Moscas y las zanahorias tramposas
El New York Times ha hecho un despliegue vistoso: se ha dedicado a analizar las 602 veces que Elon Musk ha hecho una de sus promesas fabulosas y le ha puesto fecha. Resulta que solo en un 19% de los casos ha cumplido los plazos anunciados. No quiere decir que el resto sean fracasos, porque hay proyecciones a años venideros, pero el reportaje ilumina un patrón interesante: el de la zanahoria tecnológica prometedora que se va blandiendo ante las narices del personal. Y lo que toca preguntarse es por qué hace esta profusión de proyecciones que nadie le exige. La respuesta es que toda la riqueza del hombre más rico del mundo no se sustenta en bienes que tengan un valor concreto, sino que, en realidad, cuando se calcula –y publicita– su fortuna lo que se hace es un cálculo del valor de sus empresas. Y este valor no es nunca el análisis de activos en tiempo presente, sino que fundamentalmente son estimaciones del futuro. Ahora que prepara la salida a bolsa de SpaceX, los 1,8 billones de dólares a los que aspira que sea valorado son, fundamentalmente, de expectativas.
Por eso el reportaje del New York Times, más allá del ejercicio vistoso, busca hacerlo quedar como un charlatán. Sin negar su impacto empresarial y cultural, el principal mérito de Elon Musk ha sido engañar al planeta con todo de sueños que, a medida que van cayendo los vencimientos que él estableció, se hace evidente que eran quimeras. A principios del 2025 debíamos llegar a Marte para refundar allí la humanidad y tener así un planeta de recambio. La realidad es que ni tan solo somos capaces de llegar a casa desde el Primavera Sound en unas mínimas condiciones de dignidad y un tiempo razonable. Todo este zarandeo de expectativas lo practican con gran éxito las grandes tecnológicas –¿cómo va lo del metaverso, Zuckerberg?– y ciertamente es tarea periodística ir desmontándolas. Esto también es fiscalización del poder.