Marisol Galdón: “Qué hago metida en esta tragedia, si soy una mujer de comedia?”
Periodista, icono de la televisión de los años 90
-
CAT -
ENG
BarcelonaMarisol Galdón (Sabadell, 1962) es una de las voces pioneras de Catalunya Ràdio, una de las primeras mujeres que hizo de discjockey en las noches de la Catalunya de los años 80, un icono de la televisión de los años 90 y 2000, una persona culta, apasionada y vehemente, que siempre ha ido por libre y a quien se disputaban los mejores programas de todas las cadenas. Pero todo esto un día cambió. En 2021 publicó un vídeo explicando su precaria situación económica y pidiendo trabajo. Esta conversación llega cinco años después, ahora que ha vuelto a vivir en Catalunya.
¿Te llamas Marisol por la cantante y actriz, por aquella niña prodigio que el franquismo quiso adoptar?
— Sí, mis padres eran unos fans de Marisol. Mi madre era andaluza y dijo: “Mi hija va a ser así de alegre”. Y mira...
¿Qué llevó a tus padres a venir a Catalunya?
— Fueron unos inmigrantes muy extraños, porque mi padre trabajaba en el Ayuntamiento, tenía un trabajo cojonudo, una casa fantástica de dos plantas en medio del pueblo, en Jaén. Pero mi madre perdió un bebé de nueve meses por negligencia médica y le dio una psicosis bastante fuerte. Entonces tuvo un aborto, se quedó embarazada de mí y vino aquí a parirme para que todo saliera bien. No quería que se le muriera otro hijo. Ya tenían familia en Caldes de Montbui y yo nací en la Clínica Santa Fe de Sabadell.
¿Cómo dirías que te ha tratado la vida?
— Me mimó mucho. Fui una niña y una adolescente muy feliz, y cuando empecé a asomar la cabeza al mundo, ya vinieron los golpes. Me habría podido tratar un poco mejor.
¿Cuál es la primera imagen que te viene a la cabeza de plenitud profesional? De cuando piensas que te comerás el mundo.
— El programa Plàstic, en TVE. Yo hacía de discjockey en el Nick Havanna de Barcelona, ¡y era una DJ potente, eh! Era una dancejockey, porque pinchaba música, me ponía los cascos, entraba en trance y no paraba de bailar. Me dijeron que fui la primera mujer discjockey, pero la verdad es que no tengo ni idea.
O sea que entraste en Plàstic, aquel programa de música con Tinet Rubira y David Bagés, ¿porque hacías de discjockey?
— Vino un camarero y me dijo que había unos tipos que eran de la tele y que querían hablar conmigo. “Estamos preparando un programa de música, tenemos dos chicos y nos falta una chica. ¿Te gustaría o qué?” Imagínate, tú.
Y después vienen otros programas, sustituyes a Àngel Casas en Tal cual...
— Antes está Peligrosamente juntas, un diario con Inka Martí, y colaboradores como Berlanga, Carandell, Wagensberg... Es el mejor programa que he hecho nunca.
Lo que quiero decir es que son unos años de esplendor tuyos en la tele, y por eso se hace más difícil entender que hace cinco años un día grabaras un vídeo para decir: “Señores, no tengo trabajo, no llego a final de mes”.
— Quedará fatal que lo diga, pero lo más alucinante es que una mujer como yo, con toda mi experiencia, con mi voz, con mis conocimientos, una carrera, cuatro idiomas... ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que el mundo de los medios me haya tratado así?
Y esta pregunta que te debes haber hecho mil veces, ¿cómo te la contestas?
— Yo no he tenido nunca un grupo comunicativo detrás, siempre he ido por libre. Segundo, soy una mujer que habla claro. Y soy una mujer. Que llega una determinada edad y eso a las mujeres nos perjudica mucho. A los hombres, no tanto. A partir de los 50 años, ve poniendo una vela cada noche porque pronto se acabará el cuento.
Tú pasaste mucho tiempo presentando programas y después entraste en otro mundo, el de ser colaboradora. Vives unos años espléndidos ahora aquí, ahora allá...
— Cuando los medios pagaban bien, no la miseria de ahora.
¿Podrías explicar, si no te sabe mal, la vez que te han pagado más por ir a un programa y la que te han pagado menos?
— Ostras, ¿esto puedo decirlo? La gente no habla, porque tienen miedo de que no les vuelvan a llamar. Por ejemplo, en Crónicas marcianas cobraba 1.500 euros por aparición. Y en Estudio Estadio, en Teledeporte, 100 euros por dos horas de debate, y tenía que llegar por mis propios medios. ¿Qué me quedaban? ¿30 euros?
