'Génesis': una serie que da hambre
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El lunes por la noche TV3 estrenaba Gènesi, la serie de seis capítulos que, a través de un biopic del cocinero Ferran Adrià, explica la revolución gastronómica que representó El Bulli. De momento solo hemos visto dos episodios, y lo que más impacta es la interpretación del actor Miquel Fernández poniéndose en la piel del chef. Encuentra el equilibrio óptimo del personaje sin hacer de él una parodia ni caer en una reinterpretación libre que nos aleje del protagonista. Le imita tan bien que no le entendemos cuando habla, como ha pasado siempre con Adrià. Pero también consigue una expresión facial con la que no le hace falta abrir la boca para que reconozcamos en él al genio de la cocina. Las interpretaciones del resto del elenco son desiguales, pero resulta encomiable el parecido físico con los originales. Las imágenes de los créditos finales son una idea maravillosa.La serie se contagia de la ambición de Ferran Adrià. Obliga a la producción televisiva a estar a la altura. Hay un aspecto en el que Génesis no podía fallar: a la hora de enseñar la comida y las creaciones gastronómicas. Es difícil que la comida sea apetitosa en la televisión, que las cajas llenas de pescado parezcan tesoros atractivos y que cada plato parezca magistral. Requiere una minuciosidad publicitaria que la serie logra con éxito. Al espectador le tiene que apetecer probar aquello que ve, tiene que sentirse tentado y seducido por las propuestas culinarias. Todo ello pide también un rigor en la documentación para ser fieles a la historia de El Bulli. Las localizaciones están en sintonía con este planteamiento. No solo se recrean muy bien los espacios, sino que se consigue una elegancia visual en la factura. Lugares y ambientaciones bonitos con voluntad de establecer una poética entre el paisaje, el producto y el estado de ánimo. Es la materialización de la experiencia gastronómica que va más allá del paladar para producir sensaciones. Representarlo a través de la imagen demuestra la importancia que quiere dar la serie al acto de pensar, que tiene mucho que ver con la esencia que se quiere destacar de Ferran Adrià. Hay un momento en que Juli Soler le reprocha al protagonista que no hable mucho. Y aquí es donde, quizá, esta ambición psicológica se pasa un poco de rosca. La intelectualidad suprema y la genialidad del chef se potencian tanto que en algunos momentos la serie peca de pretenciosa. La dirección es muy afectada y repercute en los encuadres y el ritmo. Se fuerza tanto la lírica y el mensaje entre líneas que te distancias del relato y recuerdas que estás viendo una recreación. La intención emocional de la música es tan explícita y descarada que la banda sonora parece más fabricada que compuesta.La trama secundaria de los Canabach pierde interés por imaginaria y por simple contraste con el poder que tiene el deseo de verdad que atrae al espectador. El gran atractivo de la serie es, a la vez, su principal defecto: estar basada en hechos reales (con una dosis importante de edulcorante). Esto tiene un problema muy elemental: no hay un conflicto argumental a resolver. Que esté basada en una historia real despierta el interés de la audiencia. Si fuera pura ficción, difícilmente nos engancharía.