¿Cuántos millones de dólares paga Zuckerberg por el ruido?
Igual que hace treinta años había familias que suplementaban sus ingresos montando bolígrafos en casa, se ve que en Indonesia se ha popularizado conseguir dinero extra ordeñando las redes sociales. Al final, Facebook e Instagram dieron 3.000 millones de dólares a creadores de contenido que son capaces de conseguir un número determinado de interacciones. Y, según desvelaba una investigación del Guardian, el país asiático es hogar de multitud de granjas de memes que inundan de contenido basura y escandaloso los foros políticos de todo el mundo. En algunos casos, son los peones que ejecutan las campañas decididas por los aparatos de propaganda de los estados: los unos señalan, los otros ejecutan y Mark Zuckerberg paga la fiesta, porque recupera toda esta toxicidad en forma de publicidad. El diario explica también que no todas las campañas parecen tener una motivación genuinamente política o ideológica. Algunas de estas empresas sencillamente llenan el éter de las redes de intoxicaciones porque la viralidad –aunque sea la viralidad de la ira– les reporta dinero. Y esto evidencia que el producto presenta una falla de diseño capital, en tanto que promueve la infoxicación que lesiona las democracias y espolea episodios de violencia.
Entre las muchas explicaciones que debería dar Meta, una nada menor es que analice cuántos de estos 3.000 millones de euros van a parar a la industria de la crispación. Además, tan solo hace falta mirar un mapa del mundo para ver que los gobiernos que están sabiendo aprovechar mejor los ecosistemas tóxicos informativos son los de la ultraderecha. Y esto nos debería hacer ver que, por mucho que se venda la idea de que son plataformas neutras, acaban teniendo unos sesgos innegables. La noción de que intoxicar no puede ser un negocio debería tener suficiente apoyo (tanto popular como institucional) para devenir prioridad legislativa. Y la UE es la única con capacidad de liderar este asunto con un mínimo de opciones.