¿La crisis importante comienza en 2008?
— Sí, allí todo se va al traste. Para sobrevivir, tenías que tener muchos pequeños trabajos.
¿Y tú no habías podido ahorrar?
— No, siempre he vivido al día. Cuando trabajaba en Crónicas, colaboraba en la radio con Abellán y escribía en la revista Rolling Stone, aproveché para comprarme una casita humilde, en medio del campo, en un pueblo de 90 habitantes en La Alcarria, a 18 kilómetros de Guadalajara.
¿Qué ha sido de esta casa?
— Tuve que venderla en 2014, porque estaba absolutamente endeudada. Mis padres vendieron la casa de Caldes, compraron un piso en Guadalajara y lo que les sobró me lo dieron a mí para que fuera sobreviviendo. Alquilé una casa en otro pueblo hasta que el año pasado el propietario me echó. Ahora comparto casa con un conocido en el Baix Llobregat, gracias a su generosidad. No pensaba que volvería a Catalunya, porque aquí todo es muy caro.
Una cosa que no sabía es que habías sido una de las primeras voces de Catalunya Ràdio.
— Es que no mucha gente sabe esto. Yo estudiaba ciencias de la información en Bellaterra, pero mi obsesión era el cine. Cuando estaba en tercero de carrera, uno de mis profesores, el gran Ramon Barnils, me dijo que se estaba montando Catalunya Ràdio y que hiciera el favor de presentarme a las pruebas. ¿Te puedes creer que me cogieron? Fue una de las grandes alegrías de mi vida. El primer programa de música clásica en Catalunya Ràdio lo hago yo, Divertiment clàssic. El amor por la clásica me lo había inculcado mi padre.
¿Y por qué termina tu paso por Catalunya Ràdio?
— Dos años, duré. Como todos los proyectos que comienzan, en Catalunya Ràdio había gente con muchas ganas, pero al cabo de un año ya empezó a meter baza la política. Y apareció un tipo que se llamaba Carles Vilarrubí para controlar la parte política. Siempre piensas que será más de cara a los de informativos, pero a los que éramos más libres y más alocados ya nos tenían el ojo encima.
Si no me equivoco, tú votabas o incluso formabas parte de Nacionalistes d'Esquerra.
— Yo estaba en Nacionalistes d'Esquerra porque en aquellos años ser independentista era una cosa rarísima. Me había presentado a las elecciones de Caldes con Nacionalistes d'Esquerra. Pues un buen día Vilarrubí me citó en su despacho, me preguntó si era independentista y si era verdad que me había presentado a las elecciones municipales.
¿Quieres decir que te echaron de Catalunya Ràdio por independentista?
— No, no. Cuando hacía un tiempo que estábamos en la radio, se puso en marcha TV3 y Salvador Alsius me dijo de hacer una prueba para presentar el Telenotícies. Y, oye, todo el mundo encantado, yo también, ya casi firmábamos el contrato y, de repente, me dijeron: “¿Has pasado el psicotécnico?”. Y yo, bocazas que soy, contesté: “¿Alfons Quintà ya lo ha pasado?”. Era el director de TV3 y años después se demostró que era mala gente. Se ve que esto le llegó de alguna manera, y se acabó TV3. Fue el principio de mi final, porque entonces yo era pareja de Mingus B. Formentor, director musical de Catalunya Ràdio, que era considerado subversivo entre los subversivos. Este fue el primer disgusto fuerte de mi vida.
¿Qué es para ti el dinero?
— Es el invento del diablo. Es el gran dolor de cabeza de la historia de la humanidad. ¿Quién me iba a decir a mí que tendría que llegar a los 60 años encontrándome de esta manera? Si cuando hacía Plàstic me hubieras dicho “ahorra, que no sabes lo que te vendrá después”, no me lo habría creído.
A día de hoy, cinco años después de aquel vídeo, ¿continúas sin trabajo y con problemas para llegar a fin de mes?
— Mi amigo me hace buen precio por la casa, si algún mes no puedo, no le pago nada. Y ahora he vuelto a cotizar como autónoma, que es carísimo. Colaboro con Isabel Gemio en Radio Nacional, tengo un bolo este noviembre de maestra de ceremonias de los premios Zoom, de Igualada. Estos bolos me han salvado la vida en los últimos años.
Hacer aquel vídeo, ¿qué te aportó?
— Bolos puntuales, pero no un trabajo.
Pensar ahora en aquella época dorada tuya en la televisión es un buen recuerdo o es doloroso?
