quien filtró los audios, no de quien los divulgó. Y, en todo caso, quienes ahora se exclaman tanto son quienes anteayer aplaudían la aparición de las lamentables conversaciones de Ábalos y Cerdán. Sería ingenuo pretender que no hay periodistas que son correas de transmisión de los partidos: es el precio que pagan por el acceso. A la vez, resultaría hipócrita negar que este sistema, por perverso que sea, ha facilitado el aireamiento de no pocas alcantarillas.