Un juego inaceptable en la televisión pública

TopChef es el nuevo concurso de repostería de La 1, de los creadores de MasterChef. El miércoles propusieron un juego a los concursantes cargado de prejuicios. El jurado presentó a los participantes unos postres elaborados de manera muy selecta. Eran unos pastelitos exquisitos de sésamo negro y grosellas con unos toques dorados. “Las ha realizado una pastelera de origen chino, pero que fusiona a las mil maravillas la pastelería francesa y la del lejano oriente”. El sospechoso “pero” en medio de la frase ya chirriaba y anticipaba el disparate. Como si el toque francés fuera lo que elevara de verdad el pastelito. Propusieron a los concursantes que elaboraran los mismos postres y anunciaron: “¡Vais a contar con la ayuda de su autora! ¡Recibamos ya a la pastelera que ha creado estas tartaletas!”. Pero, para sorpresa de todos, en el plató aparecieron tres mujeres chinas y no una. Aún generaba más consternación descubrir el motivo: "Queremos poner a prueba vuestra intuición. Si adivináis quién de estas tres mujeres es la autora de estas tartaletas de fusión asiática, dispondréis de su ayuda durante un minuto en el momento que elijáis”. Tenían que adivinar la china correcta. La cámara enseñaba a las tres mujeres, una al lado de la otra. Les engancharon los números 1, 2 y 3 en la camisa y les dieron una pista: más allá de la pastelera, la otra era violinista y la tercera una figurante. Las dos últimas solo estaban allí para despistar y crear confusión en el juego “adivina la china correcta”. La prueba recordaba los juegos más racistas de El hormiguero.Pidieron a las chicas que enseñaran las manos. Descartaron a la primera haciéndole tocar el violín y, finalmente, se equivocaron en la elección. Hasta entonces ni siquiera se habían dignado a anunciar el nombre de la maestra pastelera ni sus galones profesionales, como sí hicieron la semana anterior con un chef. De Tian Lu no dieron ningún contexto profesional. El programa activó implícitamente un mecanismo identificado por múltiples estudios sobre racismo: el de la supuesta intercambiabilidad de los cuerpos racializados. La prueba reforzaba el prejuicio racista occidental de que todos los asiáticos se parecen. Jugaba veladamente con la premisa de que cuesta distinguir entre tres mujeres chinas, estimulando una especie de reto perceptivo. Convertir este sesgo en un juego es normalizarlo a unos niveles absolutamente inaceptables. La prueba no se basaba en una habilidad culinaria sino en agudeza identificativa. Además, la idea potenciaba la exotización de la pastelera y desplazaba su competencia profesional. ¿Habrían cogido a tres chefs franceses y les habrían hecho enseñar las manos y tocar el violín? ¿Habrían contratado a un francés al azar solo para despistar? Con un pastelero francés, ¿se habrían limitado a decir su nombre de pila sin prestigiar su experiencia? Perder la individualidad de las personas racializadas es una forma de deshumanizarlas y convertirlas en simples herramientas de trabajo al servicio del programa. Es muy grave que una televisión pública lo tolere.