— Yo soy una mujer que no tiene problemas con la autoestima. No la he perdido nunca. Los que pienso que han perdido el juicio son ellos. Qué grupo de idiotas, los medios, tener una comunicadora potente como yo y que no la aprovechen. Os pareceré creída, pero la autoestima me la he trabajado mucho desde joven. Eso no quiere decir que sea de piedra. He llorado mucho y ha habido momentos que he pensado: me voy de este mundo. Así, directamente. Estoy harta, grupo de desgraciados, me voy. Si no estáis interesados en mí, yo tampoco estoy interesada en vosotros. Tengo una postalita del Cristo de Velázquez y al lado, un buda. Y a veces hablo con ellos. Un día me acerco y les digo, sobre todo a Dios: “A ver, tú que mueves los castings de la vida, ¿qué narices haces metiéndome a mí en esta tragedia, si yo soy una mujer de comedia? Sácame de aquí y dame alegrías”. Me ha dado un poco de tregua, pero no ha habido manera.
Eres una persona extremadamente sociable y, al mismo tiempo, muy solitaria. ¿Cómo ligan ambas cosas?
— Mira, soy una persona altamente sensible, como dicen ahora. Tengo demasiada empatía y eso trae muchos problemas, captas cosas que preferirías no haber captado. Cuando estás solo, te montas tu propio mundo. Si convives con otra persona, si no es que el entendimiento es muy bueno, siempre hay cosas que te hacen sufrir.
Si hubieras tenido una pareja, habrías podido compartir ingresos, gastos...
— Es que ese es el problema. Llevo treinta años sin pareja. Ya se me acercan, pero no encuentro tíos que me gusten. Tengo muchas ganas de volver a enamorarme, pero no hay manera.
¿Echas de menos el amor o el sexo?
— El amooor. Por eso hice el monólogo Reír por no follar. La mayoría de las mujeres siempre nos implicamos emocionalmente.
Pero tú has tenido muchas historias exclusivamente sexuales.
— ¡Y tanto! He tenido épocas de picaflor total. He follado hasta la saciedad, ese no es el problema, pero llega un momento en que te hartas. Un día me levanté y a mi lado, yo debía tener cuarenta años, había un auxiliar de vuelo de Iberia, que debía tener veintipocos años. ¿Qué hace este aquí? ¿Qué haces, Galdón? Para.
Si el Cristo de Velázquez y el Buda te dicen que solo tienen una cosa para ti y te dejan elegir: ¿un trabajo o una pareja?
— Una pareja, diría. He tenido historias, pero hace mucho tiempo que no sé qué es enamorarme. Cuando lo pasas tan mal, echas de menos a alguien que te abrace. No alguien con quien tener sexo. Echas de menos calidez emocional, sentimental. Y también a alguien que diga que si tú ahora vas justa de dinero, tiramos de lo que gano yo. Cuando estás sola, si tú te hundes, se hunde todo. Y eso es durísimo: no poder compartir tus miserias o tus deudas con alguien.
Ahora vienen elecciones. ¿Ganarán los tuyos?
— ¿Cuáles son los míos? No tengo, de míos. Pero bueno, siempre he sido de izquierdas.
¿Vas a ir a votar?
— Por supuesto. Como si las cosas estuvieran para no ir a votar.
¿Cómo te imaginas la Catalunya y la España de los años que han de venir?
— ¡Ay, Dios mío! En los medios hay muchas personas que insultan, que gritan, que crispan. Yo llevo fatal esta crispación. Con estas elecciones, estoy acojonada por lo que saldrá. Estos fachas me dan mucho miedo.
¿Y cómo te imaginas tus próximos años?
— No lo sé, Albert. Cuando has pasado circunstancias tan duras, una de las primeras condiciones para ser feliz es no estar todo el rato pensando qué pasará. La vida es lo que pasa ahora.
Llueve fuera del Palau de la Música Catalana y Marisol llega caminando con un paraguas con estampado de tigresa. Deben hacer más de quince años que no nos vemos, desde que habíamos trabajado juntos en El Club, de TV3. Fuma un cigarrillo, hablamos de cabellos blancos, de los últimos libros de Julian Barnes e Ian McEwan y pide ir al lavabo a retocarse, antes de que empiece el 2xCENT, estas entrevistas mensuales con público, hoy con ella de invitada. La versión íntegra de la conversación la tenéis en el vídeo adjunto en esta pieza. Allí encontraréis, por ejemplo, cómo después de su militancia en Nacionalistes d’Esquerra se hartó del nacionalismo y se sintió más cómoda en la Barcelona de Pasqual Maragall que en la Catalunya de Jordi Pujol.