Si Gaudí levantara la cabeza...
El miércoles por la noche estalló el acto más apoteósico de la visita del papa León XIV. El espectáculo de la inauguración de la torre de Jesús era la celebración que conectaba más con la sociedad civil por su belleza y por el vínculo con la arquitectura de Gaudí. Antes de este momento majestuoso, por la tarde, las televisiones públicas profundizaron en los actos en la Sagrada Familia. La retransmisión de La 1 de TVE, con Pepa Bueno y Gemma Nierga, mantuvo un tono más formal, conscientes de cuándo había que hablar y del valor de los silencios, sin dejarse arrastrar por la afectación. En La 2 Cat, aparte de los preliminares con Oriol Nolis y Cristina Villanueva, ofrecieron la ceremonia desde la máxima sobriedad, con unos excelentes Crisol Tuà y Anna Solé en los comentarios. En TV3, la espera de la llegada del Papa con Toni Cruanyes y Núria Moliner estaba muy trabajada, especialmente los contenidos de carácter arquitectónico. Pero quizás quisieron hacer demasiadas cosas a la vez. Se excedieron dividiendo en tres la pantalla y añadiéndole una línea gráfica que ensuciaba la imagen, imitando burdamente la temática gaudiniana. Parecía una plantilla de PowerPoint. Xavier Grasset tomó el relevo con el inicio de la misa con un exceso de retórica que olvidaba a menudo la importancia de la imagen y de los silencios. Más allá de la misa, el acto en la Sagrada Familia conectó con la poética en dos momentos: el de Valentina, la niña ciega que explicó los detalles de la cruz de Jesús, y el momento en que el Papa encendió una vela ante la tumba de Gaudí. La espiritualidad va más allá de los sermones.El momento inolvidable y deslumbrante llegó con la oscuridad del atardecer, después de bendecir la torre. Un cálculo perfecto de la hora exacta. TV3 demostró su talento y calidad en una realización excelsa. Fue precisa y majestuosa. Era como si Gaudí hubiera previsto el potencial audiovisual y mediático de su gran obra. La fusión de luz, música e imagen fue magistral. Un espectáculo tan bien trabajado que gestionó a la perfección los imprevistos y cambios del último momento. La perfecta sintonía con la realización permitió que, finalmente, apareciera un elemento determinante que no habíamos visto aún desde que el Papa puso los pies en el Estado: la mística. La belleza generó unas emociones que podían ser compartidas por los ciudadanos de una manera transversal, sin que obligue a las convicciones religiosas ni al uso de la palabra. Los latidos de luz dotaron de alma a la Sagrada Familia, y los espectadores, gracias a la televisión como ventana privilegiada, fuimos testigos de cómo la espiritualidad atravesaba de arriba abajo la basílica. No hacen falta ni los famosos ni la retórica de los expertos, más carcas que el Papa, para emocionar a la gente. El uso de los drones con el rostro de Gaudí contemplando su obra fue una manera simbólica de bendecir de otra manera la epopeya arquitectónica. “Primero el amor, después la técnica” es un mensaje para todos. Si Gaudí levantara la cabeza habría visto la hora sublime de su obra.